Así fue el último vuelo de la azafata María Fernanda Castro; 45 años haciendo del cielo su casa
Hizo del cielo su casa durante 45 años. Se jubiló en pleno vuelo, acompañada por su hija en la misma cabina, mientras más de 100 pasajeros aterrizaban en Guayaquil sin saber que acababan de presenciar el último capítulo de una historia escrita a 30.000 pies.

La tripulación del vuelo Nueva York-Guayaquil que llegó el 28 de febrero de 2026 al aeropuerto José Joaquín de Olmedo, en la que fue la despedida de María Fernanda Castro (con un ramo de flores), después de 45 años en el servicio a bordo de distintas aerolíneas ecuatorianas.
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Autor:
Alina Manrique para primicias
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La nieve cubría Nueva York cuando el avión cerró puertas el 28 de febrero de 2026. En la cabina, mientras los pasajeros acomodaban equipaje y buscaban sus asientos, María Fernanda Castro Gabela recorría el pasillo con la serenidad de quien ha hecho ese gesto miles de veces. Ajustaba cinturones, intercambiaba sonrisas, verificaba compartimentos. Era su cumpleaños. Y también su último vuelo con uniforme.
La ruta: Nueva York–Guayaquil. La hora de llegada: 07:40, el cierre de una historia que comenzó en 1981.
María Fernanda, jefa de servicio a bordo senior, dedicó 45 años de su vida a la aviación. Los últimos 25 los hizo en LATAM Ecuador. Antes voló 14 años en Ecuatoriana de Aviación y seis en Ecuatoriana VASP.
Su primera licencia de vuelo data de 1981. En su trayectoria conoció y operó aeronaves que hoy son historia viva de la aviación comercial: B720, B707, B727, B737, DC10, L1011, B767 y Airbus 310, 319 y 320. Pero el mundo de la aviación no se mide solo en modelos de avión ni en millas acumuladas. Se mide en personas.
A 30.000 pies de altura, es un universo particular. Allí, los tripulantes no solo sirven café o indican salidas de emergencia. Son quienes calman el miedo del pasajero que vuela por primera vez, quienes sostienen la mano de alguien que atraviesa una pérdida, quienes celebran cumpleaños improvisados sobre las nubes y convierten un trayecto en una experiencia humana.

Durante 45 años, María Fernanda habitó ese mundo suspendido entre ciudades, husos horarios y despedidas. Aprendió a reconocer el sonido exacto de cada aeronave, a leer los gestos de los pasajeros antes de que pidieran ayuda, a trabajar en equipo como si la cabina fuera una pequeña familia itinerante.
Para su último vuelo, quiso que la cabina fuera también su casa. Pidió compartir ese tramo final con la capitana Esmeralda Sánchez; con su yerno Sebastián, primer oficial; con sus amigos Galo e Ingrid; y con su hija, María Emilia Guarderas, tripulante de cabina desde 2019. Incluso su esposo, quien la acompañó durante 36 años en esta vida de vuelos, viajó como pasajero.
Los pasajeros fueron testigos de un momento íntimo que transformó un vuelo comercial en una despedida colectiva. En el interfono, antes del aterrizaje, les agradeció emocionada: “Gracias a todos, ustedes representan a los miles de pasajeros que he transportado estos años”.
Una vocación que empezó antes de nacer
La aviación no solo fue su profesión. Fue también herencia. María Emilia Guarderas vuela desde 2019, pero, en cierto modo, lo hace desde antes de nacer: su madre cumplía con sus labores de tripulante durante su embarazo.
“Desde que era pequeña, fue un trabajo que llamaba mucho mi atención. Siempre admiré lo que mi mamá hacía, me parecía diferente y aventurero. Además de conocer sobre la aviación, viajar y descubrir nuevos lugares, quise aprender a tratar con personas y relacionarme con ellas”, cuenta Emilia.

Desde que se unió a LATAM, madre e hija han tenido varias oportunidades de volar juntas. Experiencias que, más que coincidencias laborales, se convirtieron en memorias compartidas. Entre los momentos más intensos están los vuelos humanitarios durante el período más crítico de la pandemia.
El reconocimiento en la cabina
Durante el vuelo final, la capitana Esmeralda Sánchez también tomó la palabra:
“En esta profesión hemos aprendido que el éxito de los vuelos no solo depende de los pilotos sino del gran equipo de trabajo que son los tripulantes de cabina. Como comandante he tenido la tranquilidad de volar contigo, no solo por tu profesionalismo sino por ser una gran persona. Siempre pendiente de todo y de todos, por los pequeños detalles que hacen la diferencia. A lo largo de la vida aprendemos mucho de los cambios. No tengo dudas de que lo llevarás bien porque eres una gran mujer, esposa y madre”.
El avión tocó pista en Guayaquil a las 07:40. Para muchos pasajeros fue simplemente el final de un trayecto internacional. Para ella, fue el aterrizaje de 45 años de historia.
“Este ha sido mi mejor vuelo porque volé con mi hija, con una tripulación hermosa, la capitana Esmeralda, mis mejores amigos Galo e Ingrid y con mi futuro yerno. Un vuelo lleno de sorpresas, de cosas maravillosas. Estoy feliz”.
María Fernanda Castro Gabela.
Aunque reconoce que el cambio será profundo: “Va a ser difícil acostumbrarme a tierra, pero yo lo decidí y estoy lista”.
Después de miles de despegues y aterrizajes, asegura que lo más valioso no fueron los destinos —aunque guarda especial cariño por Madrid y Nueva York— sino las personas.

“Lo mejor de esto son las personas, las tripulaciones, la gente con la que uno trabaja y, por supuesto, los pasajeros que nos dan el día a día. Los vuelos han sido maravillosos”.
Y para quienes miran un avión desde tierra sin imaginar lo que ocurre dentro de esa cabina suspendida en el cielo, deja un consejo claro:
“Tiene que ser algo que les guste sobremanera. Tienen que ser apasionados por el servicio al cliente. Y siempre ser seguros de sí mismos y valorar lo que tienen”.
Durante 45 años aprendió que cada vuelo es un pequeño milagro: desconocidos que confían, tripulaciones que se convierten en familia, ciudades que muchos solo imaginan te esperan al otro lado de la ventana.
Ese 28 de febrero no terminó una carrera: cambió de horizonte. Y mientras otros seguirán mirando el cielo como destino, ella podrá mirarlo como memoria.
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