En sus Marcas Listos Fuego
No los mando a morir
PhD en Derecho Penal; máster en Creación Literaria; máster en Argumentación Jurídica. Abogado litigante, escritor y catedrático universitario.
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De todas las columnas que he escrito, creo que esta será la que escriba con más dolor y la que probablemente más revuelo cause en redes. Omitiré nombres, por respeto a todos los involucrados, pero relataré una historia que, para quienes aún somos humanos, debe llenarnos de indignación.
¿Qué pasaría si les digo que, desde ayer, encarcelar a un peligroso criminal ya no me llena de dicha? Con esta sola pregunta me criticarán, me cancelarán, me caerán. Pero respiren y sigan leyendo.
Soy abogado de una víctima de un atroz delito, quien fue brutalmente violentada por un miserable. Tras todo el proceso, junto a una Fiscalía ágil y eficiente (tuve esa fortuna), logré que le dicten prisión preventiva, que lo llamen a juicio y, finalmente, que lo condenen a 20 años de cárcel.
Hasta ahí todo bien. Conseguí así que la víctima vuelva a creer en la justicia y que su victimario conozca en carne propia que quien delinque paga por sus delitos. Hasta ese día yo seguía sonriendo por la victoria, aunque con la amargura de saber que nada le devolverá la paz a mi cliente.
Sonreí, hasta ayer. Primero me llené de ira: la abogada del criminal presentó un habeas corpus, con la pretensión de lograr la libertad del condenado.
Así que se instaló la audiencia en Guayaquil. Las partes confrontamos, con altura, con rigor y con dureza. Pero algo ocurrió en esa audiencia, un baldazo de agua fría me empampó: volví a ver, tras cuatro años, a mi rival, al condenado.
Hace unos años, cuando lo conocí y logré su condena, era un joven alto y corpulento. Ahora, es un mamífero enjuto, un saco de huesos, un desperdicio humano.
Sí, la audiencia reveló a dónde envié al delincuente: a que lo violen, una y otra vez, a que le contagien de sarna (vi, en vivo, como la piel, pegada a sus huesos, se descascaraba, se desgajaba), como la tuberculosis lo tiene reducido a un espectro de lo que fue.
Y me di cuenta de lo que hice.
No me arrepiento de haber logrado su condena, pues la merece. ¿Pero qué es lo que realmente merece conforme a la ley?
Merece cumplir su pena. Merece pagar por su delito. ¿Pero eso qué significa? Significa que merece estar privado de su libertad por 20 años, sin comodidades, en la soledad de una celda depresiva, tras la frialdad de los barrotes. Para eso lo envíe a la cárcel.
Pero no lo mandé a morir. Lo que como ser humano no consiento es que la cárcel sea un lugar donde el Estado, en lugar de cuidarte, permita que te violen, que te contagien, que te torturen. Yo no lo mandé a ser vejado, yo no lo envíe a padecer de tuberculosis en un sistema penitenciario sin medicinas.
El monstruo es él, no yo, no la fiscal, no los jueces. ¿Pero qué ocurre cuando descubrimos que la condena en Ecuador es una sentencia de muerte? ¿Por haber cometido un delito tan atroz, el victimario pierde su calidad de humano?
Yo, en una profunda inmadurez, creía que sí. Que los monstruos no merecían humanidad. Hasta ayer. Hasta que vi lo que una cárcel ecuatoriana puede hacerle al monstruo: lo humaniza a él y nos deshumaniza a nosotros.
Porque lean bien: el Derecho Penal no manda al matadero a ningún ser humano. El Derecho Penal no es sinónimo de exterminio ni de campo de concentración. El exterminio y el campo de concentración no son responsabilidad del Código Penal, ni de los jueces, ni de los fiscales, ni de los abogados, sino del Estado.
El Estado es el garante de la vida e integridad física de los privados de la libertad y, cuando un privado de libertad sufre lo que este hombre al que logré su condena sufre, el Estado es el que lo viola.
Esto es especialmente preocupante en un país con una altísima estadística de error judicial. No son cientos, son miles de inocentes que también están en las cárceles y que, junto a los culpables, beben, tragan y son sometidos por esta tragedia.
El fin de la pena no es deshumanizar. El fin de la pena no es degradar. El fin de la pena (desde mi postura personal) es extirpar de la sociedad al infractor para que no pueda seguir delinquiendo (prevención especial negativa) y en pocos casos es rehabilitar (prevención especial positiva). El fin de la pena no es destruir, no es violar, no es matar.
Y así estoy: con una desazón que me cala hasta los huesos.
¿En qué acabó el habeas corpus? Pues gané. No fue concedido y el condenado seguirá preso. Sí, por mi culpa seguirá muriendo lentamente, siendo violentado día a día, desapareciendo de este mundo. ¿Pero realmente es mi culpa?
Y muchos me dirán que es culpa de él por haber delinquido. Entonces reitero, el COIP no dice que la pena sea ser torturado y desatendido por el Estado. Eso no es pena, eso no es sanción y este, nuestro Ecuador, no puede seguir siendo cómplice de tanta miseria.
¿Que los villanos paguen sus penas? Sí, y con contundencia. Tienen que envejecer tras barrotes ¿Qué la cárcel sea sinónimo de tortura? Eso nunca.
Hoy me voy a dormir sabiendo que por cumplir mi deber con la justicia he mandado a morir a un ser humano. Hoy me da vergüenza ser penalista.