De la Vida Real
Las enfermeras saben
Es periodista y comunicadora. Durante más de 10 años se ha dedicado a ser esposa y mamá a tiempo completo, experiencia de donde toma el material para sus historias. Dirige Ediciones El Nido.
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Por un virus caí internada cuatro días y cinco noches. Tengo un don, aunque muchos lo ven como defecto: hablar con la gente e interesarme por lo que les pasa. Así fue que, noche a noche, las enfermeras se convirtieron en mi mayor soporte emocional.
Entraban a administrarme medicamentos, a tomarme los signos vitales, a salvarme de un ataque de migraña. Y nos quedábamos conversando.
Eran las dos de la mañana. El desvelo se apoderó de mí. Tres chicas terminando su carrera como técnicas en enfermería. Y Fernanda, licenciada, más de doce años en el sector público, la más consolidada del turno.
Me contaban que hacer prácticas en el sector privado es otra cosa. En los hospitales públicos no hay nada. “No se imagina, seño, lo que es trabajar así. No hay ni gasas. Toca mandarles a los parientes a comprar. Y si son de provincia y no tienen a nadie, ahí nosotras nos las tenemos que arreglar. Algunas chicas van llevando sus propios insumos para poder trabajar, porque sino una se desespera. Cuando una sale del sector público al privado se siente aniñada”, decían entre risas.
Pero no es gracioso.
Fernanda tiene 13 años de graduada. Un año lleva en el sector privado. Trabajó en centros de salud y hospitales públicos. Hasta que le despidieron.
“Ese día sentí que mi vida se acabó. Pero el doctor Pablito me dijo: sécate esas lágrimas y mete carpeta en lo privado, que con tanta experiencia que tienes vas a hacer jefa de enfermería”.
Y así fue. No es jefa de enfermería, pero gana un poquito más que sus compañeras. Y sobre todo, me dijo, aquí me respetan. Lo dijo mientras rompía en llanto.
“Al doctor Pablito también le despidieron. Era el tipo de médico que ponía plata de su bolsillo para los pacientes cuando les daban de alta. Les compraba suero, gasas y pastillas. Porque en el sector público eso es lo que toca: comparar hasta curitas con plata de uno”.
“En el sector público la muerte se normaliza. Las heridas graves se curan con alcohol y agua oxigenada. Se toman decisiones de vida o muerte con lo que hay, que casi siempre es nada”, me contaba Fernanda mientras se limpiaba las lágrimas.
La gente que llega a los hospitales privados casi siempre tiene seguro. La administración sabe eso. Los recursos están donde está el dinero. Así funciona el sistema de salud en Ecuador: dos países dentro de uno. Uno donde se improvisa para sobrevivir. Otro donde hay insumos ilimitados para los pacientes.
Lo cruel no solo es la falta de insumos. Lo cruel es que el Estado lo sabe. Lleva décadas sabiéndolo y eligiendo no resolver el problema a fondo. Eso no es negligencia. Eso es una decisión.
Los hospitales públicos no colapsan por accidente: colapsan porque no son prioridad. Los médicos y enfermeras que los sostienen lo hacen por vocación, con su plata y con turnos imposibles. Y cuando se cansan o los despiden, el sistema privado los recibe porque sabe exactamente lo que valen.
Y esto es Quito. No puedo ni imaginar lo que pasa en los hospitales públicos de provincia, donde el abandono llega antes que los insumos. Despedir médicos y enfermeras en medio de una crisis de salud es una decisión que no tiene ninguna lógica. Ninguna.
Nadie debería llegar a un hospital público con miedo de que no haya con qué curarse. Nadie debería tener que mandar a un familiar a la farmacia desde una camilla. Y ninguna enfermera, ninguna auxiliar, ninguna licenciada debería llegar a su turno cargando en su bolso lo que el Estado no puso. Ellas estudiaron para sanar, no para financiar un sistema que las abandonó. El Estado les debe más que un sueldo: les debe condiciones dignas para hacer su trabajo. Porque cuando ellas fallan, no es por falta de vocación. Es porque el país les dejó solas, y nadie se responsabiliza por eso.
Fernanda tiene dos hijos. Uno de diez años. La mayor acaba de cumplir quince. “Por ellos me he sacrificado la vida entera”, me dijo. Pero es duro.
Cinco noches haciéndome amiga de las enfermeras de turno. Ellas saben lo importantes que son. Saben que en la cadena hospitalaria son claves. Son las que te salvan de la migraña a las dos de la mañana. Son las que resuelven. Son las que lloran y siguen.
Y son las únicas que te ayudan en todo.
Dicen que es un defecto. Yo lo llamo don. Porque ese don es el que me pone frente a voces que de otra forma nunca escucharía. Los días en el hospital fueron duros. Pero aprendí algo que no sabía a fondo. Y eso, para mí, vale todo.