De la Vida Real
El álbum del mundial
Es periodista y comunicadora. Durante más de 10 años se ha dedicado a ser esposa y mamá a tiempo completo, experiencia de donde toma el material para sus historias. Dirige Ediciones El Nido.
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Sabía, sabía desde hace cuatro años que esto se iba a repetir. Y eso que juré que esta vez no me involucraría. Les advertí a los hombres de la casa, a mi marido y a mis hijos: “Este mundial no cuenten conmigo para lo del álbum. Es una gastadera de plata, me toca llevarles a los centros comerciales para que intercambien cromos, me toca comprar los cromos especiales. Esta vez no cuenten conmigo”. Así les dije. Firme. Convencida.
Y me mantuve firme hasta el martes pasado. No entiendo qué técnica de manipulación implementaron mis hijos, pero de alguna manera terminé en el centro comercial, encantada, comprando el álbum de pasta dura y una caja de cromos. Total a pagar: 139 dólares. Bravísima, les dije que con esa plata hubiéramos hecho las compras del mes, que se olvidaran de estarme pidiendo sobres, que nada de cromos adicionales.
Pero qué va. Fui al súper y les compré cinco sobrecitos. Fui a la farmacia y caí solita con cinco más.
No hay nada más hermoso que llegar a la casa y decirles: “vean lo que les traje”. Los cuatro —mi marido, los dos guaguas y la Amalia— abren el sobre rezando para que no vengan repetidos. Es todo un ritual abrir cada sobre.
En la mesa, antes de almorzar, le di un sobre a cada uno y yo me quedé con el último, el primero que abría hasta ese día.
Al Wilson le tocó primero: “Miércoles, todos repetidos. Ya no compres más cromos, Chi”, me dijo frustrado.
Al Pacaí le tocó después: chilló como loco porque le salió un cromo especial. Lo del álbum no lo entiendo del todo, está lleno de códigos y rarezas que prefiero no preguntar porque me explican durante horas; igual no he de entender.
Al Rodri le tocó luego: todos repetidos, pero gritaba igual, como si ese cromo nunca lo hubiera visto en su vida. Y el Pacaí le decía: “Ñaño, cálmate, de ese man tenemos como cuatro”. Y el Rodri: “No importa, loco, luego le cambiamos”.
Ya me veía afuera de los centros comerciales, cambiando cromos bajo el sol.
Le tocó a la Amalia: “¡Me tocó Pacho!”. El Pacaí y el Rodri le arrancharon. Se abrazaban, le besaban al cromo, y yo no podía creer los hijos que estoy criando. Le besaban a un pedacito de papel brillante y le agradecían a la Amalia como si hubiera obrado un milagro.
Llegó mi turno. El Wilson, de chiste, dijo: “Atentos, niños, que a la mami le sale Messi”.
Abrí el sobre. Todos repetidos. El último era Messi.
Nadie me creyó, y yo no podía de la risa. Era el cromo de Messi y mi familia enloqueció. No entendía si debía emocionarme, avergonzarme o simplemente levantar el cromo como trofeo.
Los guaguas me arrancharon y mi marido gritó: “¡Cuidado se arrugue o le rompan!”. Sentí que tenía el poder en mis manos. Mis hijos me llenaron de besos y agradecimientos como si yo hubiera metido el gol.
No entendía cómo un simple cromo que sale al azar podía darnos un momento de tanta emoción. Hasta yo estaba que saltaba de felicidad.
La Amalia me dijo: “Ma, a las que menos nos interesa el fútbol nos tocaron los mejores cromos. Creo que mientras menos interés le pones a algo, la suerte te llega”.
Y así estamos, la familia entera, atentos a cada sobre. Ellos me piden que no compre más hasta terminar de pegar los que tienen. Pero la tentación y la felicidad que me da llegar a la casa y repartir un sobre a cada uno no tiene precio. Cada uno se alegra a su manera.
Lo que no quiero es terminar en los grupos de Facebook pidiendo y cambiando cromos. Eso sí me parece horrible. Pero mejor no digo nada, porque mis “nunca más” siempre terminan en un “bueno, pero solo esta vez”.
También sé que muy pronto estaré con los guaguas afuera de los centros comerciales, conversando con otras mamás mientras los niños intercambian sus famosos repetidos bajo el sol.
Ellos aman el fútbol, y yo les amo a mis hijos. Solo el amor es capaz de mover tanto por un puto álbum que sale cada cuatro años.