Imagino que si una buena parte de la población ecuatoriana tuviese la entereza y el civismo de Osvaldo Hurtado, quizá otra sería la realidad del Ecuador, podría ser un país más humano, civilizado y justo.
Sentí que los paisajes de Colombia, que aún no conocía, serían de algún modo un destino, porque algo iba a pasar en el futuro que me iba a permitir llegar a Cartagena de Indias.
Lux, el disco y la gira de conciertos de Rosalía, contiene ceremonias que, por medio del sonido, voz y movimiento, nos ayudan a reorganizar el caos al celebrar lo esencial.
Somos un país poco habituado a la interpelación. Una tierra del olvido, que desconoce su pasado y que carece de pactos robustos para construir el futuro. Un enclave conventual lleno de supersticiones políticas.
Pienso, una vez más, en el cabezazo de Kaviedes y todo lo que ha cambiado. Todo lo que sigue teniendo poderosamente sentido. Quiero volver a escuchar a las multitudes gritando: “¡Vamos, ecuatorianos, que esta tarde tenemos que ganar!”.
La voz de Adoum narraba, en mi juventud, fundamentalmente un país casi siempre amargo y rara vez luminoso, que aparecía en casi todas sus páginas y que aún, pese a todos mis esfuerzos, me resulta difícil comprender del todo: Ecuador.
A veces la altura no sirve para ver el mundo, sino para saber que has llegado al lugar al que te has propuesto, a pesar de la niebla. Las montañas dicen cosas. Son lecciones. A veces recordatorios.
En realidad, las abuelas y los abuelos educan más de lo que ellos creen y suele suceder que nosotros nos tardamos muchos años en cobrar consciencia de la dimensión, inmensa, de ese aporte constitutivo.
La historia suele ser un territorio de disputa, más aún en tiempos de polarización y fanatismo. La conquista de lo que hoy es América Latina es muchísimo más compleja e interesante que la versión maniquea de Ayuso.
Imagino que si una buena parte de la población ecuatoriana tuviese la entereza y el civismo de Osvaldo Hurtado, quizá otra sería la realidad del Ecuador, podría ser un país más humano, civilizado y justo.
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Sentí que los paisajes de Colombia, que aún no conocía, serían de algún modo un destino, porque algo iba a pasar en el futuro que me iba a permitir llegar a Cartagena de Indias.
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Lux, el disco y la gira de conciertos de Rosalía, contiene ceremonias que, por medio del sonido, voz y movimiento, nos ayudan a reorganizar el caos al celebrar lo esencial.
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Somos un país poco habituado a la interpelación. Una tierra del olvido, que desconoce su pasado y que carece de pactos robustos para construir el futuro. Un enclave conventual lleno de supersticiones políticas.
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Pienso, una vez más, en el cabezazo de Kaviedes y todo lo que ha cambiado. Todo lo que sigue teniendo poderosamente sentido. Quiero volver a escuchar a las multitudes gritando: “¡Vamos, ecuatorianos, que esta tarde tenemos que ganar!”.
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La voz de Adoum narraba, en mi juventud, fundamentalmente un país casi siempre amargo y rara vez luminoso, que aparecía en casi todas sus páginas y que aún, pese a todos mis esfuerzos, me resulta difícil comprender del todo: Ecuador.
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A veces la altura no sirve para ver el mundo, sino para saber que has llegado al lugar al que te has propuesto, a pesar de la niebla. Las montañas dicen cosas. Son lecciones. A veces recordatorios.
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En realidad, las abuelas y los abuelos educan más de lo que ellos creen y suele suceder que nosotros nos tardamos muchos años en cobrar consciencia de la dimensión, inmensa, de ese aporte constitutivo.
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Aún hay quienes creen que el problema del país es el texto constitucional y no el comportamiento de la clase política y de la misma sociedad.
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La historia suele ser un territorio de disputa, más aún en tiempos de polarización y fanatismo. La conquista de lo que hoy es América Latina es muchísimo más compleja e interesante que la versión maniquea de Ayuso.
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