Perder un amigo
Profesor de ciencia política y Decano de Ciencias Sociales y Humanidades de la Universidad San Francisco de Quito.
Actualizada:
“Nos volveremos a ver
Porque siempre hay un regreso
Por eso contá con eso
Pongo mis manos en el fuego por vos”.
Andrés Calamaro
Hay varias formas de perder un amigo. Todas duelen, pero algunas duelen más que otras.
Dejando de lado las parejas sentimentales, los amigos son posiblemente las personas con las que uno llega a construir vínculos emocionales más fuertes por voluntad propia. No son como los parientes, que vienen dados por sangre o por “política”, y que a través de la vida uno consolida —o no— sus afectos con ellos. A los amigos uno los elige, y es por eso que las relaciones de amistad son tan fuertes y especiales: porque están basadas en el libre albedrío de las personas.
Con frecuencia en estos tiempos los amigos se van a vivir a otras ciudades o países. Esta es sin duda la manera menos dolorosa de “perder” un amigo, porque, al fin y al cabo, no es una pérdida. Aunque es verdad que un vínculo a distancia no es lo mismo que una amistad presencial, y que una conversación por Zoom o WhatsApp no podrá nunca reemplazar a un encuentro cara a cara, la relación de cariño, amistad y respeto sigue estando allí. Y cuando existen oportunidades de reencuentro, es como si no hubiese pasado un día: las conversaciones se encienden y los abrazos son fuertes y sinceros.
Otra de las formas más comunes y frecuentes de perder un amigo es la muerte. He tenido grandes amistades que han muerto de forma prematura, y el vacío que han dejado es inconsolable, porque simplemente, ya no están más. Simplemente, uno ya no puede gozar del privilegio de compartir sus palabras, sus sonrisas, su calor, su presencia. La muerte de un amigo deja un dolor incurable, aunque la memoria brinde un tenue alivio ocasional.
Hay una tercera forma de perder un amigo, más silenciosa que las anteriores, y que quizás por eso mismo pasamos por alto con frecuencia: el desgaste. No necesariamente hay distancia, no hay muerte, no hay una decisión explícita de nadie. Simplemente, la vida se interpone: los hijos, el trabajo, las rutinas que ya no coinciden, las ciudades que antes compartíamos y que hoy habitamos de maneras distintas. Uno se despierta un día y se da cuenta de que ya no sabe bien qué está pasando en la vida de alguien que alguna vez fue central en la suya. No hay a quién culpar, ni siquiera al tiempo, que en realidad se limita a pasar de manera imperturbable por las vidas de ambas personas. Es una pérdida sin duelo formal, porque nadie muere y nadie se va del todo, pero pérdida al fin.
Pero tal vez la forma más dolorosa de perder un amigo es cuando él lo decide. Así como las amistades son tan especiales porque son producto de la voluntad de las personas, el rompimiento de una amistad por la decisión de una de las partes es especialmente doloroso. Duele de una manera distinta a la muerte, porque en la muerte no hay rechazo, solo ausencia; hay algo, incluso, de consuelo en saber que la amistad seguía intacta hasta el final. En la ruptura decidida por el otro, en cambio, hay una elección, y esa elección tiene la extraña capacidad de reescribir el pasado: uno empieza a preguntarse si la amistad fue alguna vez lo que se creía que era, o si simplemente esperaba el momento -o el pretexto- para desvanecerse. A mi juicio, el sacrificio de una amistad de décadas so pretexto de líos de faldas o diferencias ideológicas simplemente no vale la pena. La amistad va (o debería ir) más allá de diferencias en formas de pensar. Las historias compartidas y experiencias vividas a lo largo de décadas forman estructuras sólidas y maduras que no deberían sucumbir a vientos pasajeros.
Tengo casi cincuenta años, tiempo suficiente para haberme dado cuenta de que una de las cosas que menos me gustan son las despedidas. Cuando han muerto familiares y amigos cercanos he recibido golpes fuertes, y he sufrido. Pero he tenido a la resignación de mi lado, que me ha ayudado a aceptar las ausencias. Para los amigos que me han dado la espalda, todavía me niego a resignarme.