El valor de la virtud
Es Directora ejecutiva de CRISFE. Internacionalista y máster en Educación Especial. Fue ministra de Educación y especialista de educación en UNESCO para la región andina.
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Muchos nos hemos enfrentado, en algún momento, a una decisión incómoda: hacer lo correcto o hacer lo conveniente. Recuerdo que, cuando estaba en el colegio, durante un examen, la tentación aparecía casi de forma automática: mirar de reojo, susurrar una pregunta al compañero que siempre sabía la respuesta o arriesgarme a contestar mal. En esa decisión, aparentemente insignificante, se jugaba algo mucho más profundo que una nota: se definía, silenciosamente, el tipo de persona que somos o que aspiramos a ser.
Todos los días, las decisiones que enfrentamos nos colocan frente a esa disyuntiva. La fortaleza del carácter no se mide cuando hacer lo correcto resulta fácil, sino cuando hacerlo es complicado, difícil o incómodo.
Esta tensión entre lo bueno y lo conveniente no desaparece con los años; por el contrario, se vuelve más compleja y trascendente. En el ámbito profesional, las decisiones dejan de ser triviales y empiezan a tener impacto en otros. Durante mis años de gestión en el servicio público, me vi enfrentada en varias ocasiones a dilemas de esta naturaleza: levantar la voz frente a decisiones con las que no estaba de acuerdo, o pensar que no eran mi responsabilidad directa y guardar silencio. Ambas opciones podían justificarse. Sin embargo, hasta hoy sostengo que existe una obligación ética de no mirar hacia otro lado cuando se identifica una injusticia, por pequeña que parezca. La omisión, aunque silenciosa, también forma carácter.
Esta reflexión nos conduce a una pregunta de fondo: ¿qué significa realmente educar el carácter? De acuerdo con el Jubilee Centre for Character and Virtues, la educación del carácter implica el desarrollo intencional de virtudes que permiten a las personas vivir bien y contribuir al bien común. No se trata simplemente de transmitir normas o enseñar contenidos, sino de formar disposiciones internas que orienten la conducta incluso en ausencia de supervisión.
Aquí conviene hacer una distinción conceptual que no siempre está clara en el discurso educativo contemporáneo. La tradición filosófica, desde Aristóteles, ha entendido las virtudes como hábitos adquiridos mediante la práctica: disposiciones estables del carácter que permiten elegir el justo medio entre extremos. La valentía, por ejemplo, no es una declaración, sino una forma de actuar repetida en situaciones concretas. En contraste, la noción moderna de “valores”, ampliamente difundida en el lenguaje educativo contemporáneo, suele referirse a principios o creencias que las personas consideran importantes. El problema es evidente: alguien puede afirmar que valora la honestidad y, sin embargo, actuar de manera deshonesta.
Este matiz no es menor. Si la educación del carácter se limita a la enunciación de valores, corre el riesgo de convertirse en un ejercicio sin impacto real en la conducta. Por el contrario, si se orienta al desarrollo de virtudes, implica necesariamente práctica, repetición, ejemplo y reflexión. Por lo tanto, formar buenas personas no puede limitarse a una asignatura en la que se leen o memorizan valores; requiere generar contextos donde la virtud pueda vivirse.
En este proceso, la familia cumple un rol insustituible. Es el primer espacio donde se experimentan la bondad, la justicia, la empatía y la responsabilidad. En la convivencia cotidiana se forman los primeros hábitos del carácter. La escuela, por su parte, tiene la responsabilidad de sistematizar y ampliar este aprendizaje: dar lenguaje a las virtudes, propiciar oportunidades para practicarlas en contextos diversos y promover la reflexión sobre las decisiones tomadas. Sin embargo, cabe cuestionar hasta qué punto el sistema educativo actual logra realmente evaluar y desarrollar estas dimensiones.
Me interesa especialmente la propuesta del proyecto Dandelion, impulsado por la Fundación Varkey, que plantea marcos prácticos para la enseñanza del carácter y propone un acrónimo fácil de recordar: BICEPS —benevolencia, integridad, competencia, excelencia, presencia y servicio—. Vale la pena explorarlo con mayor profundidad, porque ayuda a traducir una discusión filosófica en prácticas concretas dentro de la escuela.
La educación del carácter no busca formar individuos que simplemente cumplan normas, sino personas capaces de actuar con rectitud cuando nadie las observa. En una sociedad que enfrenta desafíos éticos cada vez más complejos, esa puede ser, quizás, la lección más urgente.