Cuba, épica sin futuro
Politólogo. Autor de varios libros sobre democracia, partidos y política latinoamericana.
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Una anécdota, reiteradamente contada desde los primeros tiempos de la Revolución Cubana, relata que Ernesto Guevara respondió rápidamente con un “yo”, cuando Fidel Castro preguntó si había un economista entre los asistentes a una tumultuosa reunión. Esa respuesta fue suficiente para nombrarle ministro de Industria y pocos meses después presidente del Banco Nacional de Cuba. Cuando salían de la reunión, asombrado Castro le dijo que no sabía que era economista, a lo que el Che, con una sonrisa, le explicó que había entendido comunista y no economista. Como sucede frecuentemente en la historia, verdadera o falsa, la anécdota anticipa perfectamente el devenir del proceso cubano.
Como la mayoría de los países latinoamericanos, la economía cubana giraba en torno a un solo producto. Aunque en los años previos al triunfo revolucionario se multiplicaron algunas actividades vinculadas al turismo, el azúcar era la savia que alimentaba al sistema. A diferencia de la mayoría de las “repúblicas bananeras” de aquel momento que exportaban su producto en bruto, Cuba agregaba valor al suyo con la industrialización. Ese pudo ser el primer paso para caminar hacia el modelo de sustitución de importaciones que estaba en auge en esos momentos en América Latina y que más adelante lo intentaría Cuba sin éxito.
Sin embargo, al expropiar las empresas y eliminar la propiedad privada, la revolución cerró cualquier posibilidad de transitar por esa vía. El erario cubano no disponía de los recursos necesarios para una inversión de la magnitud que demanda el proceso. Además, en ese sistema cerrado no cabía siquiera pensar en la posibilidad de atraer a capitales extranjeros. Incluso, cuando más adelante hubo débiles intentos de atraer inversiones externas, estas se concretaron casi exclusivamente en las actividades turísticas. Su efecto más visible fueron unos impuestos que en su mayoría debían alimentar al aparato militar. Su impacto en el empleo era mínimo y, debido a que la población cubana tenía prohibición expresa de acceder a esos servicios, servían para hacer visibles las odiosas diferencias existentes en un país que supuestamente caminaba hacia la sociedad igualitaria.
Los reiterados intentos de Fidel Castro de diversificar la economía —muchos de ellos ilusorios, casi delirantes— chocaron no solo con la realidad geográfica y climática, sino sobre todo con el modelo económico que se implantó. No hay duda de que el problema se agravó con el bloqueo (o embargo, si se acepta la versión edulcorada) establecido después del fracaso de la invasión de playa Girón, que alcanzó su forma más dramática a partir del colapso del bloque soviético. El corte de los recursos que provenían desde Rusia significó la pérdida del principal ingreso de la economía cubana.
Más allá de tintes ideológicos, se debe admitir que el problema estuvo y está en el modelo económico establecido por la revolución. Quienes sostienen que ese modelo se aplicó exitosamente en la Unión Soviética o que aún funciona en China, no consideran las hambrunas que acabaron con la vida de millones de personas en las primeras décadas de la URSS y que solamente pudieron ser superadas gracias a la dimensión geográfica que permitía la diversificación económica. Tampoco hay que olvidar que el fin de esa experiencia se originó adentro, fue por implosión, no por la acción de algún agente externo. Asimismo, China tiene de socialismo únicamente el control estatal, con sectores de punta bajo una propiedad privada estrictamente vigilada, sin ninguna forma de producción socializada.
Que ahora un par de halcones embravecidos parece que lograrán estrangularla para favorecer a sus proyectos inmobiliarios no es el origen del problema. Es la consecuencia de un sistema inviable que sometió a una sociedad hasta el punto de que ahora ruega para que aparezca una Delcy que pueda prestarse al juego. Es la expresión de una épica sin futuro.
El apelativo Che, estampado en los billetes por Guevara como presidente del Banco Nacional, expresa la liviandad con la que se trató el tema desde los primeros tiempos de la Revolución. Eso y la lectura de 'El socialismo y el hombre en Cuba', del mismo autor, dan veracidad a la anécdota mencionada.