La grazia, o la posibilidad de los dilemas
Escritor, abogado, profesor universitario y aficionado a las montañas.
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Nada como esta época para hablar de una crisis planetaria de liderazgos políticos, bajo las características de la mitomanía, la megalomanía o la barbarie. Para abordarla, Paolo Sorrentino ha preferido el contraste. Es su forma de desnudar las sombras: usa la luz, es decir, lanza una película como barco contracorriente o rebelión imaginativa. Ante la inminencia de la distopía, abraza la utopía. Ha concebido un estadista que persigue el ideal de la justicia, un presidente de la República que se sabe falible y un ser humano que se entiende mortal. Alguien que, más allá del mando, evoca nostalgias del pasado y sueña.
La Grazia (2025) pudo ser una película sobre el poder, pero como todo en Sorrentino, decantó en una película sobre la belleza (en este caso, de la duda). Mariano De Santis (Toni Servillo, ni más ni menos) es un ficticio presidente de Italia que transita su semestre bianco (los últimos seis meses de su periodo). Recorre las cúspides del Palacio del Quirinal, antigua residencia de pontífices y monarcas, para contemplar el cielo de Roma y meditar. Quizá recordar al gran amor que tuvo en su vida y las zonas grises de su ausencia. Servillo lo hace otra vez y ya podemos afirmar que, con su sofisticado sentido de la ironía, se ha vuelto indispensable en el universo fílmico sorrentiniano.
En tiempos en que deseamos, con ingenuidad, que la inteligencia artificial nos dé todas las respuestas, Sorrentino nos presenta a un presidente preso de dilemas profundos ante las últimas decisiones de su mandato: firmar o no la Ley de la Eutanasia y decidir sobre dos indultos –due grazie del Signore Presidente; y por eso el nombre de la película– cuyos posibles beneficiarios son un hombre y una mujer que fueron responsables del asesinato de sus respectivas parejas. Su hija Dorotea (Anna Ferzetti, maravillosa actriz) le acusa de no tener el valor para tomar estas resoluciones y lo deja solo, o en la soledad del poder, que es peor.
Pero De Santis, más que un político, es un jurista (dicen los rumores que el personaje se basa en el respetado estadista Sergio Mattarella). Ha sido profesor y autor de tratados de derecho penal y logró una gran carrera como juez. También es un católico practicante y, como no podía ser de otra manera en una película de Sorrentino, es amigo del Santo Padre, quien no le oculta su directriz porque no es un párroco de pueblo sino el Sumo Pontífice de Roma. De Santis es un personaje fascinante para una época como esta: es quien sabe que, más allá de sus propias convicciones, el presidente de la República tiene un rol superior y representa una institucionalidad muy por encima de su fe o su proyecto personal. No es un fanático ni un débil obsesionado consigo mismo. Es un ser humano capaz de los dilemas y de una mirada estoica.
Esta obra, maestra como todas las de este genio del cine, también es pertinente para la enseñanza del Derecho. Por supuesto que la inteligencia artificial podrá hacer mejor el trabajo que miles de tinterillos a lo largo del mundo, precisamente porque puede encontrar las normas con mayor rapidez y sistematizar la jurisprudencia y la doctrina de manera esquemática. Pero jamás podrá reemplazar a un jurista como Mariano De Santis, ficticio presidente de la República Italiana, un sujeto apto para afrontar dilemas éticos y jurídicos, dudas razonables sobre los hechos y la debida aplicación de la justicia, en definitiva, una sensibilidad y un sentido del deber que son atributos desesperadamente humanos.
Y es que Sorrentino no detiene su proyecto de indagar en las profundidades del alma humana. En esta película deja, con elegancia, su Nápoles de la infancia para volver al centro del mundo, en donde alguna vez se alzó con La Gran Belleza. Y allí, en la urbe del Vicario de Cristo y de los antiguos emperadores, la recreada por la mirada de Fellini, Scola o Pier Paolo Pasolini, nos recuerda que frente a los hechos constitutivos de nuestras vidas no tenemos certezas. Más bien somos una estirpe que elige creer. Voluntariamente elegimos amar, salvar, morir o dudar. Y quizá nunca sabremos la verdad. Quizá la verdad no existe o, por lo menos, no es tan importante. Siempre son más importantes las preguntas que las respuestas. Esta película podría resumirse en una: ¿A quién pertenecen nuestros días?