El Ecuador de la economía exitosa en el planeta Arízaga
Investigadora. Directora Técnica de Fundación Octaedro. Integrante del Comité Asesor Internacional de The Lancet Global Health y del Consejo Editorial de BMJ Public Health. Asociada a la Cátedra UNESCO de Salud Global y Educación.
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En los últimos días, Alfredo Arízaga, exministro de Finanzas de Ecuador, compartió varias fantasías de Disney sobre la economía en un programa periodístico: que es dinámica, que los vendedores de los espacios de estacionamiento temporal de la Zona Azul pueden ganar mil dólares al mes y que el 60% de 4,8 millones de familias gana 1.500 dólares al mes por lo que serían “prácticamente” de clase media. Probemos la zapatilla de cristal a ver dónde calza.
Si un trabajador de la Zona Azul, que recibe 20 centavos por cada usuario por hora, trabaja 22 días al mes, necesitaría vender 29 boletos por hora en una jornada laboral ininterrumpida. Si una cuadra tiene en promedio seis espacios para vehículos, necesita supervisar constantemente cinco cuadras por hora. Entonces, debemos asumir que no llueve, el flujo de autos nunca baja y el trabajador no descansa ni se enferma. Aun así, ese ingreso imaginado sigue siendo bruto, sin considerar que las condiciones de trabajo no son adecuadas.
En cuanto a la abultada clase media ecuatoriana del planeta Arízaga, si asumimos que su tamaño es realmente tan grande, hay que analizar la realidad de ese ingreso y lo que sucede con ese ingreso. Primero, el ingreso no es líquido; falta descontar la contribución al IESS (si es un empleado formal), el transporte hacia y desde el lugar de trabajo y la (mala) alimentación fuera del hogar. Segundo, si asumiéramos que como mínimo los miembros de la familia ganan el salario básico, es decir, tienen empleo formal, una familia de tres personas donde todas trabajan gastaría al menos 600 dólares en alimentación básica y 350 dólares en arriendo. No le quedaría mucho más para ropa, transporte, productos de limpieza, salud (aun si son sanos, hay que hacerse una limpieza dental de vez en cuando), educación (aun si acuden a una escuela pública, hay gastos conexos), el ocasional libro y el ahorro para algún día hacer el pago inicial de una vivienda propia.
Más allá de estos cálculos informales, Arízaga aduce que 8,64 millones de personas en Ecuador tienen empleo adecuado, formal o informal, es decir, que hemos logrado un verdadero milagro económico. ¿Cómo lo mide? Viajando a Macas, donde ya no ve chozas en la vía, sino casas de cemento y antenas satelitales. Es decir, no usa datos específicos sino su simple observación.
Atribuye este supuesto logro económico a la dolarización, probablemente para posicionarse como su artífice y postularse a hacer lo propio en un país como Argentina. Pero la historia más reciente no le deja llegar muy lejos con esta narrativa. En el año 2000, un enviado especial de la Folha de São Paulo, un periódico brasileño insigne, reportó que Arízaga admitió entonces que la dolarización fue “una medida desesperada” y predijo que la adopción de una moneda en común en todo el continente es “una cuestión de tiempo”. Es decir, la dolarización no es la gran herramienta estratégica que Arízaga empezó a promover como tal recién en 2023. Es un experimento que ha logrado una aparente mayor capacidad adquisitiva en ciertos estratos para hacernos creer, hoy, que no había otra salida a la crisis, ayer.
¿El crecimiento de nuestra economía es limitado y sigue dependiendo de commodities? ¿Somos altamente vulnerables a choques externos y para enfrentarlos debemos acudir a organismos como el Fondo Monetario Internacional? ¿Dependemos todavía de las remesas, que alcanzaron niveles históricos en los últimos años, llegando a sumar hasta 6.500 millones de dólares en 2024, según los economistas, a costa de un doloroso proceso de emigración del país?
La clase media no es clase media si, al carecer de empleo, no tiene ahorro ni capacidad de endeudamiento formal y está empujada al límite. El sector educativo nos ofrece un gran ejemplo de cómo medir la realidad socioeconómica más allá de la ausencia de chozas y la presencia de antenas satelitales. El sistema privado ha perdido más de 71.000 estudiantes en los últimos cinco años y no precisamente porque las familias prefieran el público por su calidad. 64% de los colegios cierran mensualmente con cartera vencida superior al 5% y 16% supera el 20%. Estos números no concuerdan con la bonanza que se vive en la galaxia donde habita Arízaga.