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Feliz vasallaje, Europa

Claudi Pérez, El País

Corresponsal político y económico. Ex director adjunto de El País y ex redactor jefe de política nacional. Antes fue corresponsal en Bruselas durante toda la crisis del euro y especialista en asuntos económicos internacionales.

Actualizada:

09 ene 2026 - 06:00

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Cautela, precaución y una docena larga de sinónimos de tibieza. Comunicados medidos hasta la última coma con el lenguaje de madera habitual para decir lo mínimo, no vaya a molestarse alguien. Y un puñado de líderes que llevan cuajada en los ojos una mirada atónita y actúan con lo que los diplomáticos denominan ambigüedad estratégica, que es otra manera de llamar al miedo cerval ante los feroces navajeos de Trump. Eso es lo máximo que puede ofrecer Europa al mundo ante la intervención militar de Estados Unidos contra el régimen autoritario de Nicolás Maduro, otro clavo en el ataúd del orden liberal internacional.

Se impone un nuevo orden geopolítico basado en la fuerza bruta, en las esferas de influencia. Y la Unión Europea (UE) está mal equipada para ese viaje de vuelta al siglo XIX: lo suyo era el poder blando, las normas, los valores, todas esas cosas que han saltado por los aires con el trumpismo. Europa necesita imperiosamente a Estados Unidos para la guerra en Ucrania, para su propia defensa, y esa es una camisa de fuerza que le impide un enfrentamiento con Trump, así que traga una y otra vez, en todas las agendas, con esos gestos de falsa neutralidad de la jefa de la Comisión Europea, la alemana Ursula von der Leyen, y la jefa de la diplomacia de la Unión, la estonia Kaja Kallas.

Von der Leyen y Kallas, atlantistas de pro, repiten con Venezuela el guion mostrado con Israel: ni siquiera se atreven a decir que Washington ha violado el derecho internacional en Venezuela. Y terminan siempre sus intervenciones con un ataque a la falta de legitimidad de Maduro: le sirven así en bandeja a Trump la coartada moral que necesitaba. Algún 'think tank' y algún expresidente europeo sin pelos en la lengua han acuñado para esas reacciones la nueva doctrina de la diplomacia europea para con Estados Unidos: vasallaje feliz.

Un vasallo era alguien sometido a un señor feudal con un vínculo de fidelidad a cambio de protección. Algo parecido a los tenderos de Nueva York con la mafia de las películas de Coppola. Europa acepta sumisamente esa posición de dependencia, casi con una sonrisa en los labios, con una mezcla de falta de autonomía y conformismo estupefaciente, que ha dejado imágenes para la posteridad como las fotografías en Escocia y en la Casa Blanca de la plana mayor de la UE hincando la rodilla miserablemente en esos besamanos que tanto le gustan a Trump.

Venezuela es un capítulo más de ese trasunto de Los Soprano que protagoniza el presidente de Estados Unidos. Cabe preguntarse si los siguientes episodios pueden ser Cuba o Groenlandia: la tibia respuesta europea a la intervención en Venezuela abre la puerta a esa posibilidad. ¿Qué país europeo va a pelear con Estados Unidos por Groenlandia a pesar de los Tratados? Prepárate, Europa, porque esto estaba en el guion. Y no hay nada que haga pensar que Donald Trump va a detenerse aquí.

El marco mental de Bruselas sigue siendo “esto pasará: apretemos los dientes y hay que aguantar”. Desde la llegada de Trump se repite un patrón que nunca falla: cuanto más consigue, más decidido avanza al siguiente objetivo. Lo primero fue aceptar un mal acuerdo comercial por motivos de seguridad. Después empezamos a diluir la regulación para las tecnológicas y el pacto verde. Más adelante, Europa no estuvo en las mesas de negociación de Gaza y Ucrania. Seguimos con ese punto naíf del “esto pasará”, pero ha llegado Venezuela y Europa ni siquiera es capaz de señalar que Estados Unidos viola el derecho internacional. No estamos listos para defendernos solos: me temo que eso condiciona todo lo demás.

“La vida ha sido hermosa, pero lo mejor está por venir”, decía Dylan Thomas. La trayectoria de la UE ha sido hermosa, pero la labor de la próxima generación es cargarse el tabú de la defensa europea y de la política exterior común para dejar de hacer el ridículo con comunicados como los de Von der Leyen y Kallas sobre Venezuela, o con las intervenciones dramáticamente tibias de Macron y Merz (un poco menos de Sánchez, que al menos hace una llamada a la desescalada y lo llama violación del derecho internacional… sin citar al violador). Meloni lo tiene más claro: lo califica de “ataque legítimo” y santas pascuas. “La clasificación jurídica de la intervención estadounidense en Venezuela es compleja”, ha dicho el canciller alemán.

No, no lo es, herr Merz: se trata de una violación del derecho internacional. Con la excusa del narcoterrorismo. Sin el apoyo de la ONU, sin ni siquiera las banderas de la libertad y de la democracia: Trump habla de restaurar “nuestra civilización”. Con el objetivo declarado de explotar los recursos energéticos venezolanos. Estados Unidos lo anuncia desde el domicilio particular de un señor que, además, está mezclando sus negocios con los de su país: América para los americanos y para Trump SA. Tal vez Europa y sus líderes no puedan decir todo eso: bastaría con repetir la frase “Estados Unidos ha violado el derecho internacional”. Ni un solo líder europeo, a estas horas, ha dicho nada parecido. Bienvenidos a la era del vasallaje feliz. Y apriétense los cinturones.

Contenido publicado el 4 de enero de 2026 en El País ©EDICIONES EL PAÍS S.L.U.. Se reproduce este contenido con exclusividad para Ecuador por acuerdo editorial con PRISA MEDIA.    

  • #Venezuela
  • #Estados Unidos
  • #Nicolás Maduro
  • #Union Europea
  • #Europa

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