Las abejas que el petróleo silenció: la lucha de Manuel Mora por salvar su apiario
Tras el derrame petrolero en Quinindé, el apicultor Manuel Mora perdió decenas de colmenas y su producción de miel cayó drásticamente. Aún espera reparación.
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El zumbido ya no se escucha como antes en la finca de Manuel Mora, en la comunidad de Chucaple, en el cantón Quinindé, provincia de Esmeraldas. Durante años, ese sonido fue el pulso cotidiano de su vida: cientos de abejas entrando y saliendo de las cajas de madera que él mismo fabricaba en su pequeño taller de carpintería. Allí estaban sus colmenas, alineadas bajo la sombra de los árboles, produciendo la miel que vendía en la zona y que muchos buscaban por su pureza. Pero desde el derrame de petróleo del 13 de marzo de 2025, ese zumbido se ha ido apagando.
“Perdimos unas veinte colmenas directamente”, dice Mora, con las manos marcadas por la madera y el trabajo del campo. “Y no solo yo. Aquí somos 18 apicultores y entre todos llegábamos a más de 120 colmenas”.
El apiario de Manuel estaba a unos dos kilómetros del lugar donde se produjo la rotura del Sistema de Oleoducto Transecuatoriano (SOTE), en el sector conocido como El Vergel. Cuando el petróleo se derramó, el olor penetrante del crudo se extendió por toda la zona. Los habitantes recuerdan que el aire se volvió pesado y que el río empezó a arrastrar manchas oscuras que bajaban lentamente por la corriente. Para las abejas, ese ambiente resultó devastador.

“Fue por el olor fuerte del petróleo”, explica Mora.
“Las abejas se desorientaron, muchas se fueron, otras se murieron”.
Manuel Mora, apicultor
Antes del derrame, él tenía unas 45 colmenas. Hoy apenas conserva 13. Cada colmena representa más que una caja de madera: es una pequeña economía. Mora calcula que cada una podía producir entre 10 y 12 litros de miel al año. Cada colmena representa al año alrededor de USD 250, teniendo en cuenta que cada litro se comercializa en cerca de USD 25 por litro. Multiplicado por las colmenas perdidas, el impacto económico fue inmediato.
Pero el golpe no se detuvo ahí. La apicultura está ligada a todo el ecosistema agrícola que la rodea. Cuando el ambiente se altera, también se altera la producción. Mora recuerda que incluso el cacao de la zona dejó de venderse con facilidad. “Al principio la gente no quería comprarlo porque decían que estaba contaminado”, cuenta.
Hoy continúa trabajando con las pocas colmenas que le quedan. Fabrica cajas nuevas, arma marcos, coloca láminas de cera y espera que las abejas regresen. Sin embargo, el negocio que antes tenía, vender cajas a otros apicultores, prácticamente desapareció. “¿Quién va a comprar material si ya no tiene abejas?”, pregunta con resignación.
Las secuelas del derrame
La crisis de Manuel Mora es solo una pequeña pieza de un desastre mucho más amplio. El derrame de más de 25.000 barriles de crudo contaminó 86 kilómetros de cuerpos de agua y 175 kilómetros de riberas fluviales, afectando a unas 300.000 personas, lo que equivale a más de la mitad de la población de la provincia de Esmeraldas.
Las cifras recogidas en evaluaciones posteriores muestran que el 94% de los afectados perdió sus fuentes de ingreso y el 83% de los hogares redujo la cantidad de alimentos que consume.
En las comunidades rurales de Quinindé, donde la vida depende de la agricultura, la pesca o la apicultura, la sensación es que el desastre aún no termina.
Alejandro Bone, dirigente comunitario de la zona, sostiene que, según lo que han evidenciado en ciudadanos de la zona, el problema no solo es ambiental, sino también legal y administrativo. Sostiene que, según los testimonios de familias afectadas, acceder a la indemnización es un proceso que no avanza, porque depende de trámites que comienza con la reparación ambiental y termina con la compensación económica.
“La ley establece que primero debe repararse el daño ambiental, luego vienen las compensaciones y finalmente las indemnizaciones”, dice, agregando que es un "proceso que no avanza lo suficiente”.

La tierra ya no produce igual
Bone sostiene que el retraso se repite cada vez que ocurre un derrame en la zona. Recuerda que en estudios previos, como el levantado tras un incidente de 2018, se identificaron 387 parcelas contaminadas entre Caple, Chucaple y la cuenca del río Viche. Muchas de esas tierras, asegura, siguen siendo las mismas que hoy vuelven a aparecer en los informes de afectación.
“Las fincas pueden cambiar de dueño, pero la contaminación sigue siendo la misma”.
Alejandro Bone, dirigente comunitario de la zona
El dirigente también cuestiona los mecanismos de evaluación utilizados para calcular las pérdidas. Según relata, en ocasiones los informes técnicos se limitan a valorar daños menores sin considerar el impacto real en cultivos o en la producción futura de las parcelas.
El reclamo se repite entre agricultores de distintas comunidades. En el recinto El Achiote, Mariano Mero, propietario de finca, relata que volvió a sembrar maíz y maracuyá meses después del derrame, pero la producción ya no fue la misma. “La planta crece, pero no rinde como antes. Uno invierte en semillas, abono, trabajo… y al final se pierde”, dice.
Una situación similar describe otro agricultor del recinto Caple, quien asegura que parte de su terreno quedó inutilizable. “La tierra ya no produce igual y nadie responde por eso. Aquí seguimos esperando que alguien venga a evaluar las pérdidas de verdad”, comenta, mientras señala la parcela donde antes cosechaba para sostener a su familia.
Desde el Ministerio de Agricultura en Esmeraldas se sostiene, sin embargo, que los informes elaborados tras el derrame tuvieron un alcance limitado y que su objetivo principal fue levantar información preliminar sobre los afectados.
Una fuente de la institución explicó a PRIMICIAS que funcionarios realizaron recorridos desde el punto donde ocurrió la rotura del oleoducto hasta la desembocadura del río Esmeraldas, registrando nombres de productores, ubicación de fincas, tipo de actividad agrícola o pecuaria y una estimación inicial de los daños.
No obstante, aclaró que estas evaluaciones no podían determinar con precisión la magnitud real de la afectación, ya que establecer si un cultivo o suelo quedó total o parcialmente contaminado requiere análisis técnicos de agua, aire y suelo que corresponden a otras entidades. “Nosotros hicimos un levantamiento aproximado de la información y lo remitimos a las instituciones competentes. Visualmente no se puede determinar la gravedad de la contaminación”, indicó la fuente.
Además, explicó que el Ministerio incluyó en su informe un plan de mitigación que recomendaba a Petroecuador la compra de insumos agrícolas y pecuarios (como fertilizantes, vitaminas, sueros veterinarios y otros productos) para apoyar la recuperación productiva de las fincas afectadas. Sin embargo, según señaló, esa adquisición no se ha concretado, por lo que las medidas sugeridas no llegaron a aplicarse en las comunidades impactadas.

Los trabajos de remediación continúan en la zona afectada. Durante recorridos recientes se observó a personal de Petroecuador realizando labores de remoción de tierra contaminada en varios tramos de las orillas del río Caple, donde maquinaria y cuadrillas retiran sedimentos impregnados de crudo.
Sin embargo, estas intervenciones también estarían provocando que el petróleo atrapado en el suelo vuelva a liberarse, por lo que todavía se observan manchas de hidrocarburo descendiendo por el afluente con la corriente. Habitantes y dirigentes comunitarios aseguran que este fenómeno se repite cada vez que se remueve el terreno, lo que mantiene la preocupación en las poblaciones ubicadas río abajo.
Mientras tanto, en Chucaple el silencio del apiario de Manuel Mora resume una parte del drama que viven las comunidades. En una esquina de su taller se apilan cajas nuevas, listas para convertirse en colmenas. Los marcos están armados, las láminas de cera preparadas. Pero sin abejas, todo queda suspendido.
“Nos dieron un bono de USD 470 cuando ocurrió el derrame”, recuerda Mora. “Eso fue solo para el momento. Pero las pérdidas siguen”.
Cada vez que abre una de las cajas vacías, Manuel imagina el zumbido que solía llenarlo todo. Ese sonido que para él significaba trabajo, futuro y dulzura. Hoy, en cambio, lo único que queda es la espera.
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