Ahora estamos frente a la obligación de votar por los integrantes de ese esperpento. Gracias a una errada decisión y a una consulta realizada en mal momento, debemos otorgarles legitimidad a sus integrantes.
Para un gobierno débil, guiado exclusivamente por la asesoría en comunicación y no por objetivos políticos de mediano y largo plazo, lo que se dice en las redes pasa a tener más validez que la fuerza de la gravedad.
Pasamos de una persona asesinada cada 58 minutos a una persona asesinada cada hora y dieciséis minutos. Sí, hay una reducción, pero no parece que sea para alegrarse y asegurar que las cosas van muy bien.
La pauta común de todas las elecciones recientes muestra a una ciudadanía que se ve obligada a definir su voto por sus temores y no por la sosegada racionalidad, mucho menos por algún asomo de ideología.
El asesinato de Monika Silva, el ataque de dos sicarios adolescentes y el obsceno cortejo fúnebre de ese individuo nos demuestran que ya estamos en la situación que hasta hace poco creíamos lejana e incluso improbable.
Un efecto de la reciente reforma a la ley electoral será el incremento del número de candidaturas, ya que prácticamente obliga a cada organización a presentarse sola. Serán muy pocas las alianzas y se fragmentará la votación.
Que ahora un par de halcones embravecidos parece que lograrán estrangularla para favorecer a sus proyectos inmobiliarios no es el origen del problema. Es la consecuencia de un sistema inviable que sometió a una sociedad.
Dígase lo que se diga y más allá de odios y amores, lo cierto es que en Perú y Colombia las cuatro opciones disponibles reproducen la disyuntiva entre enfermedades casi terminales.
Hemos tratado a la educación solo como un mecanismo de ascenso social. Nos importa que el doctor, el licenciado, el ingeniero e incluso el máster vayan antes del nombre, aunque esa condición no esté sustentada por los conocimientos correspondientes.
Ahora estamos frente a la obligación de votar por los integrantes de ese esperpento. Gracias a una errada decisión y a una consulta realizada en mal momento, debemos otorgarles legitimidad a sus integrantes.
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Para un gobierno débil, guiado exclusivamente por la asesoría en comunicación y no por objetivos políticos de mediano y largo plazo, lo que se dice en las redes pasa a tener más validez que la fuerza de la gravedad.
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Pasamos de una persona asesinada cada 58 minutos a una persona asesinada cada hora y dieciséis minutos. Sí, hay una reducción, pero no parece que sea para alegrarse y asegurar que las cosas van muy bien.
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La pauta común de todas las elecciones recientes muestra a una ciudadanía que se ve obligada a definir su voto por sus temores y no por la sosegada racionalidad, mucho menos por algún asomo de ideología.
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El asesinato de Monika Silva, el ataque de dos sicarios adolescentes y el obsceno cortejo fúnebre de ese individuo nos demuestran que ya estamos en la situación que hasta hace poco creíamos lejana e incluso improbable.
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Un efecto de la reciente reforma a la ley electoral será el incremento del número de candidaturas, ya que prácticamente obliga a cada organización a presentarse sola. Serán muy pocas las alianzas y se fragmentará la votación.
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Que ahora un par de halcones embravecidos parece que lograrán estrangularla para favorecer a sus proyectos inmobiliarios no es el origen del problema. Es la consecuencia de un sistema inviable que sometió a una sociedad.
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Dígase lo que se diga y más allá de odios y amores, lo cierto es que en Perú y Colombia las cuatro opciones disponibles reproducen la disyuntiva entre enfermedades casi terminales.
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Un aspecto importante de los informes a la nación es que permiten comprobar que detrás de tanto autoelogio no hay un programa de gobierno.
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Hemos tratado a la educación solo como un mecanismo de ascenso social. Nos importa que el doctor, el licenciado, el ingeniero e incluso el máster vayan antes del nombre, aunque esa condición no esté sustentada por los conocimientos correspondientes.
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