Un poeta: ayer, hoy y siempre
Escritor, abogado, profesor universitario y aficionado a las montañas.
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El cineasta colombiano Simón Mesa Soto ha logrado una película preciosa. Un poeta (2025) aborda la historia de Óscar Restrepo (el actor, genial, es Ubeimar Ríos), un creador de poesía venido a menos, uno que alcanza a duras penas a ser la sombra, alcohólica, de la joven promesa de las letras que años atrás ganó algún premio. No tiene trabajo, vive con su madre, no ha sido capaz de ejercer la paternidad con su única hija y piensa, obsesivamente, en la muerte o en el maestro José Asunción Silva, que es lo mismo, pues se trata de la máxima figura de la literatura colombiana del siglo XIX, quién, sumido en la tristeza, se suicidó en Bogotá a los 30 años.
Restrepo, más que un poeta contemporáneo, es un aedo. Eran los poetas cantores de la antigua Grecia, previos a los rapsodas, que componían poesía épica para cantarla en tiempos en que la poesía era, por sobre todas las cosas, una actividad pública y no estaba relegada al ámbito dizque privado de los sentimientos. El aedo ya no recita en el ágora, sino en las solitarias calles de Medellín, de madrugada, borracho y solo. Si en el mundo helénico era una actividad fundamental de la vida social, en el presente parecería ser sinónimo de fracaso. Por medio de Restrepo la poesía busca volver, desesperadamente, al espacio público, pero es recibida con sospecha, incomprensión y repudio. Por eso, su familia, le insiste que acepte un trabajo de profesor en una escuela.
La película topa algunos de los temas relevantes de la movida cultural contemporánea: por ejemplo, el intento, también desesperado, de producir una poesía, o una actividad artística en general, que pueda responder a las necesidades del mercado. Escribir, no desde una pulsión que desborda al poeta, sino lo que está en tendencia y, por tanto, lo que podría servirse, fácilmente, de operaciones de márquetin. Lograr, pese a todo, que los poetas puedan sobrevivir en un capitalismo en donde los libros de poesía no tienen consumidores que hagan viable su sistema de producción.
Y, sin embargo, la poesía sigue siendo una ventana a la crudeza de la realidad: un Medellín en donde parte de su población sobrevive sin opciones de futuro, en hacinamiento, con embarazos adolescentes y, como diríamos en el Ecuador, bajo la lógica de la viveza criolla. Y con el humor, que es indispensable para aguantar lo que no se aguanta. En uno de los eventos, un poeta indígena discute con una poeta feminista sobre cuál de esos colectivos está más violentado, como si fuera necesario establecer quién es más precario y, por tanto, quién tiene más derecho a alzar su voz con indignación. En todo caso, ese debate es un resplandor que se plasma en el lenguaje y tiene que ver con cómo sentimos al mundo desde las distintas realidades.
Me parece, entonces, que la película de Mesa se pregunta sobre el rol del poeta y de la poesía en la América Latina de hoy, con todos sus problemas estructurales, en la que quienes defienden la supuesta alta cultura (despreciando, por ejemplo, el reguetón) son quienes más lejos están de consumir las producciones de los poetas, que deben buscar trabajos accesorios para sobrevivir. Por ejemplo, disfrazarse de profesores o periodistas. Buscar apoyo de la cooperación internacional. Dar algún taller o concursar por algún fondito o beca para llegar a fin de mes. La imposibilidad, a fin de cuentas, de ganarse la vida haciendo aquello que aman y consideran fundamental.
Y lo que hace la película, en realidad, es recuperar el sentido de la poesía en la vida. Y eso tiene un alcance universal, que trasciende tiempos y espacios. Oscar Retrepo es, en el fondo, la necesidad de habitar el lenguaje conscientemente, sin anestesia. No como autómatas. Y es que todos los desafíos importantes, y los descubiertos importantes, están en el lenguaje. En las cosas que decimos, que callamos, en las palabras que recordamos y las que nos sostienen en las noches oscuras del alma. En la posibilidad, definitiva, de preservar la convicción de que la vida tiene sentido, pese a los golpes, los derrumbamientos, las rupturas o la enfermedad y la muerte de quienes más amamos. Pues ante la existencia humana, está la poesía, ayer, ahora y siempre. Con su fuerza y su lucidez. Y es que todos quisiéramos que nuestra vida sea, a pesar de los pesares, un poema feliz.