Esta es la visión empresarial que ha tenido Donald Trump para "detener las guerras"
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, completa un primer año de mandato con éxitos relativos en frenar las guerras del mundo y con un ataque a Venezuela que refleja sus ideas comerciales de política exterior.

Donald Trump, presidente de Estados Unido, en una foto del 13 de enero de 2026
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AFP
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Donald Trump, imposible no darse cuenta a estas alturas, es un disruptor que aplica su personalísimo estilo a todos los ámbitos de su gobierno, y eso incluye la política exterior. Por eso y a simple vista, es desconcertante que en la campaña para presidente de Estados Unidos haya ofrecido "detener las guerras", pero que, ya en el poder, haya renombrado al Departamente de Defensa como de Guerra, un símbolo que reflejaría lo que se venía. ¡Basta de esperar, hay que actuar!
El magnate republicano llega el 20 de enero de 2026 al primer año de su segunda administración proclamando que ha tenido éxito en aplicar su visión de cómo debe ser el mundo. Y Trump visualiza un mundo sin estadounidenses metidos en "guerras interminables", costosas en vidas y recursos, pero aplicando la fuerza para obligar a las partes a negociar. Es la doctrina de "Paz a través de la fuerza".
Por eso, y otra vez a simple vista, parece contradictorio que Trump, paladín del aislacionamiento de Estados Unidos, haya ordenado un ataque a Venezuela y la captura del presidente y dictador Nicolás Maduro y su esposa. Pero, afinando la lente, no lo es tanto: las tropas estadounidenses no se quedaron en Venezuela, no hubo invasión (como en Panamá, 1989) y no impusieron un presidente de oposición. Y, lo más significativo, ¡Trump pasa la factura, y la cobrará en petróleo!
Trump, quien a la final es un empresario que se fija en las ganancias, siempre sostuvo que era "de idiotas" ayudar a rebeldes de otros países y no cobrar por ello. Eso, que antes era una opinión sobre Libia y el desastre que causó la OTAN al derrocar al déspota Muamar el Gadafi en 2011, ahora es política oficial.
Las ganancias, sin embargo, no han sido sustanciales tras los esfuerzos para acabar con las guerras más importantes del mundo. Quizás el mayor logro fue imponer un acuerdo a Israel y el grupo terrorista palestino Hamás, aunque el pacto posee muchas aristas complejas, sobre todo, la relacionada con el destino de eso que se llama Palestina, que amenazan con dinamitarlo en el futuro.
Sí, se detuvo la guerra abierta e Israel frenó la sistemática demolición de Gaza para acabar con Hamás, pero hay tensión entre los palestinos e Israel, que aún mantiene abierto su conflicto con el extremismo chiita de Líbano e Irán.
La guerra entre Ucrania y Rusia, considerado el invasor, prosigue su curso, pese a que Trump ha presionado a las partes para que se sienten a negociar. Ha usado la amenaza de cortar la ayuda militar a Kiev si no negocia, o de aumentarla masivamente si Moscú no cede y, al menos, ya existe una mesa de diálogo para acordar la paz. La duración del conflicto, sin embargo, ya superó al que Alemania y la Unión Soviética libraron en la Segunda Guerra Mundial.
Quizás hubo más éxito en congelar el conflicto entre Armenia y Azerbaiyán por el territorio de Nagorno-Karabaj, una de las tantas guerras heredadas de la administración soviética. Los líderes de esos países se reunieron en agosto de 2026 en Washington y, con la venia de Trump, firmaron acuerdos de paz, pero aún falta que los parlamentos los ratifiquen.
De ahí, Trump ha mediado en tensiones fronterizas entre India y Pakistán, que estuvieron a punto de desembocar en una guerra abierta, y entre Tailandia y Camboya. El conflicto indopakistaní sigue latente, pero está detenido (gracias a Trump, se dijo en Islamabad, pero en la India están enojados), mientras que en la Indochina se han reactivado las escamaruzas entre Tailandia y Camboya pese a que Estados Unidos amenazó con represalias arancelarias si proseguían con los disparos en la frontera.
Más allá del éxito de estos esfuerzos, no hay que perder de vista que la política de Trump también se basa en el lema "Estados Unidos primero" y el eslogan de la organización MAGA de hacer grande de nuevo al país, y eso incluye no perder de vista a los rivales ideológicos de Estados Unidos.
Por eso, en todos los conflictos enumerados Trump ha jugado la carta comercial, incluso en territorios religiosamente complicados, por ejemplo, buscó expandir los Acuerdos de Abraham para que más países árabes normalicen relaciones con Israel, bajo la premisa de que la prosperidad económica detendrá el fanatismo.
Con Ucrania pasó lo mismo: Estados Unidos impuso en abril un acuerdo que permitirá la explotación conjunta de minerales ucranianos, exigencia de Trump para compensar los recursos que el país destinó en la guerra contra Rusia.
El ataque a Venezuela, por supuesto, también está motivado para recortar la influencia (económica más que militar) de China, Rusia e Irán en América Latina, región proclamada frontalmente por Trump como parte del hemisferio de Estados Unidos, y para despabilar a la Unión Europea, a la que pretende cobrarle por protección militar en la OTAN y, de paso, cercenarle Groenlandia.
Aunque, por lo pronto, el arma diplomática preferida de Trump para lidiar con las otras potencias se llama "arancel": la guerra comercial es mucho más importante que la guerra de tropas, portaaviones, drones y misiles. Se verá en el segundo año qué ganancias logra con su política exterior.
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