Es periodista y comunicadora. Durante más de 10 años se ha dedicado a ser esposa y mamá a tiempo completo, experiencia de donde toma el material para sus historias. Dirige Ediciones El Nido.
Es la única ocasión en la que un país entero —repartido entre estadios, zonas vip, salas de casa, restaurantes o a miles de kilómetros de distancia— respira con el mismo miedo y celebra con el mismo grito.
Lo lindo es eso: que mis hijos nunca se olvidarán del día que hice dulce de guayaba. Mi amiga Jackie me regaló una funda de guayabas y sin querer nos regaló una tarde entera de recuerdos.
Se le ve cruzar, tambaleante, mientras la gente pasa y pasa sin detenerse. ¿Estaría escopolaminada? ¿Nos hemos vuelto tan insensibles ante alguien vulnerable que nos da miedo ayudar, o simplemente ya no sabemos reconocer cuando alguien necesita ayuda de verdad?
La obsesión de mi familia por el equipo de Sangolquí se ha desbordado. Mi familia hizo día solemne por la final de la Champions League, porque dos ecuatorianos que salieron del Independiente del Valle se enfrentaban en la cancha.
Abrí el sobre. El último era Messi. Nadie me creyó. Era el cromo de Messi y mi familia enloqueció. No entendía si debía emocionarme, avergonzarme o simplemente levantar el cromo como trofeo.
Ellos nos llevan a los ríos y en menos de una hora tienen el almuerzo listo: fruta picada, verde asado, yuca y carne. Nosotros, cuando vamos a un parque en Quito, llevamos papas fritas, cachitos y sándwiches.
Los hospitales públicos no colapsan por accidente: colapsan porque no son prioridad. Los médicos y enfermeras que los sostienen lo hacen por vocación, con su plata y con turnos imposibles.
Era el mejor celular que he tenido. Sí, se sobrecalentaba. La batería no duraba mucho. Si el sol le daba directo, dejaba de funcionar. A veces se colgaba. Pero era fiel, y eso vale más que cualquier defecto.
Es la única ocasión en la que un país entero —repartido entre estadios, zonas vip, salas de casa, restaurantes o a miles de kilómetros de distancia— respira con el mismo miedo y celebra con el mismo grito.
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Lo lindo es eso: que mis hijos nunca se olvidarán del día que hice dulce de guayaba. Mi amiga Jackie me regaló una funda de guayabas y sin querer nos regaló una tarde entera de recuerdos.
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Se le ve cruzar, tambaleante, mientras la gente pasa y pasa sin detenerse. ¿Estaría escopolaminada? ¿Nos hemos vuelto tan insensibles ante alguien vulnerable que nos da miedo ayudar, o simplemente ya no sabemos reconocer cuando alguien necesita ayuda de verdad?
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La obsesión de mi familia por el equipo de Sangolquí se ha desbordado. Mi familia hizo día solemne por la final de la Champions League, porque dos ecuatorianos que salieron del Independiente del Valle se enfrentaban en la cancha.
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Reconocer el valor de la partería no debería entenderse como una amenaza, sino como una posibilidad de convivencia entre distintos saberes.
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Esto del toque de queda es una carrera entre el gato y el ratón, porque no hay conciencia alguna. Solo es el miedo al castigo el que rige.
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Abrí el sobre. El último era Messi. Nadie me creyó. Era el cromo de Messi y mi familia enloqueció. No entendía si debía emocionarme, avergonzarme o simplemente levantar el cromo como trofeo.
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Ellos nos llevan a los ríos y en menos de una hora tienen el almuerzo listo: fruta picada, verde asado, yuca y carne. Nosotros, cuando vamos a un parque en Quito, llevamos papas fritas, cachitos y sándwiches.
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Los hospitales públicos no colapsan por accidente: colapsan porque no son prioridad. Los médicos y enfermeras que los sostienen lo hacen por vocación, con su plata y con turnos imposibles.
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Era el mejor celular que he tenido. Sí, se sobrecalentaba. La batería no duraba mucho. Si el sol le daba directo, dejaba de funcionar. A veces se colgaba. Pero era fiel, y eso vale más que cualquier defecto.
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