Tablilla de cera
El ataque a Irán, la más reciente muestra de un mundo sin reglas
Escritor, periodista y editor; académico de la Lengua y de la Historia; politico y profesor universitario. Fue vicealcalde de Quito y embajador en Colombia.
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La guerra que comenzó esta madrugada con el ataque simultáneo de Estados Unidos e Israel a Irán no fue provocada por ningún acto inamistoso ni ataque iraní. Más aún, se desató en medio de conversaciones de las dos partes en lo que parecía un esfuerzo diplomático para evitar una confrontación bélica.
Por otro lado, Trump no ha consultado de esta guerra con el Congreso (cada vez más débil y sumiso) ni con el pueblo de su país, y mucho menos con los organismos internacionales. En realidad, esta es la primera guerra del club de billonarios que conforman la fementida “Junta de Paz” de Donald Trump, que supuestamente va a reemplazar a las Naciones Unidas.
Una vez más se comprueba que estamos en un nuevo orden mundial. Un orden en que la máxima potencia militar del planeta no respeta ninguna de las reglas del comportamiento entre naciones que su país ayudó a establecer en los últimos 80 años.
Es verdad que el represor y totalitario régimen de los ayatolás ha durado demasiado. Es verdad que ese régimen suprimió a sangre y fuego las masivas protestas que se iniciaron en diciembre y continuaron en enero contra la crisis económica y la quiebra de un importante banco. Protestas que fueron iniciadas por comerciantes y mercaderes y que pronto tuvieron el apoyo de jóvenes estudiantes, hartos de la crisis del agua, la inflación desorbitada, el aumento de los precios de los alimentos y la grave depreciación del rial iraní. Aunque al principio las protestas se enfocaron en asuntos económicos, pronto evolucionaron hacia un movimiento que exigía el fin del régimen.
Y es verdad que cuando las protestas se intensificaron, el gobierno iraní impuso un apagón generalizado de internet, mientras las fuerzas de seguridad de la República Islámica incrementaron las tácticas de represión violenta.
Las protestas han bajado en intensidad con un saldo trágico de decenas de miles de muertos, heridos y desaparecidos, pero eso nunca ha sido en las relaciones internacionales una base legal para un ataque exterior no provocado.
El discurso grabado de Trump después de que se lanzaran las primeras bombas, dejó claro que este no será un ataque limitado orientado a presionar al régimen de Teherán para que haga concesiones en la mesa de negociaciones. Amenazó con matar a los miembros de la Guardia Revolucionaria Iraní si es que no se rinden y que el ejército, la marina y la aviación iraní serán destrozados.
Este objetivo maximalista echa un manto de duda sobre si alguna vez hubo un esfuerzo sincero de llegar a una solución en las negociaciones de las últimas semanas, en las que se discutía un posible límite al enriquecimiento de uranio. Esas conversaciones, por lo demás, se llevaban adelante bajo la sombra de la más grande concentración de buques de guerra —lo que Trump llamó su “beautiful armada”— en el Medio Oriente, la mayor desde la fracasada invasión a Irak en 2003.
¿Será posible la rendición total de un régimen de fanáticos religiosos que han conducido a la miseria a un pueblo culto y progresista? Trump está haciendo llamados a que el pueblo iraní se levante, y ha dicho que “esta puede ser la última oportunidad en generaciones” para cambiar el régimen, lo que implica que reconoce que si no hay una reacción popular no le va a ser tan fácil a EE. UU. lograr esa rendición, incluso con todo el poder que detenta.
Mientras tanto Israel ya ha matado a 57 niñas al bombardear un colegio, y los líderes europeos están pidiendo a los dos países a que detengan su ataque y llaman a reanudar las negociaciones.
Lo que es claro es que el pueblo iraní es el que debe decidir su futuro, en paz y libertad, Las masacres que realizó el régimen, y su opresión de décadas sobre el pueblo, lo descalifican como parte legítima en ese diálogo. El poder debe volver al pueblo.
El otro factor a considerar es la estabilidad de todo el Medio Oriente, que no puede resolverse con bombas y cohetes, sino con un plan coherente y razonable que prevenga más guerras y conquistas territoriales por la fuerza.