Punto de fuga
Un minuto de silencio por la bilis derramada
Periodista desde 1994, especializada en ciudad, cultura y arte. Columnista de opinión desde 2007. Tiene una maestría en Historia por la Universidad Andina Simón Bolívar. Autora y editora de libros.
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La bronca nos está carcomiendo. Como una enfermedad autoinmune, nos ataca desde adentro, aflora abruptamente y arrasa con lo que encuentra a su paso. Es comprensible, motivos sobran (dolores nuevos y antiguos). Lo que llama la atención son las razones por las cuales expresamos masivamente esta furia incontrolable. Corren ríos de bilis por todo el país; de hecho, las existencias de bilis deben estar a punto de agotarse por el ritmo con el que nos hemos dedicado a derramarla en el último par de semanas. En mi opinión, por las razones equivocadas.
Talvez sea el algoritmo de la red social que uso el que me hace creer que hay una conmoción social alrededor del anuncio del estudio cuyo anteproyecto arquitectónico ganó el concurso para construir el Museo Nacional (MuNa). No sé, pero no hay perro, gato o garabato que no tenga una opinión inapelable sobre el asunto. Claro que hay voces menos urgidas en tener la razón y más interesadas en pensar y hacerse preguntas en voz alta, otorgando el beneficio de la duda al anteproyecto, pero son las menos. El resto está dedicado a la burla, el insulto, la descalificación, las declaratorias de guerra… Sinceramente, me impresiona la cantidad exorbitante de bilis invertida en un tema que hasta anteayer no le importaba a nadie (con excepción de a la minúscula comunidad cultural local).
Hasta anteayer, la arrastrada furibunda estaba enfocada en Becacece y la selección. ¡Qué manera de odiar, oigan! Guárdense algo para causas que lo ameriten más. Podría hacer una lista larguísima de situaciones inaceptables que vive el país en este momento, por las cuales las masas apenas levantan la ceja, si acaso. Parece que está faltando la puntería ciudadana para sopesar qué sí merece su indignación desatada. No nos vendría mal un poco de sindéresis para saber a qué causa dedicarle toda nuestra enjundia.
Hasta ahora en ningún grupo de WhatsApp me ha llegado una petición de change.org para terminar con la mortandad a causa de tuberculosis en las cárceles ecuatorianas, o para exigir las garantías para el ejercicio del periodismo y así evitar que decenas de periodistas continúen exiliándose y todos los demás podamos seguir informándonos; ni tampoco para pegar tres gritos en contra del desabastecimiento letal de medicinas en el sistema público de salud, etcétera. Pero el que sí me llego es el que solicita mi firma para, entre otras cosas, no dejar que se mueva un dedo en cuanto al Museo si antes no hay un “consenso absoluto” (así dice) sobre el presupuesto entre los “gremios técnicos locales y los arquitectos independientes del país” (el último censo decía que eran como 12.000, no sé cuántos de ellos sean independientes, ni qué signifique ser arquitecto independiente). Leí e hice ¡Plop!, como Condorito.
El segundo ¡Plop! de la jornada vino al enterarme que el gobierno le pidió la renuncia a Romina Muñoz (imagino que queriendo desentenderse y desasociarse de cualquier asunto impopular ahora que justo vamos a entrar en período de elecciones). ¡Bravo, guerreros del buen gusto, y del ornato urbano! Su furibundo “clamor popular” ya se cobró la cabeza de quizá la única (o una de las poquísimas) funcionaria solvente, competente en su materia y honesta que tenía esta administración; lo del clamor popular va entrecomillado porque lo tomé del timeline de un polemista libertario y tuitero. Él y las bulliciosas ¿multitudes? que son de su misma opinión seguramente tienen razones mucho más válidas para descalificar a este gobierno, pero han decidido jugarse la vida por el MuNa. El proyecto puede criticarse, de hecho, debe debatirse, pero para construir no para destruir; y, definitivamente, no a los gritos.
Es que no doy crédito; les veo tan cabreados y aguerridos que no se me pasa el impacto. Y si en el título de este artículo pido un minuto de silencio no es tanto por la bilis que, a este paso, están a punto de exterminar, sino para que más bien nos callemos un rato todos, para poder pensar un poco: en lo que decimos, pero también en lo que pensamos. Dense un par de minutos, les ruego.
A veces, desconfiar de lo que uno mismo piensa (sobre todo, preguntarse por qué uno piensa eso que piensa) es una forma de madurez, personal y colectiva. ¿Ya se callaron y pensaron en lo que realmente debería tenerles tan encolerizados? Listo, ahora sí, empiecen a maldecir y a recoger firmas.