El demócrata Osvaldo Hurtado Larrea
Escritor, abogado, profesor universitario y aficionado a las montañas.
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En dos ocasiones tuve el privilegio de entrevistarlo. Recuerdo, de la primera vez, que se emocionó o ensombreció cuando le pregunté qué siente al haber dedicado tantos años y esfuerzos a la creación de un partido, ciertamente serio y democrático, que dejó de existir. Con el paso del tiempo descubrí que esa no es una tragedia personal para Osvaldo Hurtado, sino para el país. El Ecuador perdió su sistema de partidos políticos, como base y escudo de su democracia. No hablo de esas agencias de marketing electoral y caudillista, que se alquilan y se venden, sino de partidos de verdad, ideológicos, con un programa de gobierno meticulosamente pensado, estructura nacional, escuelas de formación para la militancia, cuadros orgánicos, procesos democráticos internos y primarias para elegir a los candidatos. Es muy difícil aspirar a una democracia sin esa estructura esencial.
Siempre he pensado que nuestro proceso de transición de la dictadura a la democracia fue un esfuerzo valioso, que tuvo el potencial de llegar a ser algo grande. Al igual que los Pactos de la Moncloa, en España, o la Concertación de Partidos por la Democracia, en Chile, gran parte de las fuerzas políticas del Ecuador consensuaron construir, y quiero pensar que cuidar, un sistema democrático. Osvaldo Hurtado fue una de las mentes brillantes que articularon ese proceso, pues participó de una de las tres comisiones que se crearon para lograr la transición, específicamente la que debía diseñar el sistema de partidos, pluralista y con cabida para todas las tendencias. En 1979 fue elegido como el primer vicepresidente de la República y tuvo que asumir el mando ante la trágica muerte del presidente que inauguró la democracia, Jaime Roldós Aguilera. Su administración, como no puede ser de otra manera, tuvo decisiones difíciles y errores, pero fue un gobierno democrático.
Al salir del poder se dedicó, de lleno, a defender esa democracia de la que fue uno de sus padres. Para cumplir con ese propósito, en varias ocasiones, se enfrentó con caudillos autoritarios, como León Febres Cordero, y contra la misma decadencia de la clase política. Se dice que así ha cumplido con su responsabilidad como expresidente. A mí me parece, más bien, que ha cumplido en primer lugar con su rol de ciudadano y, luego, con el de intelectual. Su vida, como político, se caracterizó por algo inédito: se puso a pensar. En 1977 publicó ‘El poder político en el Ecuador’, obra en la que buscó reconstruir la persistencia de las estructura sociales y económicas coloniales a lo largo de la historia, para comprender al Ecuador contemporáneo. En 2007 apareció una de sus contribuciones más valientes y duras, ‘Las costumbres de los ecuatorianos’, libro en el que describe, como un problema central para lograr la construcción del proyecto de país, el comportamiento y los patrones culturales de una sociedad que odia las reglas y que suele ser reacia a la preservación de valores e instituciones democráticas.
‘Dictaduras del siglo XXI’, de 2012 y ampliado al contexto regional en 2021, es una aproximación anticipada a la configuración contemporánea del poder y el quehacer político: reflexiona que, así como el concepto de democracia se ha transformado a lo largo de la historia, también el de dictadura, que hoy, como nunca en el mundo, se reviste de apariencias supuestamente democráticas para concentrar el poder, instalar discursos únicos y polarizadores, perseguir a enemigos y críticos, así como destruir las instituciones del Estado de Derecho. El germen de esta obra surgió en los años en que Hurtado enfrentó otro de tantos procesos autoritarios, uno que duró una década y en el que, para defenderse de la contundencia de sus críticas, recurrieron a los insultos y a las burlas sobre su edad. No han sido extrañas, a lo largo del tiempo, esas costumbres, que finalmente confirman comportamientos parecidos.
En 2017 presentó ‘Ecuador entre dos siglos’, un balance político, económico, social y de las ideas que han acompañado al país desde el final del siglo pasado hacia las dos primeras décadas del XXI. En esta obra relata, como testigo de primera mano, el proceso que le permitió al Ecuador volver a la democracia y, desgraciadamente, también la lenta y dolorosa decadencia del mismo. Pero también describe los cambios importantes y los desafíos. Hurtado ha intentado con sus obras brindarle al país los elementos necesarios para dimensionar su realidad y, con esa base, construir la democracia y un futuro basado en el progreso económico, no como promesa de campaña, sino como plan a largo plazo basado en la confianza. En varios sentidos ha sido arar en el mar, porque el deterioro de la democracia solo se ha agudizado con el tiempo. Pero él jamás se ha cansado de luchar por la civilización y combatir la barbarie.
Hurtado ha dedicado su vida a la democracia ecuatoriana, es decir, a nadar contracorriente, en medio de una clase política disoluta, pero siempre, incluso en los momentos de mayor miedo y peligro, ha enfrentado al poder para proteger lo mucho o poco de democracia que queda. Imagino que si una buena parte de la población ecuatoriana tuviese la entereza y el civismo de Osvaldo Hurtado, quizá otra sería la realidad del Ecuador, podría ser un país más humano, civilizado y justo. Con su ejemplo nos recuerda que luchar por este país tiene sentido, incluso cuando parece que ya no se puede más. Y siempre se puede más. Ahí está él, a sus 87 años, con su ejemplo de valentía y compromiso, más que cualquier joven que no se juega por nada, diciéndonos que no hay que tener miedo, nunca, bajo ningún concepto. Él no abre la boca para contentar a ningún jefe de coyuntura, él habla para la historia. Y así fueron varios de los políticos que lucharon contra las dictaduras, que fueron perseguidos, encarcelados o exiliados, pero que fundaron la democracia ecuatoriana. Así fueron Jaime Roldós Aguilera y Abdón Calderón Muñoz. Porque la historia la hacen y la padecen las personas concretas. Y así es Osvaldo Hurtado Larrea.