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Por el coste de un solo ventilador nuevo, un pequeño grupo de voluntarios repartido entre Quito y Guayaquil ha logrado reparar un centenar de estos aparatos, decisivos en la lucha contra el coronavirus. #SumarJuntos les ayudó a juntarse, a conseguir los repuestos y a disponer de unos talleres improvisados por el Ministerio de Cultura. Todavía quedan muchos más de estos aparatos: han mapeado más de 312 pendientes de arreglo. Un dato: con cada respirador artificial reparado se atiende a diez pacientes.

REDACCIÓN #SUMARJUNTOS

Cuando el coronavirus comenzó a azotar Ecuador, Heidi Jiménez contactó con compañeros suyos, ingenieros biomédicos. Era el 30 de marzo y la epidemia estaba demandando un nuevo tipo de héroe, que supiera cablear aparatos, entender de voltajes y reparar válvulas. Los pacientes en las unidades de cuidados intensivos estaban aumentando y precisaban de unidades de respiración asistida, algo que comenzaba a escasear.

Un ventilador nuevo cuesta alrededor de los $50.000. Las reparaciones más baratas pueden hacerse desde los $500.

Fue entonces cuando descubrieron que, por todo el país, había un gran stock de ventiladores desechados por tener averiadas algunas de esas piezas. Arreglarlos suponía poner a disposición de los pacientes estas máquinas mucho más rápido, especialmente en un momento en el que el mercado internacional se encontraba saturado. Y, además, de una forma más económica: un ventilador nuevo cuesta alrededor de los $50.000. Las reparaciones más baratas pueden hacerse desde los $500.

Cada donante, un granito de arena

Los coordinadores de #SumarJuntos han encontrado así un nuevo grupo de héroes para la red que necesitaban apoyo. Rápidamente comenzaron a colaborar para lograr los repuestos necesarios, hallar los ventiladores estropeados y entregar los reparados a los hospitales en los que se necesitaran. Los donantes se han convertido así en un engranaje vital en la iniciativa. «Todos somos un granito de arena y hemos hecho que se salven muchas vidas», asegura Heidi Jiménez.

Encontrar los sensores, baterías, los manuales y los componentes necesarios no es tarea fácil. Para lograrlo se aprobó un fondo de USD $ 100.000,00 y en el proyecto han participado, además de estos voluntarios, la Fundación CRISFE, la Alianza para el Emprendimiento y la Innovación (AEI), el Club Rotarios, General Motors OBB, el Ministerio de Cultura y el Ministerio de Producción.

Los voluntarios que reparan lo hacen en dos talleres, cedidos por el Ministerio de Cultura, en Quito y Guayaquil; pero la red de ingenieros biomédicos que de una u otra manera hacen posible la iniciativa se multiplica por decenas.

El momento preferido de los reparadores es cuando los aparatos salen por la puerta preparados para salvar más vidas.

Gracias a esto, hasta el momento se han conseguido entregar un centenar de ventiladores, sin contar otros equipos de monitorización. El momento preferido de los reparadores es cuando los aparatos salen por la puerta, preparados para salvar más vidas. “Todos gritan y también hay lágrimas”, describe Jiménez, “la emoción de los médicos, enfermeros y personal que viene a retirar el equipo y su agradecimiento es una satisfacción para nosotros”.

Así funciona un respirador

Lluvia de ideas, tormenta de solidaridad

Cuando los contagios se dispararon en Guayaquil, un grupo de ex compañeros de universidad de las ramas de ingeniería biomédica, se reunieron para compartir ideas de cara a ayudar en esa complicada situación. Esa fue la semilla que generó un grupo de voluntarios, con Flavio Moreno a la cabeza, que han cedido sus conocimientos y su tiempo para rescatar ventiladores inutilizados, repararlos y repartirlos donde más se necesitaban.

Divididos en dos grupos localizados en Guayaquil y Quito, este pequeño grupo de ingenieros consigue reparar casi un equipo por día. Los primeros cuarenta y uno se arreglaron en 43 días.

Detrás del propio proceso de reparación hay más personas que se encargan de localizar los aparatos dañados y coordinar el envío.

Un teatro convertido en centro de operaciones

Con la cancelación de los eventos sociales, el Ministerio de Cultura cedió un mini teatro del Centro Cultural Eloy Alfaro en Guayaquil que el equipo de voluntarios ha convertido en su taller. Desde ese centro de reparaciones trabajan con toda la rapidez posible para revisar los equipos, diagnosticar el problema y repararlos.

Su equipo se coordina con otro grupo que trabaja en Quito. Juntos localizan los ventiladores que no funcionan y también intervienen a la hora de asignar equitativamente las máquinas ya reparadas dependiendo de los hospitales que tienen esta necesidad. Antes de enviar los ventiladores, cuentan también con los terapistas respiratorios para hacer las pruebas conjuntamente y demostrar que el equipo es seguro para ser utilizado.

Impacto en presente y futuro

Además del beneficio económico que supone reparar una máquina en comparación con su compra, la primera huella se ha dejado en los hospitales que han podido reforzar los recursos de las UCI para atender a más enfermos.

Cuando un hospital decidía incrementar las UCI se daba cuenta que los respiradores que necesitaban estaban en alguna bodega pendientes de reparación. Había que solucionar ese problema”.

Con esta iniciativa se ha conseguido un impacto doble: poder atender en el presente a los enfermos de COVID-19 y dejar las máquinas a pleno rendimiento en los servicios sanitarios para los futuros pacientes de cualquier otra patología. «Es una sensación de paz saber que con un solo equipo estás salvando varias vidas a la vez», afirma Flavio Moreno.

Y con ese espíritu de seguir estando en la «trinchera» mientras se necesite, él junto a su equipo, sigue día a día su rutina: salir de su trabajo a las 5 de la tarde, ir al teatro a reparar equipos hasta las 8 o 9 de la noche, incluyendo los fines de semana, y seguir sumando empatía, solidaridad y tiempo para entregarlo en forma de ventiladores y de ayuda a la comunidad.