"Solo pienso en la nueva oportunidad de vida que tenemos", dice sobreviviente de naufragio en Galápagos
El hundimiento de la lancha Spondylus dejó 28 turistas rescatados y un capitán fallecido. El dramático siniestro revela cómo la sobreexplotación de las embarcaciones y los deficientes controles ponen en riesgo la vida humana en el archipiélago.

Barcos en Puerto Ayora, isla Santa Cruz, parte de las islas Galápagos, enero de 2026.
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René y su familia viajaron desde Suiza buscando unas vacaciones inolvidables en su natal Ecuador. El grupo, conformado por 11 personas —entre hijos, esposa, sobrinos y hermanos— decidió pasar la tarde del 19 de febrero de 2026 en Tortuga Bay, un paradisíaco sector en la Isla Santa Cruz, en Galápagos. Al caer la tarde, para evitar la caminata de regreso de 40 minutos hasta Puerto Ayora, contrataron el servicio de una lancha de cabotaje que prometió sacarlos del lugar a las 16:00. Sin embargo, ese viaje que debía durar 20 minutos se transformó en una lucha desesperada por sobrevivir.
La embarcación, identificada luego como la lancha Spondylus, llegó con media hora de retraso, a las 16:30, en medio de un clima nublado y lluvia. "Nos hicieron subir al apuro. Cuando ingresamos, el agua ya nos cubría los tobillos. No nos hicieron colocar los chalecos salvavidas, solo confirmaron que subamos todos y emprendió el regreso", relata René, aún conmocionado.
Apenas iniciaron la marcha, el mar complicó el viaje. La lancha chocó contra unas rocas, pero el capitán, Fausto Lara León —quien fallecería en el naufragio—, logró reiniciar el motor. Un segundo impacto encalló la nave, y una tercera ola, inmensa, terminó por destruir la fibra de vidrio de la Spondylus.
"El agua empezó a entrar por todo lado y nosotros buscábamos por dónde saltar".
El grupo de la familia de René y los demás turistas se separaron en el agua. En medio de la oscuridad, tragando agua mezclada con el combustible y el aceite del motor destruido, los sobrevivientes intentaron nadar hacia las rocas.

Nadie les había dado instrucciones previas de seguridad. Algunos con el plástico de chalecos salvavidas viejos, cubrieron sus pies heridos; otros gateaban sobre las piedras para no seguir cortándose. Gracias a que uno de los hijos de René encontró la radio de la embarcación hundida, lograron pedir auxilio.
El saldo de esa tarde: 28 personas rescatadas en estado de shock e hipotermia leve, y el capitán de la nave fallecido.
"Solo pienso en la nueva oportunidad de vida que tenemos. Pero sí me preocupa que la falta de control pueda generar otros accidentes que puedan terminar con peores resultados".
René
La crisis silenciosa detrás del paraíso
El hundimiento de la Spondylus puso en evidencia una crisis sistémica y silenciosa que azota al transporte marítimo interislas en Galápagos. Detrás de la rigurosa conservación ambiental del archipiélago, se esconde una grave vulnerabilidad: la fatiga mecánica de una flota sobreexplotada y la falta de controles portuarios.
Existen normas y protocolos para los puertos de Galápagos, que según los entrevistados, no se aplican. "Todo es al apuro, llenan los barcos y salen, rara vez nos hacen poner los chalecos", lamenta una habitante de la isla Santa Cruz que pidió mantener su nombre bajo reserva.
Una de las hipótesis de los ciudadanos es que no hay tantos barcos para tanta gente y que no se ha actualizado la flota. Esto corrobora un técnico consultado, quien asegura que el incremento exponencial de visitantes ejerce una carga insostenible sobre las lanchas de cabotaje que, muchas veces, operan al margen de los protocolos internacionales de supervivencia.
Para maximizar ingresos, los armadores reducen los tiempos de mantenimiento de las embarcaciones, explica el técnico que ha vivido por más de 40 años en Santa Cruz. El uso intensivo de los motores fuera de borda para "cortar la ola" acelera el desgaste estructural. Cuando un motor falla en alta mar, la lancha pierde inercia, es golpeada lateralmente, se inunda y se hunde irremediablemente si las bombas de achique tampoco funcionan.
A esto se suma la variable biológica y demográfica. Existe una brecha significativa en la edad de los turistas que visitan las islas Galápagos, según datos de Migración y el Parque Nacional Galápagos.
Esta diferencia de edades es crítica según explicó el galapagueño consultado. En aguas cuyas temperaturas oscilan entre los 18°C y 22°C, un turista extranjero, de 50 años o más, que cae al mar sin un chaleco salvavidas adecuado tiene un pronóstico de supervivencia drásticamente baja frente a la hipotermia y la fatiga.
Una cronología de siniestros recurrentes
El historial reciente del archipiélago revela varios acontecimientos que pusieron en riesgo la vida de la población y los turistas:
- Abril de 2022: El yate Albatros se hundió en Bahía Academia sin pasajeros, derramando cerca de 2.000 galones de diésel por la rotura de una tubería interna, obligando a cerrar playas temporalmente.
- Septiembre de 2022: La lancha Angy naufragó a 2.5 millas de Tortuga Bay con 37 personas a bordo. Hubo cuatro víctimas mortales (tres ecuatorianos y un extranjero). Los pasajeros tuvieron que arrancar los cojines de la lancha para usarlos como boyas ante la falta de chalecos salvavidas, mientras el capitán jamás dio orden de evacuación y luego huyó.
- Octubre 2023: La lancha Queen Evolution sufrió una falla catastrófica de motor a dos millas de San Cristóbal, quedando virada a merced del oleaje. 29 personas fueron rescatadas en mar abierto.
- Junio de 2025: La lancha Unión II se hundió repentinamente con 28 ocupantes en Tortuga Bay. Todos fueron rescatados sin víctimas mortales.
El naufragio de la Spondylus, reportado el 19 de febrero de 2026, repite los mismos patrones. Las autoridades investigan el horario del zarpe de la lancha porque el Comité de Operaciones de Emergencia (COE) cantonal prohíbe navegar por Tortuga Bay pasadas las 16:00 debido a los cambios abruptos de oleaje y viento. René confirmó en su testimonio que zarparon a las 16:30.
La paradoja de Galápagos: bioseguridad vs. vida humana
Si el marco legal es deficiente, ¿cómo ocurren estos siniestros? Los documentos que existen apuntan a una disonancia: las normativas existen, pero su cumplimiento es cosmético.
La Armada del Ecuador (DIRNEA) y el Ministerio de Turismo tienen reglamentos de clase mundial que incluyen:
- Monitoreo satelital continuo (DMS/AIS).
- Dotación estricta de chalecos salvavidas tipo SOLAS (con pito y luz).
- El Briefing de Seguridad: Instrucciones orales obligatorias antes del zarpe sobre cómo actuar en emergencias.El Zafarrancho: Simulacros de emergencia de la tripulación.
Ninguno de estos protocolos fue aplicado en la Spondylus ni en la Angy.
La mayor paradoja recae en las prioridades de fiscalización. Mientras el Estado es implacable con la bioseguridad ambiental —obligando a presentar videos subacuáticos del casco para evitar que especies invasoras lleguen en la embarcación— permite, en la práctica, que lanchas sin mantenimiento preventivo o sin salvavidas suficientes zarpen al océano con decenas de vidas a bordo.
PRIMICIAS solicitó información a personal del Municipio de Santa Cruz; Capitanía de Puerto Ayora; Armada Nacional, pero hasta la publicación de esta nota, el domingo 1 de marzo, no hubo respuesta.
Las inspecciones, muchas veces, se limitan a un trámite documental anual, ignorando el conteo diario a pie de muelle. Según el experto consultado, para detener estas tragedias se necesita un giro radical de fiscalización. Caso contrario, sobrevivientes como René y los deudos de los náufragos de la Angy, tendrán que seguir testificando cómo el paraíso natural de Ecuador puede, en minutos, convertirse en una trampa mortal.
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