Ceder a la nostalgia del fútbol
Escritor, abogado, profesor universitario y aficionado a las montañas.
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En tiempos como estos es imposible no pensar en aquella escena de ‘Cinema Paradiso’ en la que el joven Salvatore debe despedirse de su maestro, Alfredo, quien le dice: “No mires atrás. No escribas. No cedas a la nostalgia”. Tras la eliminación de la selección del Ecuador, en el partido contra México, son tantas las sensaciones e ideas. En mi caso, he cedido a la nostalgia y, una vez más, he recordado el largo proceso que nos ha llevado a estas emociones. Gracias a un pase de Alex Aguinaga, el Ecuador estalló de algarabía la tarde del 7 de noviembre de 2001, pues el cabezazo de Jaime Iván Kaviedes nos abrió la puerta a nuestro primer mundial. Cinco han pasado desde entonces y en este último, tras veinte años, volvimos a superar la fase de grupos.
En casi todos los partidos que jugó la selección hubo quienes cedieron a la nostalgia: ¿Quién no extrañó la precisión del Tin Delgado? ¿La capacidad de Jaime Iván Kaviedes de lograr milagros? Recordamos esas emociones arrolladoras en el triunfo contra Alemania. Aquellos triunfos que a lo largo de la historia nos han llenado de felicidad. Yo he recordado, por ejemplo, la emoción que de niño sentía al ver a mi abuelo celebrar los goles de la selección. También he recordado su voz, cantando: “¡Vamos, ecuatorianos, que esta tarde tenemos que ganar!” Escuchar ese cántico, estas semanas, desde las transmisiones que mostraban a la hinchada ecuatoriana en Estados Unidos hasta en los encuentros en Quito para ver los partidos, ha sido como volver a escucharlo. Recuperar esa emoción primigenia y configuradora del mundo.
En aquellos años me impresionó el jogo bonito de la única estrella de la historia del fútbol global que he visto en persona: Ronaldinho Gaúcho. Fue en el estadio Olímpico Atahualpa, en las eliminatorias de 2004. Nunca he olvidado su manera de moverse en la cancha: Dominio y magia. Solvencia y fiesta. El futuro, entonces, estaba tan lejano, pero el fútbol era una realidad misteriosa, que permitía que la intensidad de la vida se sintiera en el aquí y el ahora. He podido conocer un poco más de su fascinante vida gracias a su serie en Netflix. No sólo ganó el Mundial, la Copa América, la Libertadores, la Champions, el Balón de oro y el torneo de una cárcel paraguaya. También entendió que el fútbol es, a veces, la comunidad que nos acompaña y salva, sobre todo ante lo inevitable. Cuando enfermó su madre, el ser que más amaba, la hinchada del Atlético Mineiro, en el que él jugaba, desplegó un cartel con la foto de Ronaldinho y su madre y palabras de solidaridad. Él, entre lágrimas, pensó: “Voy con ellos hasta el final”.
Para Jaime Iván Kaviedes, niño prodigio y enfant terrible, el Nine, sus abuelos lo eran todo. Había perdido a sus padres cuando tenía seis años. Su talento descomunal y la fe ciega de sus abuelos lo convirtieron en el primer futbolista ecuatoriano transferido a las grandes ligas de Europa. Tras la clasificación del Ecuador al mundial, Kaviedes vivía en la punta de la ola. Había sido fichado por el FC Porto, que dirigía el maravilloso José Mourinho. El cielo se vino abajo de pronto. La enfermedad de los abuelos fue un terremoto. Dejó Portugal y volvió al país, aunque la tristeza se convirtió en su nueva patria. La noche oscura del alma, como pensaría San Juan de la Cruz, ha sido larga para él. Hace un par de años protagonizó un incidente en el Tena, tras lo cual fue agredido por policías ecuatorianos. El país al que Kaviedes regaló la mayor de las felicidades en 2001, muchas veces no hace más que juzgarlo y burlarse, porque siempre es más fácil. Pero él sigue de pie y, seguramente, desde algún lugar, sus abuelos le dan ánimos.
Luka Modrić también perdió a su abuelo, en la niñez, víctima de la violencia en la guerra de independencia de Croacia. Lo describía como “el centro de mi pequeño mundo”. En otra ocasión, al hablar de este héroe pagano, he ponderado su fortaleza y su historia. Hoy ha quedado claro que ya no ganará un mundial, pero le ha recordado al mundo que el fútbol también puede sacar lo mejor del ser humano. Y, pese a la tristeza tras el partido con México, esas son cosas que los ecuatorianos las sabemos bien, al menos cuando recobramos la conciencia de lo que la selección significa para nosotros. Ese rito fundamental que sucede y le da sentido a la palabra Ecuador, sobre todo en los tiempos difíciles. La experiencia metafísica y estética que sostiene esta accidental circunstancia de montañas y mar.
Durante muchos años pensé que no me gustaba el fútbol y que no me decía nada. Era mentira. La memoria me convoca al fútbol con la misma alquimia con que concibo la escritura de las historias esenciales. La primera vez que escribí sobre un futbolista fue cuando murió Maradona. Entonces cobré conciencia de todo lo que hay de literatura en el fútbol y de fútbol en la literatura. Hay una complejidad en la que se mezclan la dureza y el milagro, el destino y la suerte, la magia y el dolor. También hay una dimensión política y una manera de esquivar esa racionalidad con la que creemos que pensamos el mundo. Quisiera creer que, en efecto, la pelota no se mancha. Pienso, una vez más, en el cabezazo de Kaviedes y todo lo que ha cambiado. Todo lo que sigue teniendo poderosamente sentido. Quiero volver a escuchar a las multitudes gritando: “¡Vamos, ecuatorianos, que esta tarde tenemos que ganar!” Con el tiempo vale la pena ceder a la nostalgia. Antonio Machado decía: “Solo recuerdo la emoción de las cosas”.