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Jugada

Entregan paquetes o filetean pescado, pero también son ley en la cancha de fútbol, así se superan árbitros ecuatorianos que pitan en España

Dos ecuatorianos que viven en Madrid pitan en partidos de ligas amateurs y también en profesionales de corte regional. Son historias de amor por el fútbol y también de sacrificio migrante para combinar su pasión con otros trabajos. 

Los migrantes ecuatorianos Julio César Murillo y Verónica Guarnizo trabajan como árbitros de fútbol en Madrid. Ellos combinan sus trabajos de lunes a viernes con el silbato los fines de semana.

Los migrantes ecuatorianos Julio César Murillo y Verónica Guarnizo trabajan como árbitros de fútbol en Madrid. Ellos combinan sus trabajos de lunes a viernes con el silbato los fines de semana.

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Cortesía

Autor:

Soraya Constante

Actualizada:

25 mar 2026 - 01:00

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MADRID. En Madrid, lejos del ruido de los grandes estadios, hay dos ecuatorianos que sostienen el juego desde otro lugar, el silbato. Una mujer de 35 años, criada en España tras salir de Loja siendo niña, y un manabita de 48 años, que cruzó el Atlántico para dar un mejor futuro a sus hijos. Ambos llevan años arbitrando en canchas madrileñas, en un terreno donde su presencia sigue siendo la excepción. Ella empezó en 2016; él, en 2013.

Verónica Guarnizo Castillo, la joven lojana creció en Madrid y empezó a jugar casi por inercia, como quien se engancha a algo sin pensarlo demasiado. “Desde pequeña en el colegio me gustaba, salía al recreo y empezaba a jugar al fútbol con mis compañeros”, recuerda. No hubo épica inicial, solo una rutina que se fue volviendo importante. Una profesora de educación física la empujó un poco más cuando le sugirió apuntarse a las clases extraescolares de fútbol sala. “Me dijo que me apuntara y así empecé jugando en el colegio”, cuenta.

Después vino el salto, cuando una entrenadora la llevó a unas pruebas del Madrid Club de Fútbol Femenino, hoy en primera división. “Me dijo: ‘Yo te llevo porque sé que te van a coger’. Yo tendría 13 o 14 años”, dice.

El arbitraje apareció más tarde, casi como una intuición que se fue instalando. Un referente cercano, don Jhon, que llevaba un equipo amateur donde ella también jugaba, le abrió esa posibilidad sin proponérselo. “Lo veía arbitrar y me empezó a gustar, cada vez me llamaba más la atención”, recuerda.

Quiso hacerlo entonces, pero no podía por edad. La idea quedó en pausa hasta que el cuerpo marcó un límite. Una lesión de rodilla la sacó del fútbol federado y la obligó a replantearse su lugar en el juego. “Después de la lesión, dejé el fútbol de federación y me centré más en el arbitraje”, explica. Cuando apareció la opción de formarse, no dudó. “Dije, ‘Bueno, este es mi momento’”.

Hizo el curso en la Federación Madrileña de Fútbol y empezó desde abajo, pitando partidos de niños. Aprendió pronto que arbitrar no es solo aplicar reglas, sino adaptarse a contextos muy distintos. “Son dos mundos diferentes”, dice sobre el fútbol federado y las ligas latinas. En el primero hay estructura, entrenamientos, preparador físico, fisio; en el segundo, la lógica es otra, más directa y más precaria. “Vas, juegas y ya está”.

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La árbitra ecuatoriana Verónica Guarnizo, durante un partido de fútbol en Madrid.Cortesía
  • La liga de fútbol migrante en Madrid, el otro campeonato ecuatoriano que sirve como antídoto contra el desarraigo

En ese recorrido, la joven árbitra ha ido ascendiendo bajo un sistema de evaluaciones constantes. “Cada temporada hay pruebas físicas y teóricas, y también evaluaciones en el propio terreno de juego”, dice. Con informes a lo largo del año, más los resultados de esas pruebas, se decide si el árbitro asciende, se mantiene o baja de categoría.

En lo económico, el arbitraje profesional paga mejor que el aficionado. “Depende de la categoría en la que te encuentres”, explica. En su caso, en primera regional, cobra entre 80 y 85 euros (USD 93 a 99) por partido. No es un salario estable, pero sí un ingreso constante que se suma a su trabajo principal.

La diferencia también se siente en el trato. “Cuando tú pitas en un equipo de latinos y haces lo mismo en uno federado, se nota”. En esos espacios más informales, el árbitro necesita estar “más resguardado” y ahí aparece también la violencia verbal. “Sí que escuchas cosas más machistas. ‘Vete a la cocina’, eso lo he escuchado más en la parte latina”, reconoce.

El arbitraje convive con su vida laboral. Estudió educación infantil y trabajó como logopeda durante un año, pero se alejó del mundo de la educación. Ahora lleva varios años en una empresa de paquetería, donde organiza su rutina entre horarios fijos y fines de semana en los campos. Como árbitra, trabaja como autónoma y pita en distintas categorías, combinando partidos como central y como asistente.

También hay momentos que rompen la rutina. Recuerda con especial emoción su primer partido como asistente en una categoría superior. “Fue un Rayo Vallecano contra el Athletic de Bilbao, cuando lo recibí me emocioné un montón porque era una categoría en la que yo nunca había salido de línea”. Era segunda regional femenina. A ese se suman otros encuentros con equipos conocidos, como un partido del Real Madrid. “Son partidos que tú dices, ‘uf, los he vivido y me ha tocado’”.

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´Verónica Guarnizo, el día que pitó el Rayo Vallecano frente a Athletic de Bilbao, del fútbol regional femenino.Cortesía
  • Así fue la lucha de los migrantes por jugar ecuavóley en Madrid: del desalojo constante a la conquista oficial de un espacio

Julio: del fútbol jugado al arbitrado

La trayectoria del manabita Julio Cesar Murillo Salazar se construyó con otros tiempos y otras decisiones. Llegó a España por primera vez en 2003 y se marchó en 2013, empujado por la crisis. En Madrid jugaba en las ligas latinas, y lo hacía bien. Le pagaban entre 100 y 200 euros por partido (USD 116 y 232). “La gente dudaba que fuera ecuatoriano”, cuenta. De niño había jugado en Canoa, en Manabí, y tuvo opciones de probarse en clubes como Olmedo o Liga de Quito, pero no hubo apoyo ni respaldo, y terminó dejando el fútbol profesional.

El arbitraje apareció cuando retornó a Ecuador con casi 38 años. “Me encantaba el fútbol, pero ya no corría como antes”. Lo que parecía una renuncia fue, en realidad, una adaptación. Empezó a arbitrar y durante casi una década recorrió canchas en Guayaquil, Pedernales y Jama, siempre con un rasgo que lo distingue hasta hoy, el uso del uniforme oficial de árbitro ecuatoriano con el escudo del país, que sigue llevando también en Madrid.

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Julio César Murillo, árbitro ecuatoriano en España.Cortesía

Cuando migró por segunda vez a España, en 2022, el arbitraje le abrió una puerta. Un primo lo conectó con un árbitro que le propuso jugar en su equipo a cambio de introducirlo en un gremio arbitral, y aceptó sin rodeos.

Hoy pita en ligas amateur ecuatorianas, hondureñas y también en partidos de equipos españoles. Ha pitado finales y campeonatos exigentes, y no duda al comparar ambientes. Prefiere los partidos de españoles porque son “más técnicos, menos conflictivos”, mientras que en los torneos latinos hay “más contacto y malicia”.

Su semana empieza de madrugada. De martes a sábado se levanta entre las tres y las tres y media de la mañana para ir a Mercamadrid (la mayor despensa de Madrid), filetear pescado, organizar pedidos y repartirlos a hoteles y restaurantes. El miércoles es el día más liviano, pero no deja de madrugar. Los fines de semana cambia el ritmo, deja el mercado y se instala en los campos, donde puede arbitrar desde media tarde hasta la noche y encadenar hasta cuatro partidos en un día, en distintos puntos de Madrid.

El arbitraje le deja entre 800 y 900 euros mensuales (USD 828 y 1045), un ingreso extra que sostiene a base de constancia. “Está mal pagado”, dice, pero no lo suelta.

Verónica y Julio terminan encontrándose en pequeños puntos en común, como si el fútbol también ordenara sus afinidades. Comparten colores. Los dos son de Emelec en Ecuador y del Barcelona en España. Él lo explica con convicción. “Yo soy de las personas que tiene su propio criterio”, dice, recordando a los jugadores Capurro y Avilés. En España, el vínculo nació con la llegada de Ronaldinho al equipo azulgrana. La joven lojana también menciona al cuadro catalán como su favorito y en lo demás sigue a su padre, madre y hermanas, que están del mismo lado. “A mi familia le gusta Emelec”.

Donde no coinciden es en el resultado que imaginan para el amistoso entre Ecuador y Marruecos en Madrid. Acostumbrados a ver fútbol cada fin de semana, los dos se permiten anticiparlo. El manabita apuesta por un empate y lo reduce a una idea central. “No perder, es lo importante”. Destaca una “defensa excelente” y menciona a William Pacho, pero insiste en que “falta gol”. Ella, en cambio, se inclina por un 1-0. Sabe que Marruecos “es un rival muy fuerte”, pero confía en el momento del equipo y en el empuje de la afición.

En Madrid, donde arbitrar rara vez ocupa titulares pero siempre deja historias, ellos siguen. No llegaron al silbato por el mismo camino, pero sí por una misma necesidad de permanecer en el juego. El viernes, cuando Ecuador salga al campo, la joven lojana estará en el estadio con su familia, mientras el manabita lo verá desde casa, con el ojo entrenado de quien está acostumbrado a decidir en décimas de segundo. Y cuando el partido termine, volverán a sus rutinas, al mercado de madrugada o a la paquetería, a las ligas de barrio, a los campos sin cámaras, a ese fútbol sin focos.

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