En sus Marcas Listos Fuego
Jueces corruptos a la hoguera
PhD en Derecho Penal; máster en Creación Literaria; máster en Argumentación Jurídica. Abogado litigante, escritor y catedrático universitario.
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No se imaginan lo cómodo que estaba. Relajadísimo. Veía con soberbia y sorna cómo en tantas provincias del Ecuador la corrupción judicial se había institucionalizado mientras en Pichincha los abogados honestos podíamos nadar como peces en aguas transparentes, sin contaminarnos, sin enfrentar a las pirañas.
Y como todo acto de soberbia, me estrellé contra el piso y aquí estoy, lamiéndome las heridas. La realidad me hizo mierda.
Resulta que la corrupción hizo metástasis y empezó a infectar a mi provincia. En donde me sentía cómodo, ahora me siento en peligro. En donde me jactaba de la honestidad de sus ciudadanos, hoy camino entre la putrefacción de las almas.
Y, entonces, mi positivismo claudica y me doy cuenta de que el problema del Ecuador no es la corrupción como concepto, sino los ecuatorianos y su cultura de corrupción.
Por eso decidí escribir esta columna, dirigida a los jueces que eran honestos y vendieron el alma por unos puercos billetes verdes y también a los jueces que nunca fueron honestos. Hoy explico públicamente las razones por las cuales ustedes sólo merecen la hoguera, malditos, miserables.
La justicia es un fundamento civilizatorio. Esto es blanco y negro. Sin justicia no hay civilización posible. El juez no administra un servicio público más: custodia el pacto social. Desde Hammurabi hasta Montesquieu, la idea central es la misma: la autoridad que no tiene límites destruye a quienes gobierna. El juez ES ese límite.
La democracia no vive de elecciones sino de instituciones que las sostengan. Un político corrupto es un escándalo; pero un juez corrupto es una catástrofe estructural, porque liquida el mecanismo de corrección de todos los demás poderes.
Históricamente, el colapso de los sistemas judiciales ha precedido al colapso de las repúblicas. No es casualidad, pues cuando la gente deja de creer que hay justicia, se la toma por mano propia o se entrega al caudillo que promete dársela. Nada de patria o muerte. Cojudeces. Esto es justicia o muerte, no hay más.
El juez ejerce poder sobre la libertad. Eso no es una función, es una investidura moral. El juez renuncia a los privilegios económicos a cambio de ser autoridad moral. Si trafica con esa autoridad, no queda nada. Si no quedan jueces que honren su labor, más vale incendiar el Ecuador.
El juez corrupto rompe la igualdad ante la ley, que es la promesa central del Estado moderno. Cuando el rico compra una sentencia, el pobre no pierde sólo su juicio, pierde su condición de ciudadano.
Cuando el juez es corrupto destruye la confianza institucional. La confianza no se recupera con discursos: tarda generaciones en reconstruirse. El daño es intergeneracional. Bienvenidos al Ecuador.
El juez corrupto es una llave maestra que habilita todos los demás crímenes. El juez corrupto no solo comete un delito, garantiza la impunidad de todos los demás. Es el eslabón que cierra el circuito de la corrupción sistémica.
El juez convierte el Derecho en arma de destrucción masiva. Lo que debía proteger al débil se convierte en instrumento para aplastarlo. Eso es una perversión absoluta de la función. Ese juez corrupto no merece sólo nuestro escarnio, sino nuestra saliva.
El juez corrupto defrauda una confianza que nadie le pidió que asumiera pero que aceptó voluntariamente. Nadie obliga a nadie a ser juez. Quien lo es, eligió ese deber. La traición es, por eso, doblemente inmoral.
Pero esto no acaba aquí. La complacencia ciudadana frente a la corrupción judicial es tan culpable como la corrupción misma. Normalizar es complicidad.
El periodismo, la academia y la opinión pública tienen el deber —no solo el derecho— de nombrar, exponer y fustigar al juez corrupto. El silencio es una deferencia que no merece.
Y es que somos tan cojudos los ecuatorianos que creemos que una civilización es sinónimo de ciudad. No, la civilización se la puede definir en una sola frase: es el acuerdo social de que resolveremos nuestros conflictos con razón y no con violencia. El juez es el guardián de ese acuerdo. Cuando lo traiciona por dinero no comete un delito más: le declara la guerra a toda la sociedad.
Así que hoy lo digo con furia: declarémosles la guerra a los jueces corruptos.
¿Cómo hacemos para ganar? Aliándonos con los jueces honestos (quedan centenares, cada vez más decepcionados, con las fuerzas casi agotadas).
Ejerzamos el derecho humano al cabreo, el principio de tolerancia cero.
Postdata: dedico esta columna a los jueces que nunca vendieron su alma y que pueden ver a los ojos a sus hijos. Esta guerra, que debe ser nacional, es en honor de ustedes.
Y ustedes, jueces corruptos, ¡jódanse!