La salida de Roberto Aguilar no es un problema individual. Por la salud de la democracia cabría esperar que la ciudadanía lo vea con la responsabilidad que le corresponde.
Queda en evidencia la condición de simples membretes sin capacidad para presentar candidatos o para formar parte de alguna alianza. Esta realidad debería ser suficiente para revisar las disposiciones establecidas para la calificación de las organizaciones políticas.
El camino que se va configurando puede conducir a un orden político antiliberal o iliberal. Es muy grande la responsabilidad histórica de estas derechas. Algunas aún pueden evitar la deriva autoritaria. Pueden demostrar que hay campo para las derechas democráticas.
No estaría mal una buena dosis de formol para conservar con buena calidad a cada componente de la democracia. Siempre es más sano preservar lo positivo que arriesgarse a decir sandeces, aunque se las diga con soltura.
El racismo atraviesa a todo el continente. Las diferencias étnicas siempre se combinaron con las de clase, vale decir, con la posición económica y social de las personas y constituyen aún un factor de exclusión.
Quienes ponen toda su confianza en esas artimañas, no comprenden que de esa manera pasan a engrosar la lista de los demoledores de la democracia. Cuestionar el manoseo electoral no es hacerle el juego al correísmo, es levantar la voz por la democracia.
Ahora estamos frente a la obligación de votar por los integrantes de ese esperpento. Gracias a una errada decisión y a una consulta realizada en mal momento, debemos otorgarles legitimidad a sus integrantes.
Para un gobierno débil, guiado exclusivamente por la asesoría en comunicación y no por objetivos políticos de mediano y largo plazo, lo que se dice en las redes pasa a tener más validez que la fuerza de la gravedad.
Pasamos de una persona asesinada cada 58 minutos a una persona asesinada cada hora y dieciséis minutos. Sí, hay una reducción, pero no parece que sea para alegrarse y asegurar que las cosas van muy bien.
La pauta común de todas las elecciones recientes muestra a una ciudadanía que se ve obligada a definir su voto por sus temores y no por la sosegada racionalidad, mucho menos por algún asomo de ideología.
La salida de Roberto Aguilar no es un problema individual. Por la salud de la democracia cabría esperar que la ciudadanía lo vea con la responsabilidad que le corresponde.
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Queda en evidencia la condición de simples membretes sin capacidad para presentar candidatos o para formar parte de alguna alianza. Esta realidad debería ser suficiente para revisar las disposiciones establecidas para la calificación de las organizaciones políticas.
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El camino que se va configurando puede conducir a un orden político antiliberal o iliberal. Es muy grande la responsabilidad histórica de estas derechas. Algunas aún pueden evitar la deriva autoritaria. Pueden demostrar que hay campo para las derechas democráticas.
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No estaría mal una buena dosis de formol para conservar con buena calidad a cada componente de la democracia. Siempre es más sano preservar lo positivo que arriesgarse a decir sandeces, aunque se las diga con soltura.
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El racismo atraviesa a todo el continente. Las diferencias étnicas siempre se combinaron con las de clase, vale decir, con la posición económica y social de las personas y constituyen aún un factor de exclusión.
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Quienes ponen toda su confianza en esas artimañas, no comprenden que de esa manera pasan a engrosar la lista de los demoledores de la democracia. Cuestionar el manoseo electoral no es hacerle el juego al correísmo, es levantar la voz por la democracia.
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Ahora estamos frente a la obligación de votar por los integrantes de ese esperpento. Gracias a una errada decisión y a una consulta realizada en mal momento, debemos otorgarles legitimidad a sus integrantes.
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Para un gobierno débil, guiado exclusivamente por la asesoría en comunicación y no por objetivos políticos de mediano y largo plazo, lo que se dice en las redes pasa a tener más validez que la fuerza de la gravedad.
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