Elecciones con adjetivos
Politólogo. Autor de varios libros sobre democracia, partidos y política latinoamericana.
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Quienes, en su momento, cuestionamos las trampas electorales hechas al amparo de gobiernos anteriores, no tenemos por qué dejar de hacerlo actualmente cuando estas se repiten incluso con mayor frecuencia. La muletilla de que con eso se le hace el juego al correísmo se da vuelta hacia quienes la lanzan sin entender que no es un tema de banderas políticas, sino de principios y valores. La manipulación de las elecciones es un atentado contra esa forma de organización política que nos permite procesar las diferencias sin violencia y que se denomina democracia.
Las decisiones tomadas en las últimas semanas por los organismos electorales y por la Fiscalía debilitan, erosionan y amenazan a uno de los pilares básicos de la convivencia ciudadana. Las elecciones no se limitan a la inserción de una papeleta en la urna. Para llegar a ese punto es necesario que previamente se hayan establecido las condiciones para que todo el proceso pueda ser calificado como una competencia libre. Esto solo se logra si las elecciones van acompañadas, en la práctica, no solamente en el papel, de un conjunto de adjetivos. Libres, limpias, igualitarias, transparentes, competitivas, previsibles, equitativas, frecuentes, son algunos de esos adjetivos. Si falta o se altera alguno de ellos, como ocurre en el actual proceso, debemos preocuparnos y alzar la voz, porque en este, como en otros casos de la vida social, los adjetivos se materializan como sustantivos y cambian la raíz de las cosas.
Basta pasar revista a algunos de los hechos para encender las luces de alerta. El primer paso se dio con el cambio de la fecha de las elecciones que estaban previstas para febrero. Fue ilegal porque la ley establece que las elecciones deben realizarse el mismo año de la posesión de las autoridades. Se dirá que es un simple detalle, pero está en la ley. Además, al restarle tres meses al proceso de preparación de las organizaciones políticas y de la selección de las candidaturas se atentó no solo contra la previsibilidad, sino que se resquebrajó el carácter equitativo del proceso.
Continuó con la utilización de diversos ardides de dudosa legalidad para la exclusión de varias organizaciones, específicamente de las que acogían al correísmo, así como de potenciales candidatos de esa tendencia. Algunas de estas decisiones se cubrieron con la supuesta reserva de los procesos, lo que eliminó el derecho a la defensa de los afectados y echó un velo muy oscuro sobre el proceso. Con ello quedaron anuladas la transparencia, la equidad y la competitividad. De aquí en adelante, el proceso electoral carecerá de esos adjetivos y se generará una pesada sombra de dudas sobre la validez de los resultados finales.
Es probable que no haya concluido el proceso de debilitamiento de la democracia en el campo electoral, ya que su objetivo es minimizar o anular la capacidad electoral de las corrientes de oposición. Pero, quienes han ideado esta estrategia ignoran que en política este tipo de acciones generalmente terminan por revertirse hasta castigar a sus impulsores. Además, no consideran que en las elecciones seccionales se combinan varias lógicas que producen resultados tan inesperados que hacen estallar las cabezas de quienes intentan encontrar explicaciones. Basta recordar las elecciones municipales y provinciales de 2014, en que el gobierno que venía arrasando en las contiendas anteriores perdió las alcaldías de las ciudades más pobladas.
Pero, sobre todo, quienes ponen toda su confianza en esas artimañas, no comprenden —o lo saben, pero no le dan importancia— que de esa manera pasan a engrosar la lista de los demoledores de la democracia. Cuestionar el manoseo electoral no es hacerle el juego al correísmo, es levantar la voz por la democracia.