En sus Marcas Listos Fuego
El ocaso de los expertos
PhD en Derecho Penal; máster en Creación Literaria; máster en Argumentación Jurídica. Abogado litigante, escritor y catedrático universitario.
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Se trata de un fenómeno mundial: el conocimiento agoniza. ¿El causante? Las redes sociales. ¿El veneno? El populismo. De todo esto hablaremos hoy.
Para abordar este tema utilizaré como excusa el famoso proyecto arquitectónico del Museo Nacional que ha quedado en nada.
Para empezar esta tertulia unidireccional, empezaré con una confesión: a mí me encantó el diseño ganador. Me parece una joya arquitectónica. Limpia, simétrica, bellísima, imponente.
De hecho, creo que los críticos del proyecto tienen todo menos buen gusto y visión. ¿Y saben qué? Es irrelevante. Si algo aquí importa un comino es lo que yo opine. Si algo vale un rábano es lo que opinen ustedes. Irrelevante en su máxima potencia.
Todos nosotros tenemos derecho a la libertad de expresión y a dar nuestra opinión. A lo que no tiene derecho el gobierno es a pararnos bola.
¿Saben por qué? Porque ninguno de nosotros (los no arquitectos) hemos estudiado historia y teoría de la arquitectura, estructuras, sistemas constructivos y materiales, urbanismo y planificación, geometría, física aplicada en acústica, iluminación, confort térmico, instalaciones eléctricas, sanitarias y de climatización, sostenibilidad y diseño bioclimático, etcétera, etcétera y mil etcéteras más.
Somos unas loras ignorantes. Ignoramos lo que un arquitecto conoce y, pese a eso, nos presentamos con la falsa autoridad de nuestra lengua a criticar o a alabar lo que no entendemos.
¿Saben qué ha ganado Alberto Campo Baeza y ustedes no? Él ostenta la Medalla de Oro de la Arquitectura, ganó el Premio Nacional de Arquitectura de España y ha sido descrito internacionalmente como una referencia mundial de la disciplina; suma, además, el Premio Piranesi de Roma y el International Fellowship del Royal Institute of British Architects y, por si fuera poco, ganó el primer premio para diseñar el Centro de Conservación del Museo del Louvre en Lievin, Francia.
Sí, mis queridos donnadies, el ganador del concurso para construir el Museo Nacional del Ecuador es alguien en el mundo de la arquitectura, a diferencia de nosotros, que ni un castillo de naipes nos sale bien.
¿Me cachan? El man es alguien y nosotros en su estudio de arquitectos estaríamos limpiando los baños. No más, no menos. Por eso somos tan libres de opinar y por eso nuestras opiniones se las debe llevar el viento.
Ahora díganme, ¿qué carajos sabemos nosotros de arqueología y de arquitectura de museos? ¿Qué sabemos sobre control climático de precisión, filtrado UV en toda abertura, niveles de luz calibrados según el material, reservas técnicas separadas del público con control de plagas, redundancia en los sistemas y sismorresistencia estructural? Nada. Somos un grupo de tecla bravas. Ignorantes al cuadrado.
¿Qué sabemos nosotros de recorridos museográficos que controlan el ritmo de la visita; luz natural indirecta y regulable; accesibilidad universal? Nada, muchachos, nada. Somos pura boca.
Pues resulta ser que el jurado que otorgó el premio sí sabe todo eso. Son expertos internacionales en la materia y el premio al ganador se dio porque cumplía con diseño, innovación y utilidad museográfica.
Pero resulta ser que, porque a un grupo de ignorantillos no les gustó el diseño, el gobierno comete el más grave error de todos: matar el conocimiento.
Porque eso es el populismo, el ocaso del conocimiento. El populismo odia la especialidad, odia a los expertos. El populismo premia a las masas con antorcha.
El populismo aplana la autoridad epistémica, prefiere lo inmediato sobre lo institucional y, lo más grave, es que las redes sociales lo turboalimentan.
Y este es un fenómeno mundial. Ya ocurrió lo mismo con la Torre Eiffel, con el Centro Pompidou, con la Pirámide de vidrio del Louvre, con la Ópera de Sídney, etc. etc. Todas obras maestras criticadas por un grupo minúsculo de ciudadanos que no pueden ni deletrear la palabra arquitectura.
¿Se dan cuenta del peligro que nos invade? ¿Se dan cuenta que normalizar lo que está sucediendo conlleva sepultar el conocimiento humano?
¡Ya pues! Mandemos de una vez todo al carajo. Que el próximo Nobel de literatura sea elegido por ese cúmulo de habladores que máximo leen libros de autoayuda.
¿Y saben qué es lo más grave? Que este fenómeno social está inundando todos los campos del conocimiento. Por ejemplo, mi mundo, el del Derecho. Gente que nunca ha leído la ley pretende decirle a un juez cómo resolver. Estamos en la m. Nos merecemos la hoguera como sociedad.
Y lo vivimos en todos los ámbitos. ¿Recuerdan el caos que produjo el COVID? ¿Quiénes recetaban las fórmulas mágicas para curarnos o no infectarnos? Las tías abuelas que nunca fueron a la universidad y un grupillo de ignorantones en Twitter que aún confunden el páncreas con la vesícula.
Por eso les pregunto: ¿creen que la decisión de Luque de tumbar este concurso es una decisión democrática? ¡No! Es una decisión populista. Si aplauden eso es porque aplauden cualquier pendejada y porque Luque ha renunciado a premiar el conocimiento a cambio de lanzarles unas migajas de inmerecido reconocimiento.
Ahora elegirá “la ciudadanía”, esa que no distingue un ladrillo de un adoquín. El voto sobre el conocimiento. La ciencia al carajo en este país que equipara el criterio con opinión.
Y por eso les quiero desear, con mucho cariño, que, en medio del circo, ojalá se ahoguen con el pan.