El constitucionalismo de las preguntas difíciles
Escritor, abogado, profesor universitario y aficionado a las montañas.
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Se atribuye a Bolívar una de las descripciones más reveladoras sobre las capitales de lo que fue la Gran Colombia: Caracas es un cuartel, Bogotá una universidad y Quito un convento. Tras el colapso del proyecto bolivariano estas urbes construyeron su destino, en varios sentidos, imbuidas de esa energía, que las ha atravesado. Pero, ¿qué proyecto reemplazó al anterior? El caso de Bogotá, pese a la durísima historia colombiana, es particularmente especial porque hoy es, en efecto, el hogar de algunas de las universidades más prestigiosas de América Latina. Una de ellas, la del Externado, fue sede la semana que termina de la Conferencia Mundial de Derecho Constitucional, evento que convoca al pensamiento jurídico del planeta en esta temática.
Un espacio de estas características ha sido propicio para volver a las dudas esenciales sobre el constitucionalismo ecuatoriano o sus cimientos a lo largo del tiempo: ¿qué es el Ecuador? ¿Estamos llevando a cabo un proyecto constitucional de largo alcance? ¿Desde cuándo? ¿1830 o antes? Estas y otras por el estilo son preguntas difíciles y admiten muchas respuestas. Me parece, sin embargo, que es relevante cobrar conciencia de que hubo un proyecto constitucional configurador para nosotros antes de que Flores y los constituyentes de Riobamba se atrevieran a iniciar la aventura ecuatoriana. ¿En 1830 se logró reemplazar al de Bolívar por un proyecto de país de largo aliento y sostenible? ¿Realizable? ¿Cuál es el mito fundacional del Ecuador? ¿Por qué y con qué propósito se fundó este país?
¿Cuánto influyó en el Ecuador el proyecto bolivariano? Además de la circunstancia definitiva de la Independencia, y la bandera tricolor grancolombiana, ¿cuáles son los elementos constitutivos de nuestra manera de ser y estar en el mundo, como sociedad y Estado? ¿Algún día tendremos respuestas? Es fundamental reconstruir nuestra historia constitucional y, en consecuencia, el imaginario sobre el que nuestro país se asienta. Ningún proyecto social, democrático o constitucional de largo alcance es posible sin memoria. Y además de la memoria es fundamental seguir preguntándonos, ¿quiénes y cómo somos? ¿Hacia dónde vamos? Hay que decir que, en otros tiempos, intelectuales como Leopoldo Benitez Vinueza, Jorge Enrique Adoum, Miguel Donoso Pareja o el expresidente Osvaldo Hurtado Larrea se han hecho preguntas parecidas en sus obras.
Los esfuerzos, desgraciadamente, no han sido suficientes: somos un país poco habituado a la interpelación. Una tierra del olvido, que desconoce su pasado y que carece de pactos robustos para construir el futuro. Un enclave conventual lleno de supersticiones políticas. No una universidad. Por suerte tampoco un cuartel. Una comarca generosa para la mediocridad intelectual. Universidades autodestructivas que no entienden su rol con la democracia y el Estado de derecho. Medios de comunicación que, lejos de comprender la importancia de tener un proyecto constitucional de largo alcance, dan palestra a voces e incluso publicaciones sin rigor, que solo buscan congraciarse con los relatos de las élites, es decir, funcionales al objetivo de debilitar la democracia cuando les haga falta.
Vale la pena, entonces, preguntarse por qué la historia y la actualidad de este país es tan difícil. Me parece que el Ecuador quizá no ha podido aún ser un proyecto de largo aliento. Si lo fuera, ¿en qué consiste? ¿Cómo es? ¿La Sierra y la Costa, o Quito, Guayaquil y Cuenca defienden una visión conjunta para el futuro? No sabemos a ciencia cierta si es que hay un consenso reconocible en ese sentido, pero al menos hay un plan. Construir una república es un proyecto que para nosotros ha sido muy difícil y que no tiene conquistas definitivas, peor en tiempos de verdades alternativas como estos. Es en ese sentido cuando una Constitución importa. Ese es el acuerdo que tenemos y que pronto cumplirá 18 años. Ese que ciertas voces irresponsables se empeñan en debilitar y destruir. Las constituciones son los mapas de navegación de las sociedades, más aún cuando el futuro es incierto. Colombia ha celebrado los 35 años de la suya. Ojalá que seamos capaces de hacer de la nuestra, con los cambios que los nuevos tiempos exijan, la piedra angular para un proyecto de país a largo plazo.