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Lux: Rosalía y las ceremonias vitales

Miguel Molina Díaz

Escritor, abogado, profesor universitario y aficionado a las montañas.

Actualizada:

19 jul 2026 - 05:45

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Apareció, entre los gritos de la multitud, como si de un personaje mitológico se tratara. Salió de una caja con la gracia de una bailarina de un balé sacro. Su tutú irradiaba como en la noche oscura del alma. Mundana, en la medida en que sus ojos, su mismo semblante, brillaban de la emoción. Divina, porque cuando empezó a cantar, su voz no era de este mundo. Ni de este tiempo la fuerza de su antiguo drama: la búsqueda de la trascendencia espiritual. Rosalía conquistó Bogotá como una advocación mariana que, durante el escenario, se transforma en sacerdotisa de una antigua ceremonia pagana y vital en la que mujeres místicas bailan alrededor del fuego y cantan versos al amor. Una Madonna con el corazón roto y renacido. Una deidad que abraza los dolores humanos.

Las sillas del Movistar Arena, la noche del 16 de julio de 2026, tenían asistentes de toda Colombia y de varios países de América Latina. Mujeres y hombres vestían la indumentaria ceremonial de sus temas. Cuando se dirigía al público no era ya la artista de los videos, sino la misma gracia encarnada o ese encanto especial de la España profunda, como el de las mujeres que lavaban y tendían la ropa a orillas del Manzanares o el Guadalquivir. La que aparece, por tanto, en el cameo de ‘Dolor y gloria’, la más personal película de Almodóvar, junto a Penélope Cruz, cantando ‘A tu vera’ de Lola Flores, con el mismo encanto que celebró los goles de España, otra vez junto a Penélope. Cerca estuvo Javier Bardem. Si hay algo que la caracteriza, entonces, es su gracia. Esa suerte de brillo que se funde con su humor y su tan sensible percepción del instante.

Sus detractores dicen que su acercamiento a lo sagrado es puramente comercial y que sus temáticas religiosas aprovechan una oleada ultraconservadora que intenta oscurecer el mundo. Se equivocan. La búsqueda de lo trascendente nunca es vieja ni es cosa menor. Rosalía hace del castellano una fiesta contemporánea, en la que las grandes inquietudes de nuestro tiempo encuentran un caudal nuevo y poderoso en la música. Un caudal o una intuición, la suya, que entiende lo fundamental: no es posible una revolución en el lenguaje, ni en el arte que lo manifiesta, sin reconocer la tradición. Por eso explora el poder de varias lenguas. Desde sus primeras indagaciones, en el Siglo de oro español o la poesía mística, eso ha quedado claro. De allí su magia.

  • Ceder a la nostalgia del fútbol

Además, en su espectáculo casi perfecto no sólo hay un abordaje de lo sagrado, sino también, y arribo para esto al marco teórico de Mircea Eliade, de lo profano. Su concierto busca, en ese sentido, ser una hierofanía, una manifestación de lo sagrado, cuestión por lo demás que los seres humanos deseamos encontrar en los fundamentos profanos de nuestra vida, como el amor, los padres e hijos, los triunfos profesionales tras largas dificultades, una planta, la música o el sexo. Lo ordinario, que es lo profano, tiene el potencial de volverse algo más y ella lo sabe. El ritmo que Rosalía propone en su nuevo disco, el que promociona ahora por el mundo, nos conecta con los rezos espirituales más pretéritos, es decir, con una humanidad desesperada por respuestas ante lo desconocido, pero también con el gozo del mambo –‘Despechá’, maravillosa canción–, la cadencia del reguetón o la energía de la electrónica, en un mestizaje de géneros junto al flamenco, el tarab del mundo árabe, la música clásica, barroca y sacra.

El filósofo Eliade sostiene, además, que el tiempo sagrado, a diferencia del profano que es lineal, es cíclico y recuperable por medio de una fiesta o una rito vital, en la que se revive el acontecimiento original. Lux, el disco y la gira de conciertos de Rosalía, contiene ceremonias que, por medio del sonido, voz y movimiento, nos ayudan a reorganizar el caos al celebrar lo esencial: el amor, los lutos, las heridas, el poder místico femenino, el renacimiento del deseo, la búsqueda y la fe de Dios, las renuncias y los sacrificios, el poder de ser cada uno la luz frente a la oscuridad, la recuperación definitiva del ser humano. Sus letras, en ese sentido, aluden tanto a Dios como a las cosas que nos suceden día a día, a veces con humor, otras veces con seriedad, pero siempre con poesía.

Rosalía no es, en forma alguna, la primera humana que se junta con los Dioses. Ya Maradona, tan recordado en estos días, ascendió décadas atrás a los cielos para redimir a una multitud derrotada. Es algo muy humano buscar a los Dioses. La diosa Motomami, en cada disco, devela una imaginación sin límites, al mostrarse capaz de la reinvención constante, de la búsqueda incesante de nuevos territorios para crear. Sabe, además, que en los largos siglos del pasado hay una fuerza gravitante que explica al mundo. Y, sin embargo, hay que decirlo, Rosalía no es un ser de este mundo. El llanto que provocó en el público desde la primera canción. Las catarsis. Las felicidades colectivas. El poder de una comunidad transfigurada siguiendo un rito. Su gracia. Iluminada, ella. Los sutiles y extraordinarios movimientos de su cuerpo, dirigiendo la danza ceremonial. Su rostro que, en cada canción, carga el peso del mundo y también el sentido de la liberación. Las lágrimas que derrama por nosotros, los cautivos de este valle de lágrimas. El poder singular de Rosalía. Se parece más a algo divino.

  • #Rosalía
  • #cantante
  • #música
  • #religión

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