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De Bogotá a Santa Marta: el viaje esencial

Miguel Molina Díaz

Escritor, abogado, profesor universitario y aficionado a las montañas.

Actualizada:

26 jul 2026 - 05:50

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Desde la ventana del avión que cruzaba los Andes colombianos busqué el perfil del río Magdalena y abracé viejos recuerdos. Las veces en que mi abuelo Edgar, el paterno, me dijo que algún día iríamos a Santa Marta y visitaríamos la Quinta de San Pedro Alejandrino, en la que había muerto Simón Bolívar en diciembre de 1830. También la primera ocasión, y la relectura años después, en que leí ‘El amor en los tiempos del cólera’, de García Márquez, y sentí que los paisajes de Colombia, que aún no conocía, serían de algún modo un destino, porque algo iba a pasar en el futuro que me iba a permitir llegar a Cartagena de Indias. Quería con todas mis fuerzas conocer los escenarios de esa literatura que, en 2007, en la recreación cinematográfica, se manifestó en un Javier Bardem que interpretó a Florentino Ariza. En un ir y venir del carajo. En ese paraje del mundo. El mitológico río y las amplias ciénagas tras las cuales José Arcadio Buendía y Úrsula Iguarán fundaron Macondo.

Bogotá fue un torbellino de emociones y dudas, como un hogar que pudo ser y no fue. Desde hace tanto que he buscado las grandes metrópolis para perderme entre las multitudes, los museos y los enigmas. Pero su clima templado y de montaña había quedado atrás. La humedad tropical de Cartagena se sintió como un alivio. Es como si mi cuerpo, cada cierto tiempo, necesitara de esa calidez envolvente de las costas. Un aturdimiento lúcido, de gozo y detenimiento. Me dediqué, desde el primer día, a recorrer el centro, amurallado o abaluartado, y Getsemaní, colorido, festivo y gentrificado. Allí estuve la noche que Argentina le ganó a Suiza y la rumba se prendió. Y allí, tiempo atrás, en uno de los más grandes y poderosos puertos de lo que había sido el Imperio español, el maestro italiano Antonio Meucci pintó al óleo el último retrato de Bolívar, posando, en agosto de 1830. “Era evidente”, escribió García Márquez, “que el artista lo había visto con demasiada compasión”.

Al día siguiente visité el Portal de los Escribanos, junto a la antigua Plaza Mayor, en el que Florentino Ariza ayudaba “a los enamorados implumes a escribir sus esquelas perfumadas” y pensaba en sus propios amores contrariados. Años después, entre los comercios y el bullicio del portal, reencontró u observó a Fermina Daza, su diosa coronada, que había signado su vida, pero que solo regresaría muchos años después, en una suerte de ocaso o delirio, como el olor de las almendras amargas. Luego visité el Palacio de la Inquisición, hoy el Museo Histórico de la ciudad, con los testimonios de los siglos originarios, virreinales y republicanos. Finalicé la tarde observando el apagarse del sol sobre el Caribe, desde el Castillo de San Felipe de Barajas y así como Bolívar prometió en las colinas de Roma liberar a América, yo me hice la promesa de volver muchas veces más a Colombia, a su historia terrible, a su literatura, al idilio de su música.

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El lunes 11 de julio, luego de bordear la costa y atravesar Barranquilla, llegué a Santa Marta. Me hospedé en Playa del Ritmo, un hostal frente al mar, último y agonizante sobreviviente a la hegemonía de los resorts all inclusive. Al día siguiente llegué a San Pedro Alejandrino, donde contemplé, como hubiese querido mi abuelo Edgar, el lugar en el que se dieron “los últimos fulgores de la vida que nunca más, por los siglos de los siglos, volvería a repetirse”. Un reloj por siempre paralizado, como la historia continental, la 1:03 de la tarde. Sobre una cama cubierta por la bandera de Colombia, cuyos colores son también los de Ecuador y Venezuela. Tierra del volcán Pichincha en alguna olvidada vitrina. Un monumental y solitario Altar de la Patria, que contempló Jaime Roldós Aguilera cuando aún las cosas eran posibles. Sobre dos tamarindos, que cargan más peso de aquellos siglos, se había colocado la hamaca en la que descansó el Libertador. Los observé y luego abracé la vieja y colosal ceiba, igualmente testigo del infortunio o la suerte.

En el complejo está también el Museo Bolivariano de Arte Contemporáneo, que se inauguró, a propósito del natalicio de Bolívar, un 24 de julio de 1986, hace cuatro décadas. Además de realizar el viaje que mi abuelo paterno deseaba, abrigué durante años un profundo deseo: contemplar el ensamblaje que del maestro Oswaldo Viteri se conserva en ese museo. No estaba por ningún sitio. Entre los pasillos, encontré a la directora Zarita Abelló, a quién le expresé la importancia de esa obra para mí, pues habían sido mi abuela materna, Zoila Enríquez, y su familia, las artesanas que proveían a Viteri de las muñecas de trapo que utilizó para sus ensamblajes. Hubert Guardiola me condujo a la bodega en donde se guarda esta obra, para protegerla de visitantes irrespetuosos tras el robo de una de sus muñecas. No sé decir lo que sentí frente a esta imagen. Creo que recordé el linaje que hizo posible mi estar en el mundo y la energía que me mantiene en él. En este viaje estuvieron presentes mis dos estirpes condenadas a cien años de soledad y, ojalá, con derecho a una segunda oportunidad sobre la tierra.

  • #Colombia
  • #Bogotá
  • #Cartagena
  • #historias
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  • #Gabriel García Márquez

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