'Las raíces no se olvidan': el juego de la Tri en Madrid permitió un poderoso día de reencuentro de corazones ecuatorianos
Desde Roma o Londres. Desde Valencia o Burgos. Los ecuatorianos fueron a ver el Ecuador-Marruecos en Madrid para reencontrarse con sus recuerdos. Una frase resume la radiografía migrante de los ecuatorianos ya asentados en España con sus hijos. Es la frase de un niño español al referirse a su padre ecuatoriano, vestido con la camiseta de la Tri: “Soy del equipo que sea mi padre”. Una crónica de la jornada.

La ecuatoriana Jenny Balarezo, de gafas negras, y su grupo de amigas, autodenominadas Las Superquedadas, un grupo de amigas migrantes en Madrid, fueron a ver a la Tri.
- Foto
Soraya Constante
Autor:
Actualizada:
Compartir:
MADRID. El metro dejaba salir una marea amarilla mucho antes de que el partido existiera. A cuatro horas del pitido inicial, los alrededores del Riyadh Air Metropolitano ya no eran Madrid sino otra cosa, una extensión emocional de Ecuador que se armaba a base de camisetas y banderas. Más de 60.000 personas iban a llenar el estadio, contando también a los seguidores de Marruecos, pero la historia empezaba en la espera.
Había quien no iba solo a ver fútbol, sino a reencontrarse.
Jenny Balarezo, 54 años, coordinaba a su grupo como quien organiza una fiesta que no podía fallar. Eran varias mujeres que suelen autoconvocarse por TikTok para “pasarlo bien”, pero también para conocer Madrid y otras ciudades, porque también viajan juntas. Compraron las entradas al partido el primer día, en cuanto salieron.
“Al principio cuando dieron la voz de que ya estaban vendiendo por online, las conseguimos, aunque fue muy difícil”, contaba Jenny.
En el parque que rodea el estadio se movían juntas, reían juntas, se hacían fotos como si el partido fuera casi una excusa. Llevaban camisetas que no eran oficiales, pero sí suficientes.

“Es una réplica porque las originales pasan de 100 euros (USD 115), las hemos conseguido aquí a última hora”, confesaba Jenny.
No importaba demasiado. El uniforme ahí no distinguía autenticidades, sino pertenencias. Llegaron con horas de antelación porque la fiesta, para ellas, empezaba mucho antes de que el balón se moviera en la cancha.
La hinchada organizada irrumpía justo al atardecer. La barra Somos Ecuador avanzaba como una columna festiva, compacta, ruidosa, imposible de ignorar. Bengalas, tambores, una bandera enorme que decía “las raíces no se olvidan”. No era solo una consigna, sino una declaración.
El músculo de Ecuador
Giordano Morante, 33 años, había aterrizado desde Roma para estar en ese bloque. Tiene una empresa de limpieza de hoteles, pero ese día su trabajo era sostener el ritmo.
“Vengo de Roma, mucha gente más vinimos de Italia”, decía mientras avanzaba con los suyos.
Caminaron hasta el estadio en grupo, entre humo y percusión.
“Vinimos caminando, unos 20 minutos, media hora caminando. Con las bengalas y todo eso”, contaba Giordano.
Lo decía como quien habla de una rutina. Como si cruzar países para seguir a una selección fuera simplemente lo lógico. En la grada, sus banderas eran más grandes y más visibles que las del rival.
Pero la mayoría de los ecuatorianos no llegaba en bloque, sino en familia. El grueso de la asistencia se repartía en historias pequeñas que, juntas, hacían volumen.
La familia Morales Ushiña venía desde Burgos y se encontraba con más parientes que llegaban desde Valencia. “De Burgos vengo. Dos hemos venido de Burgos y el resto viene de Valencia”, decía el patriarca, Olmedo, que trajo a todos hasta España.

Hablaba con una emoción contenida, como si no quisiera exagerar algo que ya era suficiente.
“Siento primeramente que es una emoción, siempre voy a los partidos de la Selección”, decía.
Y nunca va solo porque tiene cinco hijos y once nietos. La más pequeña tenía tres años y caminaba entre piernas, ajena al ruido pero ya dentro del ritual. Era su primera vez, pero no sería la última.
En una parte de las largas filas, un niño de cinco años explicaba mejor que nadie ese sentimiento que les heredan los mayores. “Soy del equipo que sea mi padre”, decía el pequeño Ezequiel para responder si le gustaba el equipo de Ecuador. Su padre, Claudio Arévalo, de 60 años, no necesitó viajar pues viven cerca del estadio y cumplió con su rutina laboral hasta el último momento. “Trabajo en la construcción y los viernes siempre se sale temprano, se sale a mediodía”, contaba.

No era solo llevar a sus hijos al estadio. Era acercarlos a ese país que él añora.
Su hija adolescente lo acompañaba con cierta distancia, como si todavía estuviera decidiendo cuánto de Ecuador le pertenecía, pero llevaba la camiseta que su padre había comprado hace dos años en un viaje.
Los símbolos circulaban como si tuvieran vida propia, como anclas contra el desarraigo.
Pedro Tasiguano, 60 años, destacaba entre la multitud por una de esas anclas: una máscara de Diablo Huma que miraba desde otro lugar. “Es una tradición de Ecuador, esta viene de allá, de Cayambe”, contaba sin querer quitársela.
El gesto no era menor. Ponerse la máscara era traer un pedazo de territorio al presente.

A su alrededor, las banderas se llevaban como se podía: en la espalda, en la cara, en la cabeza. Ximena Sevilla, 62 años, la llevaba como si fueran dos pequeñas antenas que salían de su cabeza. “Soy bien patriota. Soy ecuatoriana, vivo casi 30 años aquí en España y sigo siendo ecuatoriana”, decía.
Para esta mujer era la primera vez que veía a la selección en directo. “Nunca he ido a ver a la selección. Nunca, nunca, primera vez que vengo”, repetía mientras esperaba a su hija.
También había quienes entraban por otra puerta, la de las relaciones cruzadas.
Cristina Benavides, 29 años, había aterrizado desde Londres solo para eso. Dejó el laboratorio donde trabaja en pausa, como si el experimento más urgente fuera otro. “Vine de Londres solo por el partido. Ecuador juega, o sea…”.
Viajaba con su pareja, Salva García, 35 años, valenciano. Él observaba, acompañaba, aprendía el ritmo desde fuera. “Él es más ecuatoriano que yo”, bromeaba ella, mientras le pedía que dijera “achachay” al notar el frío inesperado de la noche.
El pitazo inicial
Cuando el partido empezó, el “sí se puede” nació desde el fondo sur y se expandió como una onda. Las banderas gigantes de Somos Ecuador cubrieron la grada baja. Durante unos minutos, el estadio parecía inclinarse hacia un solo lado.
Por un momento, dio la sensación de que el partido también les pertenecía.
En cada grito, las distancias perdían peso. Burgos, Roma, Londres, Valencia dejaban de importar. También los trabajos, las edades, las dudas.
Durante un rato, todos estaban en el mismo sitio. Y ese sitio no era Madrid.
Era, más bien, un país que jugaba en un estadio prestado.
Compartir: