El Mundial no solo modifica la agenda; también altera el estado de ánimo colectivo. Y las emociones influyen en la forma en que las sociedades interpretan la realidad política.
Cuando desaparece un ministerio, no solo cambia un organigrama; también desaparece una voz en la mesa donde se toman las decisiones. Fusionar ministerios significa alterar la distribución interna del poder.
No fue el discurso de un gobierno que ejerce el poder desde la estabilidad institucional, sino el de una administración que necesita la polarización para sostener su cohesión interna y seguir ganando elecciones.
Ese es el verdadero riesgo: no que Noboa sea Correa, sino que sigamos midiendo la democracia ecuatoriana en función del menos autoritario o del menos malo.
Lo que comienza como un problema judicial o regulatorio se convierte en una discusión institucional sobre la libertad de expresión y los límites del poder, y pasa de ser un caso particular a una preocupación pública.
Forzar una polarización en este contexto no solo desordena la campaña, sino que reduce su eficacia. Las elecciones seccionales se definen en el barrio, no en Carondelet.
El adelanto de las elecciones seccionales introduce un efecto que ha pasado relativamente desapercibido: las autoridades que no sean reelegidas deberán gobernar seis meses sin poder político real.
Hay un problema de fondo: el tono de la confrontación es vergonzoso. Quienes ocupan —o han ocupado— las más altas magistraturas del Estado deberían encarnar un mínimo de decoro institucional. La democracia también exige formas.
La libertad de prensa no se defiende por nostalgia, sino por necesidad democrática: sin medios capaces de incomodar con rigor, el poder deja de rendir cuentas y la ciudadanía pierde el derecho a distinguir hechos de consignas.
El Mundial no solo modifica la agenda; también altera el estado de ánimo colectivo. Y las emociones influyen en la forma en que las sociedades interpretan la realidad política.
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Cuando desaparece un ministerio, no solo cambia un organigrama; también desaparece una voz en la mesa donde se toman las decisiones. Fusionar ministerios significa alterar la distribución interna del poder.
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No fue el discurso de un gobierno que ejerce el poder desde la estabilidad institucional, sino el de una administración que necesita la polarización para sostener su cohesión interna y seguir ganando elecciones.
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Ese es el verdadero riesgo: no que Noboa sea Correa, sino que sigamos midiendo la democracia ecuatoriana en función del menos autoritario o del menos malo.
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Cuando la defensa de las libertades depende de quien gobierna, el silencio deja de ser una postura y se convierte en una decisión política.
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Lo que comienza como un problema judicial o regulatorio se convierte en una discusión institucional sobre la libertad de expresión y los límites del poder, y pasa de ser un caso particular a una preocupación pública.
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Forzar una polarización en este contexto no solo desordena la campaña, sino que reduce su eficacia. Las elecciones seccionales se definen en el barrio, no en Carondelet.
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El adelanto de las elecciones seccionales introduce un efecto que ha pasado relativamente desapercibido: las autoridades que no sean reelegidas deberán gobernar seis meses sin poder político real.
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Hay un problema de fondo: el tono de la confrontación es vergonzoso. Quienes ocupan —o han ocupado— las más altas magistraturas del Estado deberían encarnar un mínimo de decoro institucional. La democracia también exige formas.
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La libertad de prensa no se defiende por nostalgia, sino por necesidad democrática: sin medios capaces de incomodar con rigor, el poder deja de rendir cuentas y la ciudadanía pierde el derecho a distinguir hechos de consignas.
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