Entre bacterias, clases y 'papers', así es la vida de una científica ecuatoriana en la Complutense de Madrid
Govinda Guevara es una bióloga ecuatoriana que lleva 24 años en España. Allá es docente e investigadora de la Universidad Complutense de la capital española. Se especializa en biotecnología bacteriana y economía circular.

Govinda Guevara, bióloga ecuatoriana radicada en España. Docente e investigadora de la Universidad Complutense de Madrid.
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Soraya Constante
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MADRID. Una tortilla de patatas y un puñado de uvas en un tupper es todo lo que trajo de casa para su almuerzo y casi no prueba bocado mientras desgrana su vida entre matraces, bacterias y mecheros en el laboratorio de Ingeniería Metabólica del departamento de Bioquímica y Biología Molecular de la Universidad Complutense de Madrid. Es un nombre largo, como lo son sus jornadas. No solo se dedica a la investigación, sino que también imparte clases de fundamentos de ingeniería genética y genómica, bioquímica clínica, biotecnología enzimática, bioquímica, cultivos y transgénicos. “Todos los profesores aquí somos PDI (personal docente e investigador)”, dice para explicar la doble exigencia que tiene.
Govinda Guevara, Govi para casi todos, es una más dentro del cuerpo científico español. En 2024, España superó los 184.000 investigadores, con una densidad cercana a los 3.700 por millón de habitantes (en Ecuador la cifra es de 845 por millón de personas, según el Banco Mundial). De ellos, algo más de 74.000 son mujeres. El país ibérico ocupa además el noveno puesto mundial en número de publicaciones científicas.
Esta bióloga ecuatoriana que está por cumplir 50 años llegó a España con 26. Vino para hacer un máster en biotecnología y bioquímica con una beca de la Fundación Carolina que en ese tiempo no exigía que los estudiantes retornaran a sus países y consiguió una beca del gobierno español para hacer un doctorado en el Centro Nacional de Biotecnología, dependiente del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, pero tuvo que renunciar a sus estudios empujada por la crisis de 2008, la de las hipotecas basura que congeló proyectos, becas y futuros.
Guevara no pudo rematar los cuatro años de trabajo porque se acabó el dinero para pagar los años adicionales de tesis. “Me afectó la crisis y tuve que dejar la tesis porque no podía vivir de la ‘Fundación Papis Pagan’ como hacían los otros que sí se quedaron”, dice sin rodeos.
Pasó por el paro, intentó la docencia secundaria y entendió que la ciencia puramente básica no le estaba devolviendo nada. “Me di cuenta de que mi tesis de ciencia teórica no me llevaba a ninguna parte y busqué algo más de empresa y más aplicada”. Así empezó un segundo doctorado, ya en la Complutense, atraída por la biotecnología blanca, buscando bacterias, trabajando donde otros solo ven residuos.
Su especialidad ahora es la biotecnología bacteriana y la economía circular. Trabaja con cianobacterias (bacterias que contienen clorofila, lo que les permite realizar la fotosíntesis) capaces de producir pigmentos naturales para cosmética y biofertilizantes a partir de aguas residuales o purines de cerdo. Hay una ética clara detrás de esa elección. “Yo siempre tuve claro que nunca iba a matar a ningún animal, por eso me fui a trabajar con microorganismos o con plantas”, cuenta. Probó con plantas, pero asegura que no eran lo suyo. “Tardan mucho en crecer, no me daban tanta satisfacción como las bacterias”.
Madrid tampoco es el lugar ideal para su perfil debido al deterioro de la universidad pública. Los recortes han dejado un sistema envejecido y exhausto. “Estamos en un problemón ahora, se está jubilando un montón de gente y no hay relevo. La Comunidad de Madrid quiere cerrar universidades públicas”, dice. La carga docente asfixia la investigación, justo cuando se exige producir más ciencia con menos tiempo y menos manos. Govi menciona otros países pioneros en investigación, pero reconoce que ya no tiene la energía para volver a saltar hacia otra vida, y suelta una frase coloquial brusca en inglés que podría traducirse de forma amable como: “Ya no tengo edad para esas cosas”.

El éxito científico y sus matices
Ese equilibrio frágil entre investigar y enseñar se refleja también en cómo se mide el éxito científico. Sobre papers, patentes y la circulación del conocimiento, Govi lo explica así:
“El conocimiento que nosotros desarrollamos muchas veces es público porque tienes que publicar papers y a ti te reconocen por los papers que publiques. Entonces una industria farmacéutica puede decir: ‘Mira lo que hizo este grupo, lo hacemos’. La alternativa es hacer una patente, pero el problema es que no puedes publicar hasta que salga la patente. Y si no publicas, no te dan proyectos ni te reconocen como investigador”, cuenta.
En España, añade, el sistema premia sobre todo las publicaciones. “Aquí hay una cosa llamada sexenio, que es el reconocimiento de la investigación, y es por papers, no por patentes. Las patentes tardan mucho y son caras”. El resultado es una ciencia que circula libremente, aunque no siempre se sepa quién la convierte luego en negocio.
En Ecuador estuvo recientemente y se quedó siete meses para cuidar a su padre enfermo, el cantautor Jaime Guevara, pero no piensa regresar a vivir allí. La inseguridad, el machismo estructural y una experiencia devastadora con el sistema sanitario público cerraron esa puerta. “Algo que el dinero no puede pagar es la libertad de andar con tu móvil en la calle, de caminar a las tres de la mañana, esa paz es la que siempre me ha mantenido aquí”, cuenta. Sobre las relaciones personales, es tajante: “En Ecuador lamentablemente hay el típico machito de que si su pareja es más profesional, más inteligente y tiene títulos, pues ya se siente mal”. Y finalmente comenta sobre la sanidad: “Mi papá está vivo de milagro porque acabó en la UCI, intubado, todo por negligencia”.
Durante esa estancia forzada en Ecuador, y a pesar de ejercer de médico de cabecera de su padre, no dejó de investigar. Firmó un convenio con una universidad privada y trabajó con cuatro microalgas que pueden crecer en purín de cerdo al 100%, algo que no está descrito en la literatura científica. “Eso es muy difícil”, insiste, todavía sorprendida.
Su día a día, sin embargo, transcurre menos en titulares científicos que en aulas llenas de estudiantes. Nunca sintió la necesidad de borrar su acento. “No me ha hecho falta, siempre me han entendido en mi entorno científico y de investigación”. En su experiencia, la universidad funciona como una meritocracia imperfecta, pero real: “Aquí te miden por tu validez en el trabajo y no por el lugar del que vengas”.
De Ecuador se quedó con la base. “Mi educación, ‘la Cato’, para los biólogos en mi época era muy buena. También está mi familia, mi padre, y el cariño de la gente”.
Y a veces ese Ecuador vuelve sin avisar, colándose entre pupitres. Cuando pasa lista y reconoce apellidos como Carchi o Chiluisa, levanta la vista y pregunta por su origen. Si le dicen que sí, que son de Ecuador, sonríe y se delata ella también. Confiesa que mira a esos estudiantes con un cariño extra.
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