En sus Marcas Listos Fuego
Rompo el silencio
PhD en Derecho Penal; máster en Creación Literaria; máster en Argumentación Jurídica. Abogado litigante, escritor y catedrático universitario.
Actualizada:
Llevo dos meses desaparecido de redes. Hace dos meses abandoné la redacción de mis columnas. Dos meses de silencio.
Y hoy, que recupero las fuerzas para volver a escribir, he decidido regresar con esta historia y con múltiples reflexiones para los futuros abogados de esta pequeña parcela a la que con tanto amor llamamos país.
Mi desaparición se debe a que desde el 11 de mayo estuve encerrado, cual cónclave, en la audiencia de juzgamiento del caso Sinohydro. ¿Qué hacía ahí? Defendiendo a una inocente. A una inocente hasta la médula. A una inocente a la que adoro con todo mi corazón.
¿Inocente por qué? Porque fue acusada de tres conductas: 1. Constituir una compañía para recibir sobornos; 2. Firmar un acta para reformar los estatutos de esa compañía; y, 3. Percibir ingresos de esa compañía.
¿Por qué llevo meses defendiendo, con el alma, su inocencia?
Porque conforme a todas las pruebas practicadas en juicio, ella no constituyó esa compañía, sino que, cuando tenía 7 años, quedó huérfana y heredó las acciones; porque, nunca firmó la dichosa acta; porque nunca percibió ingresos de esa compañía.
Es decir, la acusaban por heredar acciones, por firmar un documento que nunca firmó, y por enriquecerse de un dinero que no recibió.
Así de simple. Así de sencillo.
Y así de simple y así de sencillo se probó su inocencia en juicio (porque Ecuador no es Dinamarca. Aquí se prueba la inocencia, no se la presume. Bienvenidos al subdesarrollo).
Y en el camino viví múltiples experiencias y enseñanzas sobre las que quiero hablarles hoy.
Lo primero que me ocurrió fue conocer a múltiples personas que se me acercaron y me dijeron, palabras más, palabras menos: “Yo antes creía que usted era un abogado honesto, pero verlo en el caso Sinohydro me hace darme cuenta de que me equivoqué con usted. Debería darle vergüenza participar en ese caso”.
Entonces, más allá de mi sonrisa, reflexioné: el ecuatoriano promedio opina sobre lo que no conoce. Esas personas nunca leyeron el expediente y nunca asistieron a la audiencia. Ni siquiera sabían a quién defendía yo y de qué acusaban a mi cliente. Pero pese a todo, se creyeron con la autoridad moral para decirme en qué casos puedo participar y en cuáles no.
¿A quién le debemos rendir cuentas? A nuestra conciencia. A nadie más. Defender a un inocente debe llenarnos de orgullo y, criticar lo que no se conoce, debe llenarnos de vergüenza.
En segundo lugar, fui víctima de una campaña de trolls, vayan ustedes a saber financiados por quién. Sostenían que yo encubría un desvío de 76 millones de dólares. ¿Sobre la base de qué? De la imaginación de los cobardes que se esconden tras el anonimato que les da las redes.
Y, en tercer lugar, fui víctima de mi propia psiquis. Cometí el error (del cual no me arrepiento) de traspasar la relación abogado-cliente y hacerme amigo de mi cliente y de su familia. Entonces, el caso se convirtió en una batalla de vida o muerte.
Y tanta fue mi angustia por demostrar su inocencia que incluso decidí, si perdía el caso, botar la toalla y dejar la abogacía. ¿Por qué? Por la distopía: no quería seguir siendo abogado en un país donde los inocentes van tras las rejas y los culpables comen en los mismos restaurantes que nosotros.
Entonces, apareció otro heredero, Leonardo Alarcón, el Fiscal General del Estado. ¿Qué heredó él? Este caso.
Y pasaban los días y me llenaba de odio. No lograba comprender (pese a llevar 14 años litigando sin descanso) cómo era posible que el Fiscal General pueda dormir tranquilo acusando a mi cliente de un delito que ella nunca cometió.
Y vino el guante blanco. Mi odio se derrumbó. El Fiscal General del Estado hizo lo que yo veía imposible (sobre todo por mi incesante capacidad de no creer en la humanidad). El Fiscal General, en una acto de objetividad, humanidad y absoluta decencia, decidió retirar la acusación en contra de mi cliente porque, en sus palabras: “no existen pruebas que acrediten su responsabilidad”.
Me temblaban las manos. Me temblaba la voz. El cortisol a tope, la adrenalina en caída libre. ¿Estaba soñando? ¿Realmente esto estaba sucediendo? ¿Aún quedan fiscales honorables en el país? Me preguntaba eso y más.
¿Para qué les cuento esta historia?
Para decirles lo que tengo que decirles y en este orden, para que no bajen los brazos, para que se lo tatúen en la memoria:
1. Si la justicia fuese la regla general no existiríamos los abogados.
2. Los abogados existimos porque existe injusticia en el mundo y nuestro rol, de la mano de fiscales y jueces honestos, es reestablecer la justicia.
3. Si somos capaces de reestablecer la justicia, entonces, es obvio, la justicia existe.
4. Si la justicia existe, entonces debe persistir la esperanza.
5. Si la justicia existe, entonces, no nos podemos rendir.
6. Si la justicia aún existe, aún vale la pena vivir en este país.
7. Los casos se ganan en la sala de audiencias, no en las redes sociales.
Y muchos me dirán que una gaviota no hace el verano. Pero les respondo con una idea fundamental que la escribí hace poco: los abogados no estamos llamados a cambiar el mundo, sino mundos.
Nuestro rol no es solucionar la maldad de la humanidad, sino salvar a nuestros clientes de la maldad de la humanidad y recordar, que entre tanta maldad, también existe bondad.
El rol del abogado es ejecutar su trabajo de la forma más profesional posible. ¿Cuál es la consecuencia? Cambiar la vida de nuestros clientes, devolverles la libertad, devolverles las ganas de seguir vivos.
No podemos cambiar el mundo, pero vale la pena cada madrugada de trabajo cuando devolvemos a una madre a los brazos de sus hijos. ¡Vale la pena!
Hoy rompo ese silencio. No tenía la voz ni la capacidad para escribir mientras dejaba todo en la cancha. No tenía tiempo de responder al odio de redes. Hoy les respondo así: con resultados.
Hoy les cierro la boca con la verdad. Hoy dejo que los resultados judiciales sean mi mejor parlante. Pero, sobre todo, hoy les respondo con lo más valioso que me llevo de esta a experiencia: como un ser humano libre que hoy puede gritarle al mundo que en este país los casos sí se pueden ganar con honestidad. Y eso, créanme, no tiene comparación.
Hoy, tras el desgaste emocional y físico, recupero la voz.