Underdogs
Pablo Cuvi es escritor, editor, sociólogo y periodista. Ha publicado numerosos libros sobre historia, política, arte, viajes, literatura y otros temas.
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Dicen que la palabra se originó en las peleas de perros que se armaban en los bajos fondos del Londres del siglo XIX, por cuyos callejones húmedos y pecaminosos rondaba Jack El Destripador. Allí, al perro perdedor, al que quedaba debajo, le llamaban “the underdog”.
Luego el término se expandió y cobró ciudadanía en las crónicas deportivas anglosajonas del siglo XX, pero el rato de traducirlo al español surgen problemas pues –como suele suceder en las traducciones– no hay una palabra equivalente que tenga igual sentido, de manera que se usa: el no favorito, el desvalido, el desfavorecido, la cenicienta, el David frente a Goliat y aproximaciones por el estilo.
Hoy, en este Mundial que empezó con muchos equipos débiles con pocas probabilidades de avanzar, los auténticos underdogs, quienes cumplieron todos los requisitos, fueron los pintorescos jugadores de Cabo Verde, con el carismático Vozinha bajo los tres palos, donde volaba como un ángel de la guarda y se ganaba millones de seguidores por minuto en las redes sociales.
Estuvieron los caboverdianos a un tris de eliminar a Argentina, con un gol de antología que luego replicaría Julián Álvarez. Y al final, en un gesto de reconocimiento y camaradería, el viejo rey albiceleste le dio su camiseta al arquero de unas islas perdidas en el océano Pacífico.
¿A qué se deben el respaldo masivo y la simpatía que despiertan en el público los underdogs?, le preguntaban en la radio universitaria WAMU al profesor Goldschmied, estudioso del tema. Respondía que para que se produzca “el efecto underdog” es necesario que exista una desventaja real en lo deportivo, aunque también se aplica en lo político, lo económico o en lo social.
El segundo requisito es que el individuo, equipo o grupo social, dé muestras visibles de su esfuerzo para superar esa situación. (Vozinha se ganaba la vida como electricista hasta los 25 años, cuando recién logró empezar a jugar). Constatar ese esfuerzo es lo que estimula las ganas de empatizar con los débiles en competencia. Hay en esto, si se quiere, una búsqueda simbólica de la igualdad y la justicia ante los beneficios de los privilegiados, aunque los simpatizantes sepan que rara vez los underdogs conquistan sus objetivos.
En el campo de juego de la política, Goldschmied investigó también las campañas electorales, eventos donde, igual allá que acá, muchos candidatos tratan de aparecer como outsiders, como víctimas o perseguidos, como gente que desafía al sistema; es decir que, en búsqueda de popularidad, asumen algunas características de la narrativa del underdog.
Pero los outsiders no son necesariamente seres desvalidos que pertenecen a los desfavorecidos por la vida. Basta recordar que en la vecina Colombia ganó Álvaro De la Espriella, un outsider que en la campaña hacía gala de su vida privilegiada, llena de gustos, gestos y gastos sofisticados. Por su riqueza o su pobreza, lo que la gente valora es la autenticidad del candidato, y en eso fue tan auténtico De la Espriella como lo era Alvarito candidato cuando iba al suburbio a regalar colchones en su Mercedes 500.
Quien sí fue outsider y underdog al mismo tiempo fue Pedro Castillo, el maestro de escuela rural que ganó la Presidencia del Perú mostrándose como víctima de las élites, élites que interrumpieron su gobierno calamitoso para mandarlo a la cárcel. El siguiente candidato de la misma línea, Roberto Sánchez, reprodujo el mismo relato y con su mismo sombrero. Y no ganó por un pelo.
Queda mucha tela por cortar en el ambiguo terreno de la política, pero, aprovechando que todos siguen futbolizados, volvamos al tema de la Tricolor pues se diría que uno de los errores que cometió fue sobrevalorarse, alimentada por buena parte de la hinchada y los medios de comunicación, todos convencidos de que Ecuador tenía la mejor defensa del Mundial. Cuando volvió obligadamente a ser humilde, en el único partido que asumió su papel de underdog, contra Alemania, jugó bien, corrió, metió dos goles y ganó.
Tiempo suplementario: cuando el underdog se destaca de una manera tan viral como le ocurrió a Vozinha, pierde su áurea de víctima desvalida. Pero Vozinha no se ha enterado y expresa ingenuamente su deseo de que le contraten dos años más como jugador, no por el marketing. Tendrá que hablar con Messi, quien resultó tan genial para el fútbol como para el business. Porque si el arquero de la ignota Cabo Verde deja pasar sus 15 minutos de gloria volverá en poco tiempo a su oficio de electricista.