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El indiscreto encanto de la política

Nayib Bukele y la nueva era del populismo milenial

Matías Abad Merchán

Catedrático universitario, comunicador y analista político. Máster en Estudios Latinoamericanos por la Universidad de Salamanca.

Actualizada:

18 may 2020 - 19:01

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A Nayib Bukele, presidente de El Salvador, le incomoda la democracia. Conforme pasa el tiempo, se revela que detrás de esa cuidada pose de líder cool, no hay más que un típico caudillo tropical, vanidoso y embebido de poder, que sigue con rigor el vademécum populista.

Esta historia no es nueva, de hecho, nos suena bastante familiar en el contexto latinoamericano. 

Aparece la figura carismática con un discurso renovado que desafía el rancio establishment. Con una retórica de refundación de la patria enamora a las ingenuas masas quienes, índices de popularidad mediante, lo invisten de poderes mesiánicos para conducir el destino de la Nación. Finalmente, emerge un nuevo populista en la región. 

Desde el inicio, Bukele se ha ahorrado las forzadas humildades. A través de su Twitter -que opera como despacho presidencial virtual- no ha titubeado en presentarse como “el presidente más guapo y cool del mundo mundial” o reiterar -por si quedaba duda- que además ostenta los cargos de “Presidente de la República de El Salvador, Jefe de Estado, Jefe de Gobierno y Comandante General de las Fuerzas Armadas”. 

Pero más allá de estas inofensivas ridiculeces, en El Salvador se vive una deformación del sistema democrático. 

Bukele gobierna a tuitazos, burlando cualquier canal institucional y la elemental formalidad. En menos de 280 caracteres, da órdenes a sus ministros, humilla y despide funcionarios, hace un par de chistes y, para cerrar, dispone que los militares salgan a las calles a cumplir sus mandatos.

En más de una ocasión ha quedado en evidencia su poco aprecio por el Estado de Derecho.

A inicios de este año, ante la imposibilidad de alcanzar un acuerdo con el Legislativo para gestionar un crédito, entre fusiles militares este paladín ingresó al Congreso, -literalmente- rezó e improvisó un meeting en los exteriores para contar las buenas nuevas: “Dios nos ha pedido paciencia”, en una suerte de insinuación/amenaza de que todavía no era el momento de cerrar el Legislativo.

Hace pocos días, desconociendo a la Asamblea y arrogándose funciones, Bukele prorrogó el estado de emergencia en el país. Ha encontrado en la pandemia la excusa perfecta para acumular más poder, atacar a sus enemigos y debilitar a los otros poderes del Estado. 

La Constitución salvadoreña no permite la reelección presidencial inmediata; sin embargo, institucionalidades débiles y caudillos fuertes son una peligrosa combinación para la democracia.

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