Monumento a la Chatarra II
Pablo Cuvi es escritor, editor, sociólogo y periodista. Ha publicado numerosos libros sobre historia, política, arte, viajes, literatura y otros temas.
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A principios de los años 60 hubo un caso de corrupción muy sonado por la compra de material militar obsoleto y con sobreprecio que involucraba a ministros y militares del IV velasquismo. Fue denominado “el caso Chatarra”, caso que nunca se aclaró del todo. Como una forma de mantener viva la denuncia, el abogado Cevallos Salas adquirió uno de esos tanques de guerra inservibles en una subasta y lo donó a los estudiantes de la Universidad, que lo colocaron en la loma del ingreso a Jurisprudencia, frente al mural de Guayasamín. Fue conocido como el Monumento a la Chatarra y estuvo allí hasta 1970, cuando, por orden de Velasco Ibarra, los militares invadieron la UC y de paso se llevaron esa pieza vergonzosa.
Si hubiera sido un monumento intocable y permaneciera todavía en su lugar, sería un recordatorio flagrante de ese escándalo de corrupción del siglo pasado.
Pues eso es lo que va a suceder con el proyecto de museo mañosamente seleccionado y abanderado por el ministro Roberto Luque, que no es un experto precisamente en museología y arte, como tampoco los fue en turbinas eléctricas. Proyecto este del MuNa al que algunos quiteños de a pie ya empiezan a llamar el Museo Progen.
Sabemos que un apodo de esos no se borra con nada: basta recordar al edificio La Licuadora ubicado en San Blas. De manera que la memoria de la compra de las turbinas que eran chatarra y que también fue abanderada por el ministro Luque, durará muchos años más que las piezas arqueológicas que supuestamente protegerá el museo, pues éstas perecerán tarde o temprano con el agua filtrada o con el primer sismo que cuartee las bases del mamotreto.
Se ufanaba el ministro esta semana, en una entrevista, que la planta baja estará integrada al espacio público del parque, la calle y el metro, y uno se pregunta cómo protegerán a las piezas de un estallido vandálico, por ejemplo, o de un robo bien planificado. ¿Se dará cuenta el presidente Noboa del peligro que entraña semejante legado para su imagen futura el rato en que pase algo grave?
Hablando de legados envenenados, en una entrevista reciente a Andrés Vallejo –que inició su carrera política como concejal de la alcaldía de Sixto Durán– Vallejo calificó al monumento del Panecillo como “una barbaridad, un atentado contra la Virgen de Quito...que lamentablemente se ha convertido en ícono de la ciudad”.
¿Qué había pasado? Pues que, sin consultar con el Concejo, Sixto hizo su arreglo con los curitas y nos dejó ese legado de lata, al que se suma el deplorable mural del Consejo Provincial que encargó la prefecta Pabón a su correligionario Pavel Égüez, lo que demuestra que la izquierda con comillas y los curuchupas cojean de la misma pata cuando se trata de imponer sus visiones arcaicas y antiestéticas a los sufridos quiteños.
Ni siquiera cuando pretenden ser imparciales salen bien librados: cuando el alcalde correísta Augusto Barrera consultó a los quiteños sobre el nombre del flamante aeropuerto de Tababela, ganó con justicia el prócer quiteño Carlos Montúfar. Pero el caudillo supremo declaró que él no aceptaba el nombre de un pelucón y ordenó que se mantuviera al general venezolano Sucre. (Menos mal que no era don Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar Ponte y Palacios Blanco, tan pelucón como Montúfar).
Para no ser menos, el mismo Correa, al final de su mandato, ordenó adecuar un museo para perpetuar su memoria y sus medallas en el palacio de Carondelet, vanidoso atropello que Lenín Moreno desmontó de un tajo.
Como todo está conectado, el pasado con el futuro y el Ecuador con la capital imperial, allá, la megalomanía de Donald J. Trump le llevó a imponer su nombre en el Kennedy Center y ver luego cómo un juez ordenaba quitar las letras.
Quiere también Donald elevar un Arco del Triunfo semejante al arco de París que honra a las victorias militares de Napoleón y sus generales. La diferencia es que Napoleón era un genio militar que ganaba batallas en un día mientras Trump eludió el servicio militar. Además, mandó demoler el ala este de la Casa Blanca para construir allí un fastuoso salón de baile que, lo dijo el otro día, es un legado para que lo disfruten los siguientes presidentes, junto con un helipuerto con el que terminará de destrozar la sobria y equilibrada imagen que tenía el histórico edificio.
Da bronca que personas sin el menor criterio estético, solo porque tienen el poder político para hacerlo, aquí y allá, alteren el paisaje urbano con cualquier esperpento monumental. Por esta razón, para impedir tales abusos, es que se convoca a concursos internacionales de expertos en arquitectura, museología y arte. Y son ellos los que deben sustentar su elección. Lo otro es populismo de diverso color o simplemente negocio.
Como antídoto, si no fueran tan grandes y pesadas, algún artista audaz podría conseguir una de esas turbinas eléctricas, pintarla a su manera e instalar en el terreno del nuevo museo el Monumento a la Chatarra II.