Una madre que jamás calló y un hijo que ahora es gerente cervecero en el País Vasco; la historia del ecuatoriano Mauricio Ramírez
Un esmeraldeño es el gerente de restauración de uno de los grupos cerveceros artesanales más importantes del País Vasco, en España: Bidassoa. Su esfuerzo está ligado al de su madre, que llegó a esta zona a trabajar como empleada doméstica y sacó adelante a sus tres hijos.

Mauricio Ramírez es de Quinindé, Esmeraldas. Lleva 20 años en el País Vasco, donde trabaja en la industria cervecera. Su ambición es crecer en la hostelería.
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Soraya Constante
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SAN SEBASTIÁN, ESPAÑA. Mauricio Ramírez, aunque se presenta como Morris, llegó al País Vasco con diez años siguiendo una cadena familiar que empezó mucho antes de que él pudiera decidir nada. Su abuela había llegado primero desde Quinindé, en Esmeraldas, y luego fue trayendo a sus cuatro hijos. La madre de Mauricio, Janeth Mendoza Vélez, fue la última en llegar. Lo hizo tras una separación y con la determinación de no dejar a ninguno de sus tres hijos atrás. Viajó con Mauricio y con sus hijos mayores, de 13 y 17 años. A partir de ahí, todo fue trabajo.
Janeth empezó desde cero en el País Vasco, encadenando empleos en el servicio doméstico, limpiando casas sin descanso. “Sacar adelante a mis tres hijos ha sido muy duro, muy duro, pero salí adelante”, resume. En una de esas casas donde trabajaba, Mauricio empezó a aprender euskera. El dueño había pertenecido a ETA y no se escondía; al contrario, celebraba los triunfos de la banda terrorista. Aquel hombre se ofreció a enseñarle la lengua y a explicarle la historia intrincada del País Vasco, el conflicto que no aparecía en los libros de texto.
Pero Janeth vigilaba. Cuando detectó que aquel profesor, escritor e intelectual, intentaba ir más allá y deslizar ideología en la cabeza de su hijo, cortó de raíz. “¿Por qué usted le está metiendo cosas en la cabeza a mi hijo? No. Métale a su hijo”, le soltó sin miramientos. Janeth convivió durante años con personas vinculadas a ETA sin callarse, defendiendo su dignidad y la de los suyos, incluso después del atentado de la T4 en Madrid, en 2006, donde murieron dos ecuatorianos.
Fue entonces cuando la contradicción se volvió insoportable. Janeth describió la hipocresía que vivió en aquella casa: los mismos que solían “brindar cuando mataban a alguien” se mostraron de pronto atentos con ella tras la muerte de los ecuatorianos. Ante una provocación directa de su jefe, recurrió a una metáfora para explicar su carácter y marcar un límite: “¿Usted ha visto una mierda seca? No apesta. Pero si usted la hinca, sale un olor. No me hinque, mejor”.
El reclamo fue más allá. En uno de los momentos de mayor tensión, Janeth enfrentó a sus empleadores por la violencia que defendían, preguntándoles si sentirían lo mismo si las víctimas fueran sus propios hijos. “A mí me hubieran hecho algo con mis hijos, a todos ustedes los mandaba a matar, para ver si les dolía”, dijo. Su lealtad hacia sus raíces y hacia sus compatriotas era innegociable. Dejó claro que, si no se respetaba el dolor de su comunidad, ella dejaría las llaves del trabajo.
La vida de Mauricio continuó mientras su madre sostenía la casa. La integración empezó por lo cotidiano: el colegio, los amigos, el acento que va apareciendo. “Lo bueno es que llegamos a una edad en la que es fácil hacer amigos. Entonces, tampoco fue tan complicado”, cuenta. Pero no fue igual para todos. A su hermana le costó mucho más integrarse porque llegó con 17 años, una edad en la que los afectos y vínculos en el país de origen son más fuertes.

Ahora, con 33 años, Mauricio habla del País Vasco como quien habla de casa, pero sin borrar el matiz. No se siente del todo de aquí ni del todo de allí. Es lo que define como ser “doble extranjero”. En Euskadi, porque el origen no desaparece; y en Ecuador, porque el regreso lo convierte en alguien que ya no encaja del todo. “Cuando vas allí eres un extranjero, realmente”. La migración, en su caso, no fue un tránsito, sino una condición permanente.
Una entrada al mundo de la cerveza
Durante un tiempo pensó que su futuro pasaba por la ingeniería. Empezó estudios de ingeniería eléctrica y robótica, el camino lógico del ascenso social prometido. Pero la vida torció el plan. Entró en el mundo de la cerveza artesanal y encontró ahí un espacio inesperado donde mezclar gestión, creatividad y comunidad. Hoy es el gerente de restauración de uno de los grupos cerveceros artesanales más importantes del País Vasco: Bidassoa. Dirige un equipo de unas 32 personas, decide qué estilos se sirven según la temporada, gestiona locales y representa la marca en grandes festivales.
Su obsesión no es solo vender cerveza. “Mi mayor reto aquí es cómo hacer que la hostelería sea un trabajo más”, dice. Mejorar un sector marcado por la precariedad, cuidar a la gente, evitar que se queme. Detrás hay una ética del trabajo heredada: la de una madre que sacó adelante a sus hijos.

En su forma de entender la cultura vasca aparece, inevitablemente, el espejo ecuatoriano. Mauricio encuentra similitudes claras entre la resistencia del euskera y la de las lenguas indígenas de Ecuador, como el quichua. Lenguas habladas por quienes históricamente no han sido el centro.
Esa mirada se extiende también a la comunidad ecuatoriana en España. Mauricio quiere romper con la imagen asociada exclusivamente a trabajos no cualificados. Habla de gastronomía, de emprendimiento, de ambición sin complejos. “Tenemos que salir de esa mentalidad pobre de que somos menos que nadie”, dice. A corto plazo quiere emprender su propio proyecto.
Janeth, por su parte, sigue trabajando en seis casas. Lleva más de 20 años en el País Vasco y no ha cambiado el acento. “No tengo por qué cambiar, es mi personalidad. Yo soy muy ecuatoriana y muy esmeraldeña”, dice. A pesar del racismo inicial, del cansancio y de todo lo vivido, no duda. Si tuviera que volver a elegir, volvería al País Vasco. Probó incluso diez meses en Estados Unidos, trabajando para una exmodelo que la llevó, pero regresó. “Yo no cambio esto por nada”, dice.
La historia de Mauricio no se entiende sin la de su madre, ‘La doña’, como él la llama. Su lugar está hecho del esfuerzo silencioso de esa mujer que limpió casas sin descanso para que sus hijos pudieran llegar más lejos.
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