Titulitis, educación y ascenso social
Politólogo. Autor de varios libros sobre democracia, partidos y política latinoamericana.
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La educación se puso fugazmente en el centro del debate la semana pasada. En realidad, el tema no fue la educación como tal, con sus contenidos y sus resultados, sino un episodio relacionado con esta, que provocó una lluvia de sospechas sobre un personaje semipúblico y una universidad. Todo comenzó porque la esposa del presidente de la República había obtenido un título universitario. Las redes sociales se activaron, hicieron cálculos de los días que había estado fuera del país en los últimos dos años, las horas que le quedan libres aparte de su actividad en el desempeño de un puesto que, con reminiscencias cortesanas, seguimos denominándolo de la primera dama. Y sacaron las conclusiones.
El tema no duró más que un par de días y pasó al olvido. No es algo inusual en nuestro medio. Hace algunos años también quedó como algo pasajero la proeza de una presidenta de la Asamblea que hizo su carrera universitaria mientras ejercía sus funciones. A eso se sumó, en ese mismo tiempo, la graduación de toda una familia con una sola tesis, la gran ayuda del Rincón del Vago para que un político en vías de ser vicepresidente obtuviera su título de ingeniero y el cartón falso del primo del presidente que se fue a un matrimonio que aún no termina. Así como ahora, todo eso quedó relegado a la efímera duración de los mensajes mal escritos en las redes sociales.
Si algo significa todo esto es que el tema de la educación en sí mismo no es algo que nos importe como sociedad. Todos esos episodios pudieron convertirse en desencadenantes de una discusión extremadamente necesaria acerca de uno de los problemas más serios que tiene el país, pero nos quedamos en las ramas y los dejamos pasar.
Es innegable que se debe debatir acerca de los privilegios de esas personas, si se llegara a establecer que los hubo, sabiendo que eso cae más en el campo de la corrupción que en el de la educación, pero pudimos aprovecharlo para debatir y buscar soluciones para este último. Casi al mismo tiempo que esto ocurría conocíamos la noticia de estudiantes de medicina que copiaban en los exámenes, como lo hicieron unos colegas de ellos, ya graduados, que quisieron entrar en el sistema de salud argentino. Son nada más y nada menos que los profesionales que deberán salvar vidas (¿será suficiente la inteligencia artificial para controlar un infarto? ¿se podrá copiar en una operación?)
Es evidente que desde hace varias décadas la educación ecuatoriana recorre un camino descendente. La educación pública, por la que transita la mayoría de la población, fue perdiendo la calidad que tuvo en sus inicios. Los índices resultantes de las pruebas que se aplican a nivel internacional le sitúan al país en los niveles más bajos de las tablas comparativas. Ni qué decir del magro número de libros que leemos, que no llega a dos al año en promedio, hasta la casi total ausencia de aportes a las ciencias (e incluso a las artes, que en algún momento fue nuestro fuerte). Obviamente, hay excepciones, pero esas se encuentran sobre todo en las instituciones privadas (dejando de lado a las que graciosamente extienden títulos sin respaldo) y en algunos campos estrictamente técnicos, que son contados con los dedos de una mano.
Es sabido que, además de ser el elemento fundamental para la realización de nuestra condición como seres humanos, la educación es un mecanismo de integración. Una sociedad que disfruta de una educación de calidad tiende a ser una sociedad cohesionada. Pero, en nuestro caso la hemos tratado solo como un mecanismo de ascenso social. Nos importa que el doctor, el licenciado, el ingeniero e incluso el máster vayan antes del nombre, aunque esa condición no esté sustentada por los conocimientos correspondientes. Valoramos el oropel, no el contenido.
Está muy bien que nos indignemos cuando alguien ha obtenido un título sin evidencia del tiempo y el esfuerzo necesarios, pero iríamos al fondo del asunto si nos diéramos el trabajo de mirar al conjunto del problema. Así como la sociedad requiere de un sistema educativo de calidad, la condición actual de nuestro sistema educativo requiere de una sociedad que lo valore, que luche por él y que comprenda que el problema no está solamente en los intentos de ascenso social de una u otra persona.