El indiscreto encanto de la política
El viejo truco del menos malo
Catedrático universitario, comunicador y analista político. Máster en Estudios Latinoamericanos por la Universidad de Salamanca.
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La reciente columna de Carlos Andrés Vera, titulada 'No son lo mismo', sostiene que equiparar al gobierno de Daniel Noboa con el de Rafael Correa constituye una "peligrosa distorsión" política e histórica.
Vera argumenta que, pese a errores y hechos graves de la actual administración, existen diferencias sustanciales frente al correísmo, particularmente en la forma de enfrentar la corrupción, el crimen organizado y la relación con la prensa crítica.
Vera tiene razón en varios de esos puntos. Pero el problema de fondo es otro.
La discusión democrática no debería plantearse como una competencia sobre quién fue "más autoritario" o quién es "el menos malo". La institucionalidad no se evalúa de forma comparativa, sino normativa.
Bajo la lógica del "antes fue peor", toda señal de deterioro termina relativizándose: si hoy existe menos presión sobre la prensa que en el pasado, cualquier presión presente deja de parecer preocupante; si hay menos concentración de poder que en la década correísta, la concentración actual se vuelve aceptable.
En esa lógica, cualquier gobierno puede justificar sus excesos señalando que hubo uno peor en el pasado. Es un estándar peligrosamente bajo para una democracia.
Hay, además, un problema de asimetría temporal en el análisis del columnista. Correa gobernó diez años; Noboa lleva menos de tres. Comparar un proceso político consolidado con otro todavía en desarrollo produce conclusiones prematuras.
Los autoritarismos rara vez llegan de golpe: se construyen por acumulación, normalizando pequeñas expansiones del poder hasta que los límites institucionales comienzan a diluirse.
El debate serio no exige afirmar que ambos gobiernos son idénticos. No lo son. Pero tampoco implica que criticar al oficialismo equivalga a defender al correísmo.
Esa polarización binaria, que noboístas y correístas alimentan por igual, empobrece la discusión pública y anula la capacidad crítica de la sociedad. Las democracias no se deterioran solo cuando aparece una ruptura autoritaria; se deterioran también cuando la ciudadanía aprende a tolerar pequeños excesos institucionales porque aún no alcanzan el tamaño de los del pasado.
Ese es el verdadero riesgo: no que Noboa sea Correa, sino que sigamos midiendo la democracia ecuatoriana en función del menos autoritario o del menos malo.