De la Vida Real
Dos formas de vivir
Es periodista y comunicadora. Durante más de 10 años se ha dedicado a ser esposa y mamá a tiempo completo, experiencia de donde toma el material para sus historias. Dirige Ediciones El Nido.
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Siempre digo que tener un hermano que viva en provincia es lo más lindo que me ha podido pasar en la vida. Y mientras más pasan los años, más se acentúan las diferencias entre los dos.
Mi ñaño con su familia vive por La Concordia; nunca sé el kilómetro exacto de su casa, pero conozco la vía de memoria. Sé cuándo doblar a la izquierda, sé cuándo el aire cambia, sé cuándo empieza a oler húmedo y a verde. Y en ese momento me relajo.
Cuando ellos vienen a Quito nos traen una cabeza de plátano verde, otra de maduro, yuca, piña y papayas. Nos traen lo que la tierra les da y un poquito más, porque siempre vienen con algún dulce para mis guaguas: melcochas, dulce de guayaba, mermelada. Cosas que paran a comprar en el camino, como si el viaje fuera una excusa para llenarnos de regalos.
Nosotros, cuando vamos a su casa, no sabemos qué llevar. Hacemos compras en el súper para un mes, aunque ellos tienen los mismos supermercados y les quedan a poca distancia. Pasamos por la panadería de abajo y me da vergüenza llevar el pan más fino, porque no existe pan más delicioso que el de Valle Hermoso. Llegamos con las manos llenas de cosas que ellos no necesitan, sintiéndonos turistas en la casa de nuestra propia familia.
Y es que siempre que vamos me siento en desventaja. Mi cuñada Cris no es como yo: ella sí que tiene mano para la cocina. Es una capa. Cocina desde seco de gallina hasta recetas francesas, todo le sale delicioso y los postres son de otro nivel. Se compró una cocina con dos hornos. Dos. Yo a veces ni el uno que tengo uso bien.
La casa de mi ñaño y la Cris es una obra de arte. Ella es amante de las plantas y de la artesanía cuencana. Tienen unas ventanas gigantes que se conectan con el jardín, y mientras lavas los platos ves pájaros de colores ahí, cerquita, comiendo la fruta que mi cuñada les deja cada mañana: guineo, como llaman ellos al plátano de seda. He visto en esa ventana más variedades de pájaros que en cualquier documental. Lavar platos se convierte en una experiencia. En mi casa lavar platos es solo lavar platos.
Los paseos tampoco tienen comparación. Ellos nos llevan a los ríos y en menos de una hora tienen el almuerzo listo: fruta picada, verde asado, yuca y carne. Todo fresco, todo hecho ahí. Nosotros, cuando vamos a un parque en Quito, llevamos papas fritas, cachitos y sándwiches envueltos en papel. La misma familia, dos mundos completamente distintos.
Y las diferencias no paran. Mi ñaño corta el bambú según la luna para que no se apolille, y me lo explica con una seriedad total, como si yo fuera a entender. Mi cuñada mató a todas sus gallinas para que no haya culebras en el jardín. Por esa historia no quiero volver. Pero igual vuelvo siempre.
Cuando nos traen la cabeza de verde no la dejan en el piso como yo les pido: buscan una soga —un cabo, dicen ellos— y la cuelgan a la entrada de mi casa. De repente mi casa de Quito parece una casa de la costa. Y nosotros somos felices, porque comemos verde dos semanas seguidas y luego maduro dos semanas más, hasta que vuelven.
Mi cuñada, en todo esto, siempre está regia. Bien vestida, con rímel, sin importar si va a la ciudad o a la vuelta de la esquina. Yo cuando llego a su casa ni rímel llevo. Siento que puedo descansar del maquillaje, del peinado, de todo lo formal. Pero me arrepiento cada vez que me encuentro con sus amigas: todas regias, perfectas, y yo en chanclas, sudada, muerta del calor y en pésimas fachas.
Ellos son citadinos y campesinos a la vez, y lo son con una elegancia que yo no tengo. Tienen lo mejor de los dos mundos: la calma del campo, la belleza de una casa pensada con amor, el río a diez minutos, los pájaros en la ventana, la comida que sale de la tierra. Y encima saben vivir.
Mi vida, y la de mis hijos, no sería igual sin ellos. La de mis papás tampoco. Para ellos, visitar a mi ñaño y a la Cris es el plan del mes. Para mí, es el recordatorio de que hay una forma de vivir más tranquila, más conectada y mucho más real.
Y cada vez que vuelvo a Quito pienso en esa paz que tienen, en esa vida construida con las manos y con calma. En que somos la misma familia, pero elegimos caminos distintos. Y que ese camino, hay que reconocerlo, les quedó perfecto.