Proyectos pobres para pobres
Politólogo. Autor de varios libros sobre democracia, partidos y política latinoamericana.
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Las redes sociales se llenaron de memes cuando la asambleísta Paola Cabezas justificó su oposición y las de su bancada a una ley destinada a impulsar la educación financiera. “La gente se educa financieramente cuando tiene plata. Suban los sueldos, denle dignidad a la gente”, fue la frase que provocó críticas y burlas (en realidad, no dijo denle, sino “delen”, pero dejemos la gramática para otro momento). Como es costumbre en un país en que los discursos políticos están plagados de exabruptos, el tema quedó relegado a lo anecdótico y apenas será recordado como una expresión más del paupérrimo nivel de quienes ocupan los más altos puestos de representación ciudadana. En realidad, en una afirmación como esa se encierra una concepción de la sociedad y de sus prioridades que merece un tratamiento más serio.
La absurda relación que establece entre el nivel económico de las personas (la disponibilidad de plata) y la educación financiera fue el primer tema que saltó a la vista. Al respecto solo cabe señalar que esa es una versión primitiva del dilema del huevo y la gallina. ¿Es necesaria la plata para después tener instrucción financiera o se precisa de esta para conseguir la plata? No, no es un dilema, es una verdadera tontería. No son términos excluyentes. Pero, incluso suponiendo que existiera la relación que señala la asambleísta, no se encuentra el motivo para que una organización que se dice de izquierda se oponga a una ley que no empeoraría la situación actual.
Otro aspecto que está planteado como otra disyuntiva es la relación entre los sueldos y la dignidad de la gente. En otros términos, sin sueldos adecuados no habría dignidad. Esta última no sería una condición innata del ser humano, que debería ser reconocida independientemente de su condición económica. No, para tenerla en el mundo ideal de la asambleísta sería necesario recibir un sueldo adecuado. Sorprende, además, que esa afirmación se lance en un país en que apenas un tercio de la población económicamente activa tiene un empleo formal, vale decir, recibe un sueldo. Desafortunados los dos tercios restantes, sin sueldo y por tanto sin dignidad.
Más allá de lo anecdótico que pueda parecer, en el fondo de ese tipo afirmaciones se encuentra una concepción de la pobreza y de las políticas sociales que es generalizada en los grupos más retrógrados de las izquierdas. Es la visión que idealiza a la pobreza, no solo como una condición socioeconómica, sino como un factor político que conviene mantenerlo. Basta recordar la calificación despectiva de “florindos” para referirse a quienes han logrado abandonar la situación de pobreza. Según la abigarrada reflexión del líder, coreada animosamente por sus seguidores, al alcanzar esa nueva condición les dan la espalda a quienes fueron sus salvadores y votan en su contra. No es extraño que denuesten a quienes han surgido económicamente, sobre todo si son indígenas.
Esa visión empata perfectamente con la orientación que predominó durante algunos años en América Latina, y que buscaba superar la pobreza mientras mantenía sus características sociales, culturales y organizacionales. Con una equivocada comprensión de las tecnologías apropiadas y de los saberes ancestrales, en el sector rural se promovía el uso de la leña que deforestaba el propio entorno y que ofrecía magra energía para la cocción de los alimentos. En las áreas urbanas se ponía al frente de los programas de alimentación escolar a las mismas madres que debían multiplicarse en sus tareas y que reproducían pautas contrarias a los objetivos que se perseguía. Eran programas pobres para pobres.
La superación de la pobreza exige eliminar lo que en el siglo pasado Oscar Lewis denominó la cultura de la pobreza. Es un círculo que se reproduce y se retroalimenta hasta convertirse en una forma de vida del que es imposible salir si no es con una política integral.