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Xi Jinping espera a Trump sentado y en silencio

Lluís Bassets, El País

Escribe en El País columnas y análisis sobre política, especialmente internacional. Ha escrito ‘El año de la Revolución', sobre las revueltas árabes, ‘La gran vergüenza. Ascenso y caída del mito de Jordi Pujol’ y ‘Les ciutats interiors’.

Actualizada:

13 may 2026 - 05:45

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Sentado y en silencio, como quien espera que pase el cadáver del enemigo por delante de casa, Xi Jinping espera la llegada de Donald Trump a Pekín, mientras el presidente de Estados Unidos persiste en su ruidoso y cada vez más calamitoso protagonismo. Un mes y medio ha corrido desde que fuera aplazado el primer encuentro de su segunda presidencia en razón de la guerra contra Irán. No era cuestión de visitar a un jefe de Estado al que se reconoce como adversario geopolítico, en mitad de las perturbaciones provocadas en el comercio y en la economía mundiales, justo después de asesinar a otro jefe de Estado, como el iraní Alí Jameneí, que ofrecía la ventaja de estar más a mano.

Confiado en la fuerza militar a su disposición, Trump esperaba dejar atrás las hostilidades en seis semanas, aunque había soñado con la caída del régimen en el plisplás de dos jornadas de intensos bombardeos. Finalmente llegará a Pekín con las bolsas y los mercados mundiales de la energía todavía perturbados por el bloqueo de Ormuz. Aunque la guerra puede encenderse de nuevo, al menos no estará ardiendo durante su estancia en Pekín. En mitad de una frágil tregua llena de incidentes y a la espera del acuerdo sobre un mero protocolo de intenciones, la improbable paz definitiva a negociar en 30 días todavía puede traducirse en una derrota política.

Nada ha mejorado desde la cita aplazada, justo al contrario: Trump llega más debilitado, lenta pero inexorable caída en las encuestas de opinión, con sus conciudadanos cada vez más hostiles a la contienda librada en Oriente Próximo, los europeos definitivamente distanciados y sus aliados árabes peleados entre sí por la guerra, todos descontentos con Washington por los efectos económicos de una decisión en la que han contado más los bajos instintos del extremismo israelí que la voz y los intereses de los países de la región. El belicismo trumpista es ahora un activo tóxico para sus más fervientes simpatizantes europeos, como Viktor Orbán, que lo pagó en las urnas y perdió el Gobierno, o la primera ministra italiana, Giorgia Meloni, indignada por los ataques al Papa, e incluso los dirigentes de la extremas derechas francesa y británica en ascenso.

En un momento histórico tan delicado, cuando los dirigentes de las principales democracias europeas tienen dificultades para hacer frente a sus disparates en cadena, han sido Carlos III de Inglaterra y Robert Prevost, titulares de las dos monarquías más antiguas del mundo, quienes le han castigado con mayor autoridad y firmeza, no tan solo internacionalmente, sino de cara a la opinión pública católica de su país. La doble, rotunda y merecida descalificación en campo propio y en inglés, su propia lengua, le ha llegado por parte del titular de la monarquía que más admira con el discurso del rey en el Capitolio, pero también es de la cúspide de la institución milenaria dirigida por el papa estadounidense.

No será el secretario de Estado, Marco Rubio, quien pueda enmendar tantos desperfectos del presidente desatado en unos pocos días, tal como ha intentado con su peregrinación discretamente penitencial a Roma. Si nadie lo remedia, Trump llegará a Pekín con una mochila cargada de fracasos y carencias en vez de victorias y acuerdos de paz con los que vestir las exigencias de su pax trumpista. A ojos de China, Trump ha convertido a Estados Unidos en una superpotencia irresponsable capaz de desestabilizar la economía global y conducir el mundo a una peligrosa escalada bélica optativa. No es precisamente Zelenski quien se ha quedado sin cartas para la partida de póquer multipolar, sino quien le echó en cara su carencia de bazas en la humillante encerrona del Despacho Oval.

Hay pocas dudas de que Xi Jinping aprovechará esta circunstancia tan favorable. Nadie deja pasar una oportunidad como la que tiene China, perjudicada por los efectos inmediatos de la guerra pero preparada para una fructífera cosecha geopolítica en el plano económico, también respecto a Taiwán. Con un presidente errático y voluble, ahora tan desgastado, la cumbre puede desembocar en un cambio de posición de la Casa Blanca respecto a la independencia de la isla. Para Trump solo hay un pequeño paso entre no apoyar la independencia, que es la posición tradicional de Washington, a oponerse a ella abiertamente, como desea Pekín para tener a tiro la anexión en principio pacífica que Xi Jinping quisiera conseguir bajo su presidencia. Si tal fuera el caso, este viaje sería una culminación y una rendición, muy acorde con la idea de soberanía de Trump respecto a Crimea y a Israel, pero también a Groenlandia, Canadá y Panamá, regida por la Doctrina Monroe que reivindica y favorece la hegemonía territorial según las áreas de influencia geográfica surgidas de un reparto acordado entre las superpotencias.

Contenido publicado el 9 de mayo de 2026 en El País ©EDICIONES EL PAÍS S.L.U.. Se reproduce este contenido con exclusividad para Ecuador por acuerdo editorial con PRISA MEDIA.

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