Cómo se dilapida una carrera y se afecta a una ciudad
Politólogo. Autor de varios libros sobre democracia, partidos y política latinoamericana.
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Pabel Muñoz perdió la que seguramente será la última oportunidad para que la ciudadanía le otorgue una calificación medianamente positiva a su gestión. De paso, redujo significativamente las posibilidades para la reelección, a la que aspira con una anticipación que le perjudica. El viento se llevó sus anuncios de no permitir que los transportistas se desquiten con los ciudadanos. No duró más de unos minutos su rechazo a dialogar bajo imposiciones e ilegalidades. Su capitulación fue maquillada con el archiconocido eufemismo de la instalación de mesas técnicas en las que, como es norma en nuestro medio, se tratará únicamente el monto de la tarifa y se mantendrá todo el caos de la transportación urbana.
Nadie puede decir que se trata de un problema menor, pero tampoco se puede afirmar que no tiene solución. Los expertos en ese campo han presentado múltiples soluciones para cada uno de los diversos temas que configuran el problema. La redefinición de rutas, la caja común, la tarifa única e incluso las diversas modalidades de municipalización del transporte cuentan con estudios técnicos que, si bien deben ser actualizados, jamás se ponen sobre la mesa en las famosas mesas de diálogo. En estas ni siquiera se sugiere que se respeten las paradas o que moderen la competencia de velocidad que escenifican a diario los pomposamente llamados profesionales del volante.
Que no es un problema generado por el municipio, dijo el alcalde Muñoz. Esa es una excusa infantil que no corresponde a una persona que tiene larga trayectoria en cargos públicos. La discusión no es sobre el origen actual del problema —que viene planteado por los transportistas y tiene como único tema a las tarifas—, sino sobre el modelo de gestión del transporte vigente en la ciudad. Y en ese aspecto el municipio no es un observador externo, es parte del problema. Si un tecnócrata con larga experiencia no asume esa realidad, entonces ya sabemos lo que tendremos como fruto del diálogo al que sumisamente se ha sometido.
Más allá del funcionario público, su condición de político que quiere prolongar su carrera debió impulsarle a escoger un camino alternativo. Amparado en el artículo 326 de su admirada Constitución podía contar con la fuerza suficiente para imponer el orden. La ciudadanía quiteña lo habría apoyado si él hubiera decidido asumir el problema en toda su dimensión. No se puede descartar que todas esas personas que son maltratadas diariamente lo habrían aplaudido, como lo hicieron con el alcalde Mahuad cuando los mismos transportistas quisieron boicotear las operaciones del trolebús. Varios días de incomodidades sirvieron para demostrar que, con su esfuerzo, la ciudad pudo dar un paso trascendental. En casos como el actual, la gente sabe que el caos y la incomodidad de unos pocos días es un costo menor frente a los logros que se pueden alcanzar.
Es muy probable que este episodio haya barajado nuevamente las opciones para la elección anticipada de noviembre. El exalcalde Yunda debe estar frotándose las manos y varios coidearios de Pabel Muñoz no dejarán de hacer cálculos y de buscar la manera de llegar hasta el líder para ser los escogidos para la candidatura. El magro veinticinco por ciento que le permitió alcanzar el cargo debe haber perdido buena parte de su valor y con toda seguridad lo perderá aún más cuando se conozca el resultado de las mesas técnicas de negociación. Mucho más si el resultado es, como se puede prever, el incremento de las tarifas o esa forma escondida de esta, que es el mayor monto de los subsidios.
Más allá de uno más de los alcaldes que fracasan en este tema, cabe preguntarse si en la elección que está a la vuelta de la esquina habrá una opción que aporte un mínimo de optimismo.