El baile en la tarima y la comunicación política
Politólogo. Autor de varios libros sobre democracia, partidos y política latinoamericana.
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Cuando se mira los indicadores económicos y sociales del país correspondientes a las últimas cuatro décadas no queda más que concluir que, en el mejor de los casos, ha sido una marcha constante en el mismo terreno. El estancamiento del producto per cápita, esa cifra que mide el crecimiento económico en relación con el tamaño y el crecimiento de la población, nos indica que hemos chapoteado en el lodo. Si nos animamos a analizar lo que ha sucedido con la educación, la salud o la seguridad social comprobaremos que ni siquiera hemos permanecido en el mismo sitio, sino que hemos retrocedido.
La culpa de esa situación siempre la achacamos al gobierno en funciones, cualquiera que sea este. En efecto, nadie puede dudar de que hay mucha verdad en esa afirmación, pero es una verdad parcial. El fondo del asunto está en la manera en que, tanto gobernantes como gobernados, entendemos a la política. En general, la hemos reducido a un juego en que solo hay ganadores y perdedores, no la asumimos como una acción colectiva que debe garantizar la convivencia social.
Para ver por dónde va el tema no es necesario entrar en disquisiciones académicas y más bien cabe ir a algo concreto. Nada más concreto y al alcance de la mano (y de la vista y el oído, porque está en YouTube) que el programa de debate conducido por Jorge Ortiz el viernes 1 de mayo. Allí se enfrentaron con claridad las dos visiones (sin que falte una tercera que oscilaba entre ambas). Quienes sostenían que en la política se deben enfrentar ideas, debatir programas, delinear propuestas de desarrollo fueron apabullados por sus contertulios con el argumento de que así no ganarían jamás una elección.
Estos últimos no solo afirmaron que la política debe despojarse de cualquier contenido, sino que, por el contrario, debe someterse al ritmo de lo efímero, de lo pasajero, reducirse al eslogan de campaña y en última instancia al meme. Explícitamente, la sumergieron en la inmediatez —que rima con estupidez— de las redes sociales. Reflexionar sobre la política, leer o escribir “cuarenta tomos” al respecto es una pérdida de tiempo. Por ese camino no se llega a nada, afirmaron una y otra vez.
Lo más grave de todo el episodio es que quienes se expresaban de esa manera reflejaban la situación que vivimos a diario en el país. Esa es la política que tenemos. Una política despojada de todo contenido, en la que brillan los expertos en ganar elecciones, que son los mismos que tienen todos los recursos para justificar sus fracasos. Son campeones, además, para utilizar como único recurso la rimbombantemente llamada comunicación política, que es la cara más visible del vaciamiento de la política.
La ausencia de ideas, de programas y de acciones concretas se soluciona con el eslogan ingenioso o con la figura impactante. Desde el baile en la tarima con coreografía de narconovela hasta la efigie de cartón, pasando por los payasos en el ascensor del Congreso Nacional, cualquier cosa ha servido para ganar la elección. Y -una vez conseguido el puesto- teletones, sabatinas y lluvia de cuñas diarias han servido para mantener entretenida a una población, que empapada por la lluvia de mensajes perdió su condición de ciudadanía democrática, vale decir, de ser humano activo, pensante, dialogante, discrepante y sobre todo responsable.
Nos admiramos y seguramente hasta nos deprimimos al mirar los indicadores económicos y sociales mencionados al inicio, pero quizás haríamos algo más útil si cerráramos los oídos y los ojos al baile en la tarima y a la mal entendida comunicación política.