Columnista Invitada
En Ecuador, el sistema de partidos no da más
Dra. en Jurisprudencia, Decana de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales de la UDLA, Directora Ejecutiva Participación Ciudadana. Con más de 20 años trabajando temas de democracia, procesos electorales, Transparencia y Diálogo Político.
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Los procesos de primarias concluyeron; las precandidaturas están presentadas, y se vuelve a reeditar el fenómeno de siempre: una considerable cantidad de precandidatos, varios de ellos que se postularán a sabiendas de que no tienen ninguna posibilidad de ganar.
Esa es la realidad de unas elecciones seccionales que tendrá como denominador común a la fragmentación y la dispersión. En esta ocasión, competirán movimientos locales probablemente sin estructura, y aunque es posible que vayan en alianzas, dada su debilidad responderán a coyunturas efímeras que una vez terminado los comicios se desvanecerán rápidamente.
Esto responde a varias razones. Estas elecciones han ratificado que el sistema de partidos ecuatoriano está agotado; y siendo así, vale preguntarse: ¿Cuánto tiempo más podrá sostenerse la normativa actual sin una reforma profunda? Los recientes procesos de democracia interna, por ejemplo, demostraron que, lo que debería ser un mecanismo y oportunidad de fortalecimiento de la participación de los militantes, además de un ejercicio de democratización de la selección de candidatos, en la práctica, es un evento organizado para oficializar candidaturas decididas previamente en una mesa chica presidida generalmente por el dueño del partido. Al no existir reglas rigurosas al respecto, la democracia interna es cualquier cosa. La mayoría de los candidatos nacen sin representar la cohesión del partido, o fortaleciendo liderazgos colectivos. Surgen anulando la posibilidad de construir candidaturas consensuadas.
Además, las reglas electorales vigentes facilitan la dispersión, al promover la creación de partidos y movimientos sin control. Eso ha hecho que surjan muchos candidatos pero con poca representación. Es un hecho que en noviembre se verán tantos candidatos que la ciudadanía no alcanzará a identificarlos a todos; será difícil informarse sobre sus propuestas y planes de trabajo, y ejercer un voto con responsabilidad.
Adicionalmente habrá otro problema: la gestión de quien gana las elecciones será difícil. Cuando los candidatos ganan las elecciones sin respaldo de estructuras políticas formales que les aporte contención ideológica; que logran llegar al poder con porcentajes muy bajos de votación, serán autoridades que experimentarán problemas serios de gobernabilidad y no contarán con el respaldo ciudadano suficiente que legitime su gestión.
Esta es la situación actual del sistema de partidos que rige el proceso electoral.
Ante esta realidad, vale preguntarse si es posible cambiar esta situación. La respuesta es positiva, pero requiere de un esfuerzo colectivo que plantee mejorar el ejercicio del derecho de participación política, con reglas claras pero rigurosas. Esto podría abrir una trocha hacia el mejoramiento de la democracia; porque mejorando los partidos políticos, se podría devolver a la ciudadanía, opciones de estructuras políticas formales desde donde se piense al país a partir de la formulación de planes pensados colectivamente, con pluralismo, inclusión y transparencia.
Por eso, la idea de eliminar partidos como respuesta a la crisis actual es errónea. Una idea así sólo promueve la cancelación del debate ideológico, donde la ausencia de partidos consolidados terminaría debilitando la gobernabilidad. Se generaría un sistema democrático frágil, con una volatilidad electoral alta y sobre todo con una tendencia a estimular liderazgos mesiánicos o autoritarios. Entonces, el desafío no es prescindir de los partidos políticos, sino darles la oportunidad de re inventarse sobre nuevas reglas rigurosas con controles eficaces.
Para lograr este propósito, hay que pensar en un nuevo sistema de partidos que sustituya al actual. Uno que rebaje de un solo porrazo el catastro actual de organizaciones políticas y que mantenga únicamente aquellas que cumplan con nuevas reglas rigurosas que no tienen que ser muy complejas, pero sí concebidas con sentido de severidad, transparencia y visión democrática.
Fortalecer el sistema de partidos pasa por crear las condiciones para el nacimiento de tiendas políticas distintas. Generar reglas que reduzcan la fragmentación política con requisitos exigentes de afiliación y permanencia; fortalecer la formación ideológica y programática de los militantes; y, sobre todo, mejorar los mecanismos de control del financiamiento de campañas.
En Ecuador, el sistema de partidos no da más. Y bajo la tiranía de esas reglas defectuosas, los ciudadanos elegirán a sus autoridades locales entre candidatos que representan —varios de ellos— a partidos taxis o de papel, y esto ya no puede seguir así. Es hora de cambiar esa cruel realidad.