Es periodista y comunicadora. Durante más de 10 años se ha dedicado a ser esposa y mamá a tiempo completo, experiencia de donde toma el material para sus historias. Dirige Ediciones El Nido.
En las conversaciones que he oído en la familia de mi mamá, hay la teoría de que una casa no necesita más adornos que plantas, que el mejor centro de mesa es una linda maceta.
Cada vez que voy a ese lugar, aprendo de él y de su cultura. Y cuando regreso a Quito me traigo todos los pedacitos posibles que me deja haberlo visitado por una semana.
La Pola era la que dominaba el fuego, el viento, y hacía la mejor cocada que jamás he probado. Tendría unos ocho años cuando la conocí, y ella me decía: mi niña, cuando sea grande nunca se olvide de mí.
Hay personas con tanta plata que hasta las cosas más simples se vuelven un problema de opciones interminables. ¿En cuál auto se va a hacer las compras del súper alguien que tiene más de ocho, diez, veinte autos de colección?
Aprender a soltar a los hijos es una carrera en que voy avanzando muy despacio, quedándome en supletorios y repitiendo algunas materias. Tratar de que no sufran es una meta que uno persigue sabiendo que nunca la va a alcanzar del todo.
Venezuela, ahora más que nunca, nos necesita. Ellos nos necesitan para volver a comenzar: con ropa cómoda, comida enlatada y agua. Nos necesitan para poder levantarse una vez más.
Es la única ocasión en la que un país entero —repartido entre estadios, zonas vip, salas de casa, restaurantes o a miles de kilómetros de distancia— respira con el mismo miedo y celebra con el mismo grito.
Lo lindo es eso: que mis hijos nunca se olvidarán del día que hice dulce de guayaba. Mi amiga Jackie me regaló una funda de guayabas y sin querer nos regaló una tarde entera de recuerdos.
Se le ve cruzar, tambaleante, mientras la gente pasa y pasa sin detenerse. ¿Estaría escopolaminada? ¿Nos hemos vuelto tan insensibles ante alguien vulnerable que nos da miedo ayudar, o simplemente ya no sabemos reconocer cuando alguien necesita ayuda de verdad?
La obsesión de mi familia por el equipo de Sangolquí se ha desbordado. Mi familia hizo día solemne por la final de la Champions League, porque dos ecuatorianos que salieron del Independiente del Valle se enfrentaban en la cancha.
En las conversaciones que he oído en la familia de mi mamá, hay la teoría de que una casa no necesita más adornos que plantas, que el mejor centro de mesa es una linda maceta.
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Cada vez que voy a ese lugar, aprendo de él y de su cultura. Y cuando regreso a Quito me traigo todos los pedacitos posibles que me deja haberlo visitado por una semana.
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