El indiscreto encanto de la política
El silencio de las élites
Catedrático universitario, comunicador y analista político. Máster en Estudios Latinoamericanos por la Universidad de Salamanca.
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La deriva autoritaria del Ecuador no se explica únicamente por la acumulación progresiva de poder desde el Ejecutivo, sino también por un entorno que ha optado, en buena medida, por el silencio. Un silencio que no es neutro, sino funcional.
Se expresa en el debilitamiento de las instituciones y contrapesos, en la alineación de los organismos de control y en un ecosistema mediático cada vez más presionado.
Pero lo relevante no son solo los hechos, sino la reacción.
Durante el gobierno de Rafael Correa, episodios autoritarios tuvieron una respuesta visible e intensa: medios de comunicación, gremios empresariales, colegios profesionales, líderes políticos, colectivos ciudadanos, ONG y grupos económicos articularon una oposición constante. La crítica era organizada y valiente. Había un costo por callar.
Un ejemplo claro fue el caso de Diario El Universo. La persecución judicial contra sus directivos y un articulista activó pronunciamientos amplios. La defensa de la libertad de expresión fue el eje transversal de todos los sectores de oposición.
Hoy, en cambio, frente a episodios de presión sobre Diario Expreso, que no solo afectan la libertad de expresión sino también la de empresa, la reacción ha sido tibia, cuando no inexistente.
No porque los hechos carezcan de relevancia, sino porque el contexto político altera los incentivos. Parte de estas élites - que no necesariamente están alineadas- se encuentran en una posición de relativa comodidad o cautela.
El cálculo económico, el temor al retorno del correísmo, el riesgo de represalias y la falta de alternativas políticas reducen su disposición a confrontar. Es una combinación de conveniencia y prevención.
Este es el punto crítico. Cuando la defensa de las libertades depende de quien gobierna, el silencio deja de ser una postura y se convierte en una decisión política. Una que tiene consecuencias.
El problema no es que estas élites sean cómplices del autoritarismo; no necesitan serlo. Basta con que dejen de ser su obstáculo. Si ese silencio persiste, el poder no se contiene: se acostumbra a no tener límites.