El indiscreto encanto de la política
Chaulafán ideológico
Catedrático universitario, comunicador y analista político. Máster en Estudios Latinoamericanos por la Universidad de Salamanca.
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Cynthia Viteri, exalcaldesa de Guayaquil por el Partido Social Cristiano, estuvo hasta hace unas semanas como precandidata de Centro Democrático, movimiento aliado del correísmo en algunas provincias. Hoy, finalmente, tercia por el partido de gobierno.
Pabel Muñoz, que llegó a la Alcaldía de Quito de la mano de Revolución Ciudadana, busca ahora la reelección por una alianza que incluye a Unidad Popular, histórico adversario del correísmo, y al Partido Socialista, organización que en la elección seccional anterior apoyó al liberal Pedro Freile.
Luisa González, una de las figuras más representativas del correísmo, competirá por la Prefectura de Manabí auspiciada por Pachakutik, movimiento que durante años enfrentó al correísmo desde la izquierda y estuvo en el centro de algunos de los choques más duros entre el movimiento indígena y el gobierno de Rafael Correa.
Es una muestra, pero bastante reveladora, de cómo se configura la papeleta para estas seccionales: camisetazos de última hora, auspicios forzados y alianzas que hasta hace poco parecían imposibles. Un verdadero chaulafán ideológico.
Parte de esta elasticidad electoral responde a la necesidad de encontrar vehículos para competir, luego de que varias organizaciones políticas fueran suspendidas o canceladas antes de esta elección. Sin embargo, la coyuntura apenas ha hecho más visible un problema estructural que viene de antes.
En Ecuador, los partidos políticos significan cada vez menos.
Conservan casilla, nombre y colores, pero pierden identidad, coherencia y capacidad para decirle al elector para qué existen y qué representan. Terminan convertidos en simples recipientes electorales cuyo contenido cambia según el candidato que circunstancialmente los ocupa.
La etiqueta partidaria cumple una función heurística: sirve como atajo informativo para el ciudadano. La mayoría de las personas no tiene tiempo —ni interés— para revisar programas, trayectorias y propuestas; por eso, esa etiqueta debería transmitir una orientación ideológica, una historia, una escala de valores y un conjunto de prioridades.
Cuando cualquier candidato puede terminar en casi cualquier casilla, esa función desaparece.
Y con ello se debilita también la responsabilidad política. ¿A quién se le exige cuentas después? El candidato podrá decir que nunca perteneció realmente al partido que lo auspició; el partido, que solo prestó su número. Todos habrán participado en la victoria, pero nadie terminará siendo plenamente responsable del gobierno.
Las alianzas son legítimas y necesarias en democracia, especialmente en un sistema tan fragmentado como el nuestro. Pero de ahí a que las organizaciones políticas se conviertan en simples instrumentos para llegar a la papeleta hay mucho trecho.
Una democracia necesita alianzas. Pero, antes que eso, necesita partidos que signifiquen algo.