Corazón
Escritor, abogado, profesor universitario y aficionado a las montañas.
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Heráclito de Éfeso creía que nadie se baña dos veces en el mismo río. Me parece que las montañas, por el contrario, suelen preservar un sentido de permanencia, incluso si es la primera vez que se las visita. En los cerros siempre hay un volver, como con el mar. Pero, ¿qué es ir a una montaña? ¿Peregrinar? ¿Buscarse a uno mismo entre la paja, la morrena y la roca? ¿Atacar una cumbre o dejar que la cumbre te envuelva, te disuelva, te haga polvo? ¿Contemplar el mundo desde la altura o la niebla que te nubla y rodea? ¿Hacerte uno con la bruma, con la montaña, con el mundo? Quedarse, en todo caso, sin aliento. Sentir, otra vez, una vez más, como tantas otras veces, que ya no se puede más, ni un solo paso. Y, sin embargo, poder hacerlo. Lograr que el aire y el acto de respirarlo sea una fuerza más allá de toda lógica. Sentir los latidos del corazón como si fueran un temblor de la tierra. Abrazar la altitud del Corazón, con sus 4.790 metros sobre el nivel del mar.
A diferencia de sus vecinos icónicos, el Corazón es un volcán discreto. No busca imponer su presencia en el paisaje. Deja que los gigantes sean y él acompaña. Hay una sensación antigua cuando se observa su forma, de macizo redondeado y erosionado, y se piensa en su nombre. Es como si una elocuencia hiciera que esa forma, de loma amigable, sea absolutamente compatible con el concepto de corazón, tanto como órgano del cuerpo y como repositorio de todo aquello que uno siente y llama afectos. Lady Macbeth, tras el asesinato del rey Duncan, que ella fraguó, condensa la energía de ese momento dramático en estas palabras: “Mis manos son de tu color; pero me avergüenzo de llevar un corazón tan blanco”. Javier Marías, tan querido y extrañado, utilizó ese verso de Shakespeare para darle título a una de sus novelas más fascinantes, ‘Corazón tan blanco’. A veces, cuando el clima pinta de nieve la poderosa cumbre del Corazón, pienso en el verso de Shakespeare y en la novela de Marías.
Continué caminando, pese al agotamiento. Respiré, una y otra vez. Había mucha neblina o humo o no sé qué (Rulfo). Era mi primera vez en el Corazón y la primera ocasión, después de varios años, en que conquistaba una nueva cima. El volcán, noble, generoso y paciente, como su nombre, me acogió a pesar de la agitación de mi propio órgano muscular bombeador de sangre. Cerati, el cantante que mi madre más ha amado, hablaba de un señuelo. De algo oculto en cada sensación. Del hecho de descubrirnos débiles, vestigios de una hoguera o de un océano de fuego. Porque todo corazón se vuelve delator, como pensaba Poe, en el momento menos pensado. El corazón no miente, dice Drexler. Así lo sentí en las alturas. Era como si el mundo tuviera un ritmo que nacía de sus entrañas y entraba por mis oídos. Poco tardé en descubrir que ese ritmo no venía de afuera, sino de adentro. De mis arterias. De mis latidos. De un volver al cuerpo, a su realidad tan limitada como extraordinaria. Al tiempo presente de esos latidos. Al hecho de estar vivo en el aquí y el ahora, aunque un poco más viejo.
A veces la altura no sirve para ver el mundo, sino para saber que has llegado al lugar al que te has propuesto, a pesar de la niebla. La visión en ocasiones es solo el acto de seguir. Incluso de escuchar. Las montañas dicen cosas. Son lecciones. A veces recordatorios. Y nosotros multitudes diminutas y efímeras que trepan por piedras milenarias. Corazones que se arman de valor. Como el de Joseph Conrad, que exploró las tinieblas. Y es que el corazón es un cazador solitario, como sostenía Carson McCullers, pero también sabe que mañana puede ser más bonito, como el de Karol G. Y como el mío, que sigue subiendo montañas, para pensar, para olvidar, para recordar, para abrazar las nuevas etapas de mi vida y de mi escritura. Para volver al cuerpo, al centro, al propósito. A la compasión. A la fragilidad y al valor. Al hecho de seguir. Como siguió Ulises, en el canto XX, cuando regresa a Ítaca, y descubre que su mundo amado estaba en decadencia. Ya no había lealtad. Había perdido demasiado. Siente una mezcla de furia, pena y agotamiento. Se ve a sí mismo vestido de andrajos y viejo tras veinte años de errancia. Entonces, como recuerda Susana Fortes, siente un impulso de amor propio, se pone de pie y sigue. Pronuncia dos palabras, que lo salvan: “Aguanta, corazón”. Ese canto, diría Roberto Bolaño, es nuestro amuleto.