Autor:

Redacción Comercial

Actualizada:

28 Oct 2021 - 15:21

El pastor de ovejas y la laguna de Quituiña

La laguna de Quituiña, ubicada en Paccha, una localidad cerca de Cuenca, reposaba pacífica cerca de la cima del cerro Guagualzhumi, desde hace muchos años.

Escondida entre los matorrales y los peñascos, era pequeña pero hermosa. Sus aguas transmitían tanta paz al lugar, que los pastores de la comunidad la habían elegido como el lugar perfecto para pastar a sus animalitos.

Quituiña estaba rodeada de matorrales que escondían delicias silvestres: apetitosas moras y mortiños. A la laguna le gustaban los niños, por eso extendía las cuencas de sus manos para calmar su sed con sus aguas cristalinas.

Pero hay algo que los mayores conocían que enfurecía a la laguna y es que la molestaran y arrojaran en ella desperdicios.

Por eso, el padre de Manuel, uno de los pastorcitos, le había advertido:

-Hijo, puedes pastar las ovejas cerca de la laguna, lo único que nunca debes hacer es jugar dentro de ella y, peor aún, lanzarle piedras; a la laguna Quituiña le enfurece que interrumpan su tranquilidad. Recuerda que si la enojas, ella te perseguirá y te ahogará en sus aguas.

Al pequeño pastor le pareció una exageración de su padre y, ni bien llegó a la laguna, se encargó de probar lo desmedido de sus advertencias. Manuel, no solo que se metió dentro de las aguas, sino que chapoteó y gritó, y luego salió a la orilla y le lanzó piedras y palos, mientras decía:

   Quituiña, no te tengo miedo, eres como una niña.

De repente, la pacífica laguna empezó a agitarse y a formar olas que se hacían cada vez más grandes.

De sus entrañas empezaron a salir ruidos espantosos: Quituiña cercó al pastor con una espuma negra y mal oliente.

El niño, asustado, quiso huir, salió de la laguna y empezó a correr sin importar lo que le sucediera a sus ovejas.

Manuel gritaba:

–    ¡Auxilio! ¡Auxilio! ¡Auxilio! ¡La laguna está furiosa, me quiere comer!

Los brazos de la laguna se extendieron tanto que dieron alcance a Manuel y entre olas y espumas lo llevaron a lo más profundo de sus abismos.

El pastorcito Manuel no regresó, tampoco sus ovejas: la laguna se llevó al niño y dicen que, para consolar a sus padres, lo convirtió en un pequeño islote que actualmente puede verse entre sus aguas.

Leyenda originaria de la provincia del Azuay, cantón Santa Isabel, localidad Huertas.

Texto tomado de la publicación “Mitos y leyendas de las provincias de Azuay, Cañar y Morona Santiago”, del Instituto Nacional de Patrimonio Cultural del Ecuador.

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