El Chef de la Política
Nuestros candidatos: entre la mediocridad y la estética
Politólogo, profesor de la Universidad San Francisco de Quito, analista político y Director de "Pescadito Editoriales"
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Nuevamente nos autoengañamos como país asumiendo la existencia de procesos de democracia interna para seleccionar candidatos a las próximas elecciones seccionales. Es un autoengaño pues, como todos sabemos, para que esos mecanismos surtan algún efecto se requiere previamente la existencia de organizaciones políticas. Dicho de otro modo, si no hay partidos medianamente consolidados, la democracia interna no tiene ningún sentido. Por eso, las proclamas y discursos de días pasados no pasan de ser una forma de cumplir con una solemnidad contemplada en el Código de la Democracia, ese libro lleno de declaraciones que reflejan un país que no es el nuestro.
Acá no se trata del dilema de si es primero el huevo o la gallina. En este caso claramente el punto de partida está en la generación de un sistema de partidos y luego, siempre después de aquello, la estructuración de diversos mecanismos internos de evaluación de posibles candidatos. Ese sistema de partidos puede tener dos niveles, uno nacional y otro provincial, entendiendo que las demandas desde lo local pueden ser, y en ocasiones constitucionalmente lo son, diversas. Cuatro o cinco partidos para terciar por los cargos nacionales y un conjunto limitado de organizaciones políticas que compitan dentro de las provincias, no a nivel cantonal y mucho menos parroquial, para cargos seccionales, es una propuesta que podría discutirse.
Adicionalmente, requisitos mínimos como la afiliación previa a la organización política —de al menos dos o tres años— para poder ser candidato ayudarían a que la generación de liderazgos políticos vaya en aumento. Ahora mismo, cualquier hijo de vecina con una chequera grande o vínculos con el crimen organizado, paga por la inscripción y la campaña electoral, con lo que lo poquísimo que queda de organización partidista tiende a desaparecer. De su lado, las agrupaciones políticas, en su afán de mantenerse vigentes, tienen que ceder ante este tipo de tentaciones. Ese maridaje es bien conocido por todos, especialmente por los políticos.
En otros casos, cuando no hay clientes a quienes vender las candidaturas, surge la estética electoral, entendida como la selección de candidatos en función de que sean caras bonitas o ciudadanos conocidos entre la población, sin importar los motivos por los que estos personajes se han tornado famosos. Este fenómeno se da independientemente de la organización electoral o de su tendencia ideológica, cuando algo de eso hay. Así se comportan todos, o casi todos, porque hay que reconocer que quien no ha caído en este mal solamente por excepción es Unidad Popular, antes MPD, la única organización política del país con base ideológica y de militancia. Quizás por esa misma razón no les suele ir muy bien en los procesos electorales.
Las reformas mencionadas no van a eliminar lo que ahora tenemos por política y por políticos, desde luego, pero al menos van a reducir el bochorno que ahora mismo volvemos a presenciar. Aunque suene reiterativo, es necesario insistir en que no solo que nos autoengañamos con la idea de procesos de democracia interna, sino que también lo hacemos asumiendo una falsa esperanza de que los que vendrán serán mejores. Todo lo contrario, cada elección los resultados serán peores y eso irá en aumento hasta que no se tome conciencia que es necesario un cambio. Desafortunadamente, la posibilidad de reformar el sistema de partidos ahora mismo es una entelequia, una mera ilusión, pues los políticos están muy contentos con la forma en la que la vida electoral está organizada. Acá, digamos las cosas como son, toda la estructura institucional está diseñada para que los más mediocres y corruptos hagan vida política. Nada nuevo, por tanto, se espera de las próximas seccionales. Organizaciones que venden los espacios al mejor postor, otras que ofertan todo el paquete, espacios y membrete, y otras que acuden a buscar de entre los escombros a quien desee candidatizarse. Eso somos como política en el país. Dada nuestra realidad, bien haríamos en poner un halo de sinceridad en nuestra legislación y eliminar, al menos provisionalmente, todo este sainete de democracia interna que ahora no hace más que constituir una forma elegante de seguir en el autoengaño. Tanto es así, la perpetuación de la mediocridad y la estética en nuestra vida política, que lo dicho en esta columna hace casi dos años no tiene ningún cambio de fondo respecto al proceso electoral que se avecina.